Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Si en términos generales los municipios de Aguascalientes son relativamente invisibles para quienes vivimos en la populosa capital, más lo son algunas de los caseríos que los integran. Por ejemplo, ¿sabe usted donde está Estación Rincón; sabe qué hay ahí? Sea cívico y piense la verdad. Nomás dese prisa porque ahora mismo le informo dónde se encuentra y cómo llegar, pero antes, le doy un par de pistas.

El nombre de Estación Rincón evoca a una estación del ferrocarril, ese que comunica a las ciudades de México y Juárez. Hasta donde llegan mis conocimientos inútiles, la pequeña estación sirvió a la minería y a la agricultura de la región, y en particular a la primera, dado que hasta ahí llegaba una vía férrea que ya no existe, que transportaba el mineral que un grupo de valientes y necesitados le arrancaba a la tierra en Asientos y Tepezalá, camino a la fundición en Aguascalientes.

Estación Rincón está en el cruce de este camino de hierro con la carretera que lo lleva a usted desde Rincón de Romo hasta Tepezalá. La referencia más obvia para encontrar este lugar es la Universidad Tecnológica del Norte de Aguascalientes, esa sí visible en el mapa de la región.

Lo que divide a ambos lugares es otra carreterita que corre paralela a la vía férrea, y que va a dar a Pabellón de Arteaga. En verdad es un camino muy pequeño, pero famoso porque, según me han dicho, por ahí deambulan algunas ánimas.

Un muy alto porcentaje de las fiestas que se celebran en Aguascalientes son religiosas, pero en Estación Rincón hay una cívica, dedicada a Jesús García Corona, santo patrono de los trabajadores ferrocarrileros, conocido entre nosotros con el mote de Héroe de Nacozari.

Me acordé de ella porque el pasado día 7 se cumplieron 110 años del día en que García Corona sacrificó su vida para salvar las de sus paisanos de Nacozari, Sonora. ¿Quién, si no un santo, obraría semejante milagro?

Hace años, cuando los hombres del riel constituían el gremio más abundante y poderoso de Aguascalientes, era esta una fiesta muy principal. La avenida Madero se cerraba justo donde se encuentra el edificio sindical -hoy en día convertido en un fantasma-, y tanto la explanada como la calle se llenaban de sillas destinadas a recibir a quienes participaban en el acto cívico correspondiente, desde el trabajador de camino hasta el señor gobernador, pasando por el compañero secretario general de la otrora poderosa sección 2 del sindicato y los compañeros del comité. Ya sabe usted: honores a la bandera a cargo de la banda de guerra, una de las más famosas de estos lares, interpretación del himno nacional, ofrendas florales, guardias de honor, discursos laudatorios, interpretaciones de la Banda Municipal y quizá algún bailable revolucionario.

Nunca fui a una de estas celebraciones. Aquí entre nos, siempre me repugnó el hecho de que los ferroviarios de Aguascalientes dedicaran un pequeño monumento a las afueras de su edificio sindical al presidente Adolfo López Mateos que, por si no se enteraron los promotores del gesto, fue el mismo que reprimió a los rieleros insurgentes en 1959; les robó la personalidad y hasta la dignidad, y ellos -no ellos, pues, sino sus líderes corruptos- le pagaron los golpes, la defenestración y la humillación; el encarcelamiento de quienes los encabezaron, con ese monumento, que sigue ahí, y ahí seguirá per secula seculorum.

Entonces, como que nunca se me antojó apersonarse ahí. Pero sí fui una vez a la celebración de Estación Rincón. Quiero ahora intentar convertir mis palabras en pincel y colores, y mediante algunos golpes de teclado ofrecerle a usted una idea de lo que vi. No le voy a pedir que cierre los ojos para que mi palabra impulse su imaginación, porque está complicado que lea con los ojos cerrados, pero esa es la idea.

La fiestecita incluyó un pequeño desfile encabezado por viejos rieleros de ese lugar, las camisas blancas impolutas, los pantalones de mezclilla muy limpios, igual que los paliacates rojos atados al cuello, que portaban una corona para colocar al pie del monumento al Héroe de Nacozari. Los seguían la escolta que portaba el lábaro patrio y los escolares de la única escuela del rancho. Al final del cortejo desfilaba quien presidía la conmemoración, Su Graciosa Majestad, la Reina de esta humilde celebración, una muchacha que iba rodeada por sus princesas, las tres de entre 15 y 17 años, más o menos.

Va la reina flanqueada por sus princesas, orgullosa en su vestido blanco, su corona y su resplandor, remate de una capa celeste; casi como si se tratara de una Purísima Concepción ranchera. En las manos, que descansan suavemente en su regazo, reposa el cetro, signo de su jerarquía, junto con la corona.

Van la reina y sus princesas, todas llenas de gracia, a bordo de su trono móvil, improvisado sobre la caja de una camioneta pick up muy limpia, aunque ajada; despintada en algunas partes de tanto cargar cosas. Van justo donde otro día irá la pastura para el ganado, o los implementos agrícolas para el cultivo, o los fertilizantes, el abono; cualquier cosa que se requiera para sobrevivir en el mundo rural sometido al capitalismo brutal.

Fui a la fiesta de Estación Rincón cuando ya el ferrocarril había dejado de ser un elemento fundamental de la cultura de los aguascalentenses; cuando ya el taller se había cerrado y los rieleros liquidados. Para acabar pronto, fui cuando las matracas habían callado de manera definitiva.

No sé si, contra lo que ocurre aquí, aquella gente siga recordando al Héroe de Nacozari, su acto de generosidad; ni siquiera sé si aquellas personas sigan vivas, pero ahora que lo pienso; ahora que la recuerdo, aquella fiesta resultaba, como aquellas personas, algo anacrónico, ¡pero se veían tan felices! (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).