Luis Muñoz Fernández

El sociólogo polaco-británico ZygmuntBauman (1925-2017) desarrolló y acuñó el término “modernidad líquida” para definir las características generales de las sociedades actuales en las que todo (desde las instituciones hasta las personas y sus valores) es inestable, cambiante, frágil y transitorio. Lo líquido, en contraposición a lo sólido de antaño, permea todos los aspectos de la vida individual y colectiva. Vivimos instalados en una incertidumbre global que no inquieta a la mayoría porque permanece anestesiada gracias al consumo incesante espoleado por una tecnología que la secuestra, distrae y adormece.

En una de sus últimas obras, “Maldad líquida” (Paidós, 2019), Bauman cita al filósofo francés Michel Serres (1930-2019), quien pensó que en la actualidad la idea de comunidad que nos legaron nuestros antepasados está obsoleta, por lo que el concepto de “colectividad” debería reemplazarse por el de “conectividad”.

“A diferencia de los colectivos, los grupos humanos que lo son por “conectividad” se caracterizan por unos lazos flexibles y desmenuzables, así como por unas fronteras vagamente delineadas y exageradamente porosas. No es casualidad que, hoy en día, el término ‘comunidad’ tienda a sustituirse en el habla común por el de ‘red’. […] En las redes, muy al contrario que en las comunidades, es fácil entrar y salir; en vez de negociar los principios de su unión, como las comunidades se ven obligadas a hacer por el hecho mismo de su compactibilidad y de sus aspiraciones de perdurabilidad, las redes tienden a evitar la necesidad de deliberar y de hacer cumplir unos términos de pertenencia acortando camino por el atajo de la escisión y la separación, seguidas de la interrupción de la comunicación y del aislamiento recíproco. Si la idea de ‘comunidad’ se asocia a estabilidad y continuidad, la de ‘red’ se asocia a fluctuación e inconstancia. No hay demasiada exigencia de sensibilidad moral en ella, ni un comienzo prometedor para la recuperación y el regreso de la democracia”.

Las tecnologías de la información y la comunicación y, sobre todo, las omnipresentes redes sociales, pese a que se pregona lo contrario, no sirven para unirnos, sino sólo para conectarnos (o desconectarnos). Sus vínculos, superficiales, intangibles y efímeros, no nos ayudan a buscar el bien común. Los “me gusta” y las visitas rara vez van más allá del momento. Nuestros seguidores (“followers”) son inconstantes, como las manadas tornadizas de ñus que se desplazan en la sabana africana.

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