Josemaría León Lara Díaz Torre

El día 9 de octubre de 2015, publiqué en este mismo espacio una columna donde abordaba la temática de los Premios Nobel. Para escribir dicha columna, me di a la tarea de investigar un poco más acerca de lo que rodea a lo que son considerados los galardones más importantes del mundo en los campos de las ciencias (medicina, física, química), de la economía y por supuesto de la paz; como también hacía la reflexión acerca de los únicos tres Premios Nobel Mexicanos con los que contamos, cayendo en cuenta que desde 1995, es decir, que desde hace veintidós años ningún compatriota ha sido reconocido por la Real Academia de las Ciencias Sueca.
¿Por qué retomar un tema del cual ya había escrito dos años atrás? Justamente como hace dos años, es en esta semana de octubre dónde se dan a conocer cada día de la semana los ganadores de las diferentes categorías del año en curso. Y al dar un breve vistazo a lo que actualmente está sucediendo en el mundo, donde día a día las noticias no dan a conocer otra cosa que tragedias, tal parece que el Nobel trae consigo un respiro de esperanza ante lo adverso del panorama.
El ser humano tiene la capacidad de hacer cosas maravillosas, pero tiene su contraparte de poder hacer cosas inimaginables; sumando a esto, el poder incontrolable de la naturaleza, el resultado obvio de la ecuación usualmente es el caos. Por un lado, vemos a los Estados Unidos sumergidos en una crisis terrible por el paso de diversos fenómenos meteorológicos, que hasta el día de hoy mantienen en crisis a Puerto Rico, por ejemplo; y luego de nueva cuenta un tiroteo masivo, ahora en Las Vegas, pone sobre la mesa el tema recurrente de la regulación armamentística, al ser un evidente riesgo para la seguridad interna de aquel país.
Más no es necesario voltear al Norte, para darnos cuenta de los múltiples problemas que tenemos en casa. Al haber terminado de manera oficial las tareas de búsqueda y rescate después del sismo del 19 de septiembre pasado, parece que ahora se aproxima la parte más difícil, que no es otra que la reconstrucción tanto en materia de infraestructura como de sanar la moral y las heridas producto del siniestro. Oaxaca, Chiapas, Morelos, Puebla, Estado de México y la Ciudad de México, tienen una titánica tarea para poder verdaderamente salir adelante.
La unidad y la solidaridad que el pueblo de México ha demostrado, lo que ha sorprendido a incrédulos tanto locales como extranjeros, es algo que debe continuar. Tanto la sociedad como las autoridades, hemos trabajado de la mano, pero sería una lástima bajar la guardia en este momento, cuando la tarea de reconstrucción apenas empieza, y la ayuda no dejará de ser requerida.
La sociedad mexicana ha demostrado que no necesita más motivación que el propio ideal de país. Sería imposible refutar este argumento, pues todos hemos visto la pronta respuesta de esta gran nación; lo que me hace pensar, que toda vez que las heridas del sismo hayan sido sanadas ¿volveremos a ser el mismo pueblo dividido, desconfiado, derrotista y pesimista?
Quisiera terminar la entrega de esta semana, recordando a las víctimas de los sismos de septiembre, a las víctimas de los huracanes, ciclones y tormentas tropicales de la presente temporada, a las víctimas del tiroteo en Las Vegas, así como a sus familiares y seres queridos, para que encuentren pronta resignación.