Gerardo Muñoz Rodríguez

El pasado lunes, el gobierno comandado por Xi Jinping, decidió imponer aranceles de hasta el 25 por ciento a 128 productos norteamericanos. Esta iniciativa, la cual incluye chatarra de aluminio, nueces, frutas, vino y carne de cerdo; tendrá una implicación en alrededor de tres mil millones de dólares, según datos de la propia Organización Mundial de Comercio.

La medida llevada a cabo por el secretario general del Comité Central del Partido Comunista, se da después de que Donald Trump aumentara los impuestos de aceros y aluminios.

Ante esto, pareciera que nos encontramos en la antesala de una posible guerra comercial entre las dos potencias económicas más grandes de todo el orbe. Revisemos el origen y las implicaciones que pudieran darse ante este posible enfrentamiento.

Todo comenzó cuando el estudiado y siempre brillante presidente de Estados Unidos, manifestó que China les ha quitado puestos de trabajo a los norteamericanos. Argumenta que, gracias al gigante asiático, el país que lidera sufrió una desindustrialización y se perdieron una infinidad de empleos, lo que mermó el desarrollo de su economía.

Sin embargo, muchos de estos empleos han sido desplazados por la propia tecnología; no necesariamente por que fueran atraídos por China. Por qué no en lugar de comenzar una guerra comercial, no se busca frenar y/o disminuir los costos de las universidades públicas, los cuales se han incrementado considerablemente en los últimos años, con la finalidad de evitar que el sector obrero quede excluido ante posibles actualizaciones en los diversos mercados.

Otro de los argumentos de la arremetida de Trump, es el desbalance comercial que se tiene con China. De acuerdo con información de Reuters, a finales del año pasado, el déficit comercial se localizó en más de 375 mil millones de dólares, un ocho por ciento más del presentado a finales del 2016.

Si usted ha sido un lector consuetudinario de esta columna, recordará que ya hemos revisado la inapropiada percepción de este déficit. El pensar que el saldo negativo de la balanza comercial, como si fuera un simple estado de resultados, representa un obstáculo para el crecimiento económico de un país, es de igual forma incorrecto.

De entrada, son los individuos y las empresas quienes intercambian y representan las ganancias mutuas de importar y exportar, no los gobiernos.

Los asesores de Trump (dudo que él lo sepa), deben de saber que la balanza comercial, hermanado a otros cálculos de la cuenta corriente, es equivalente a la cuenta de transferencia en la balanza de pagos. Por tal motivo, existe gran atracción del exterior por los activos financieros del país, respaldados por la seguridad y hegemonía del dólar como moneda mundial. Lo cual, hasta cierto punto, es positivo.

A pesar de observar, como existen ciertas razones imprecisas por parte del Gobierno estadounidense para comenzar una guerra comercial, China debe ser más cuidadoso en este aspecto. No olvidemos que las exportaciones de USA a China, son parte fundamental de su modelo de crecimiento.

Sin embargo, no podemos decir que, ante este posible conflicto, existirá un ganador. Las guerras comerciales no son fáciles de ganar, como dice Donald; sólo representan una alarma para la economía mundial.

Es una desgracia y un severo riesgo, que el gobierno norteamericano considere que cuentan con una superioridad económica, la cual los pueda blindar de cualquier desajuste que se presente por estas medidas.

Cualquier economista, hasta uno mediocre, conocería que, ante una disminución del comercio, causado por una ola de medidas proteccionistas, lo único que propiciaría es una menor productividad, restringiendo las posibilidades de crecimiento.

 @GmrMunoz