Luis Muñoz Fernández

Decíamos recientemente en este mismo espacio que “una epidemia, en especial si la provoca un germen nuevo, es una prueba para una sociedad entera”. Pues en esa prueba estamos y lo seguiremos estando durante las próximas semanas, quizá meses. No faltarán las comparaciones entre nuestra sociedad y las de aquellos países que nos han antecedido en la experiencia de sufrir con todo el rigor los embates del coronavirus SARS-CoV-2.

La información que a diario se publica sobre el tema es abrumadora. Las revistas médicas de mayor prestigio, haciendo a un lado sus intereses económicos, ofrecen artículos que pueden ser leídos sin la necesidad de ser suscriptor (y haber pagado por ello) porque es el momento de la solidaridad y de presentar un frente común y sin fisuras al desafío de esta pandemia.

Como profesor de Historia de la Medicina, un artículo, entre otros muchos, capta mi atención: “La Historia en una crisis. Lecciones de la Covid-19”, publicado estos días en la famosa revista The New England Journal of Medicine. Allí se cita a Charles E. Rosenberg, profesor de Historia de la Ciencia y la Medicina de la Universidad de Harvard. De acuerdo a Rosenberg, las epidemias se desarrollan como dramas sociales en tres actos. Así lo explica:

“En el primer acto los signos son sutiles. Ya sea por un deseo de autoafirmación o la necesidad de proteger sus intereses económicos, los ciudadanos ignoran los indicios de que algo anda mal hasta que la aceleración de la enfermedad y las muertes los obligan a un reconocimiento reacio de la realidad.

Este reconocimiento da inicio al segundo acto, en el cual la gente exige y ofrece explicaciones, tanto mecánicas como morales. A su vez, esas explicaciones generan respuestas públicas que hacen que el tercer acto sea tan dramático y perturbador como la propia enfermedad.

Finalmente, las epidemias se resuelven, ya sea porque sucumben a las medidas que toma la sociedad o porque se agota el suministro de nuevas víctimas”.

El mismo Rosenberg lo resume con estas palabras: “Las epidemias inician en un momento dado, prosiguen en un escenario limitado en espacio y duración, siguen una línea cronológica en la que va incrementando una tensión reveladora que se traduce en una crisis de carácter individual y colectivo, y finalmente llegan a su fin”.

En México acabamos de empezar el segundo acto.

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