Por: Itzel Vargas Rodríguez

Tal vez uno de los temas en los que la mayoría de la gente coincide que es fundamental para el crecimiento y desarrollo de las sociedades es la educación. Ésta palabra que por sí misma conlleva tantos ejes: materias, didáctica, alcances, contextos, exclusividad o universalidad, tecnología, innovación… una enciclopedia de características por sí misma.

Se dice que el sistema educativo actual proviene de finales del siglo XVIII en Prusia, configurando entonces un esquema que sirviera para que todo el mundo aprendiera las mismas cosas y de la misma manera y se desempeñara dentro del sistema que heredó la Segunda Revolución Industrial, y que todavía continúa en la actualidad. Son dos los factores que influyeron en la educación como la conocemos actualmente, y como se nos ha sido enseñada: la economía industrial que generó una cultura organizativa lineal centrada en estándares y olvidando en parte el desarrollo del ser humano per se, y por otro lado, la cultura intelectual de la ilustración que conformó la cultura académica de la educación.

Pues bien, la importancia que se le sigue dando a la jerarquización de asignaturas en donde se consideran algunas materias más importantes que otras, como el español, las matemáticas y las ciencias, seguido de las humanidades y luego las artísticas, ha sido un esquema ampliamente criticado por pensadores de las últimas décadas, quienes consideran que el sistema educativo tradicional deja de lado las capacidades y habilidades individuales, y conformándose como uno excluyente de quienes no logran alcanzar los estándares deseados.

El auge del llamado “homeschooling” o educación en el hogar ha ido tomando auge y aceptación en diversos países que hasta lo han regulado, como Portugal, Francia, Bélgica, Inglaterra y Estados Unidos, y aunado a los grandes ejemplos de pensadores y científicos que dejaron la escuela y se convirtieron en referencia mundial (como Albert Einstein, Bill Gates, Steve Jobs, Pierre Curie y más recientemente Mark Zuckerberg), hacen que las dudas en torno a los sistemas educativos tradicionales se agudicen.

El promedio escolar educativo de los mexicanos actualmente es la secundaria, y en éste ámbito escolar es donde precisamente se deserta la educación en toda América Latina, considerando que un vasto 20% de la población de ésta región, la representan únicamente los adolescentes.

Teniendo dudas, paradigmas, resultados no tan promisorios y muchas oportunidades, conviene preguntarse ¿hacia dónde se dirige la educación? O por lo menos… ¿hacia dónde debiera de hacerlo?

Pues bien, analistas predicen en base a los últimos cambios de las mejores universidades del mundo, que la currícula académica deberá conformarse como una multidisciplinar que permita emitir el conocimiento de diversos enfoques; que los líderes educativos necesitan balancear el avance tecnológico con los enfoques tradicionales; que la captación de estudiantes así como la retención de los mismos durante su estancia educativa, debe ser prioritaria; que es necesaria la inversión en tecnología educativa; que es muy posible que los sistemas más modernos implementen el uso de redes sociales como espacio creativos y de combate a la intolerancia social; que el estudiante dejará de ser visto como un consumidor para pasar a ser más bien un creador, y en ese sentido impulsar el espíritu empresarial es esencial.

Ejemplos actuales tenemos, y están situados en Finlandia donde las metodologías empleadas han abandonado las memorizaciones típicas, y hacen énfasis en la creatividad, curiosidad y experimentación.

Reflexionar sobre cómo ha sido la educación que hemos recibido, cuáles son las tendencias, y cuál es la educación que realmente queremos se siga impartiendo, puede ser vital en el camino de entender que la educación, aquélla necesidad social latente, no es una cuestión de transmitir información, sino más bien de aprender a pensar.

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