Luis Muñoz Fernández

Con frecuencia escuchamos el término “dignidad” como algo propio de los seres humanos que es independiente de cualquier otra característica que nos defina, como el lugar de nacimiento, la etnia, la clase social, la religión, el sexo o el nivel socioeconómico.

Aunque es algo que se invoca con frecuencia y es un núcleo en torno al cual se organizan los derechos humanos, su naturaleza, ubicación precisa y, por tanto, su definición, no es fácil ni clara. Tan es así que incluso para algunos pensadores la dignidad debe descartarse. Tal es el caso de la filósofa Ruth Macklin, que considera a la dignidad algo inútil, innecesario, porque significa más o menos lo mismo que el respeto que le debemos a cada individuo. O el psicólogo Steven Pinker, que señaló que la dignidad es algo estúpido porque ha sido esgrimida por los ultraconservadores para prohibir los experimentos en embriones que se conservan congelados en las clínicas de reproducción asistida.

Sin embargo, hay un significado de la dignidad que el filósofo Javier Gomá Lanzón acaba de exponer recientemente : la dignidad como aquello que estorba. ¿Qué nos dice Gomá?:

“En nombre de la dignidad, el ciudadano se opone al maquiavelismo de la razón de Estado, tanto antiguo como moderno, y cuando éste le exija su colaboración a su supuesto interés superior, a imitación de otros muchos que ya colaboran, replicará con firmeza lo que podría erigirse en lema de la dignidad: ‘Aunque todos lo hagan, yo no’. En nombre de la dignidad, el ciudadano se opone a la posible tiranía de las mayorías, que no lo pueden todo ni aun siendo democráticas, y niega al utilitarismo su ley sobre la felicidad del mayor número. De manera que también podría definirse la dignidad como ‘lo que estorba’. Estorba a la comisión de inequidades y vilezas, por supuesto, pero más interesante aún, es que a veces estorba también el desarrollo de justas causas, como el progreso material y técnico, la rentabilidad económica y social, o la utilidad pública”.

Javier Gomá nos recuerda que la dignidad es la última defensa de aquellos a los que nuestra sociedad considera inferiores, imperfectos, víctimas sin futuro: los pobres, los indígenas, las mujeres, los enfermos y los ancianos. Como le decía el peón al hacendado cuando este lo amenazaba con condenarlo a la miseria: “en mi hambre, mando yo”.

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