José María León Lara

El próximo domingo llegará el momento culmen del proceso electoral 2018, después de meses de precampañas, las inter-campañas y por supuesto las campañas. Y hoy viernes 29 de junio, a dos días de la elección, a título personal puedo decir que sinceramente no conozco a fondo las propuestas de ninguno de los candidatos que aspiran a representar a Aguascalientes desde el poder legislativo federal, mucho menos de los que buscan un espacio en el congreso estatal.
Sin embargo, es importante reconocer el sistema “piramidal” con el que se sigue haciendo campaña en este país; por supuesto que la atención se ha centrado en los aspirantes a la máxima magistratura, más eso no quiere decir que los candidatos a puestos legislativos naveguen con bandera de vagones, fluyendo bajo la inercia de quien encabeza la fórmula de su partido.
Es probable que aún nos quede mucho camino por recorrer para poder llamarnos verdaderamente democráticos, pues para serlo no solo debe de cambiar la clase política, sino también nosotros los ciudadanos. Debemos recordar que no es lo mismo buscar llegar al poder, que ejercerlo; partiendo de esto, resulta inverosímil que sin importar partido, color o ideología, la forma de buscar de convencer al electorado no ha cambiado en décadas.
Puesto que a pesar de la existencia de nuevas plataformas digitales para llegar más rápido y a más personas, tal parece que nuestros políticos siguen diciendo y prometiendo lo mismo desde cualquier plataforma, sea esta tradicional o vía internet. Sin mencionar el circo de las descalificaciones de unos contra otros, acusándose muchas veces sin sustento, simplemente para generar más repudio por parte de la ciudadanía.
En este proceso electoral hemos visto lo mismo de siempre, propuestas, promesas y fórmulas mágicas para arreglar todos y cada uno de los problemas de este país; el problema es que no deja de ser propaganda, es decir forma, pero sin fondo, sin sustento, sin un plan de acción para lograrlo. Por ejemplo, jactarse que acabando con la corrupción se arreglará México de la noche a la mañana.
El domingo al estar frente a la boleta para presidente, nos encontraremos ante cuatro opciones. Mismas opciones que representan el ya conocido “establishment”, esos partidos de siempre, sacrificando identidad e ideología, bajo el pretexto de una coalición, uniendo “fuerzas” para aparentemente vencer; lo que en otras palabras se trata de, ocho partidos representados en tres candidatos y un independiente.
No es entonces poca cosa, que de nueva cuenta el abstencionismo sea un fantasma que ronde los esfuerzos democráticos de este país. Cierto es, que si lo vemos en retrospectiva, es lo mismo de siempre. Ni Anaya con su juventud, ni Meade con su experiencia, ni López Obrador con su tenacidad, pueden separarse del estigma de provenir de un sistema, ese mismo sistema que les permite ser quienes son, hoy en día. Sin embargo, la única forma de poder lograr cambiar las cosas, aunque sea un paso a la vez, es participando y alzando la voz.
Y es que el abstencionismo al voto es más profundo que una simple decisión de no ejercer el derecho que como ciudadanos tenemos, sino también el incumplimiento de una obligación moral para con nuestra patria. Si no acudimos a las urnas eventualmente alguien ganará, pero no estaremos en condiciones para exigir respuestas y resultados a alguien por quien no votamos.
Es importante reconocer que el servidor público debe de servir al público y no servirse del público y si no formamos en conjunto ciudadanos y gobierno del camino democrático que pretendemos como nación crear, es imposible que las cosas cambien; es aquí dónde vuelvo al argumento de dejar de culpar al gobierno, la culpa también es nuestra como ciudadanos de no ejercer nuestros derechos pero más tenemos culpa por no alzar la voz.