Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

El pasado día seis de agosto se presentó -por octava vez- un libro cuyo título es el mismo que el que encabeza estas líneas, debido a la autoría de Juan Jesús Cervantes Montoya, quien ahora inaugura una nueva dimensión a su quehacer escénico, la de escritor. En efecto, Juan Jesús ha sido, es, danzante, viejo de la danza en el grupo de matlachines Los Venados, bailarín, coreógrafo, maestro de danza y alburero profesional, cosa esta última, que desde luego no me consta, y más bien dicen por ahí.

El evento tuvo lugar en la Escuela de Danza Georges Berard, en el contexto de la Sexta Semana Pedagógica de la Licenciatura en Docencia de la Danza Folclórica Mexicana.

Juan Jesús me distinguió con el privilegio de escribirle el prólogo a su trabajo, que ahora someto a su consideración, estudiado lector, a ver qué le parece. Capaz que le gusta y hasta se le antoja leer el libro. Así que corre y se va:

Sin duda una de las manifestaciones de la cultura popular más queridas en Aguascalientes; de las más difundidas, es la que encarnan los matlachines, estos danzantes imprescindibles en cualquier fiesta patronal que se respete, como el repique de campanas, los cohetes que perturban el aire con su estruendo, la música de las bandas de alientos, todos ellos signos inequívocos de que se está de fiesta.

¿Sería redundante escribir danzantes matlachines? ¿Serán ambos términos sinónimos? Quizá no de manera forzada, teniendo en cuenta la presencia entre nosotros de otro tipo de danzantes que por su indumentaria y sus ritmos; por sus acompañamientos musicales y la naturaleza de sus evoluciones, responden a otras tradiciones dancísticas. Este es el caso de agrupaciones como las de Puerto de la Concepción, Mesillas y Tepezalá, en el municipio de este último nombre, y la de San Francisco de Paula, en el barrio del Llanito de Aguascalientes, en todos los casos pertenecientes a las llamadas danzas de pluma.

Pero lo que domina en Aguascalientes son las danzas de matlachines. Tanto que casi puede uno levantar una piedra y encontrarse con una de estas agrupaciones. Basta hacer acto de presencia una tarde de agosto en la explanada de la Plaza de la Patria para ser testigos de la riqueza que entrañan estas manifestaciones, no sólo artísticas, sino de una cosmovisión que fusiona los elementos del mundo subyugado por el conquistador europeo; la herencia prehispánica, y la que trajo el español, la religión, el violín y la tambora, para que en el traje del danzante se reúnan en paz, amorosamente bordados, los signos indios con los religiosos de ultramar.

En la tarde cálida de agosto, mientras el Sol repta por las paredes del templo construido en el virreinato, disponiéndose a hundirse tras el horizonte y dejar el cielo a merced de las estrellas, los danzantes vienen a postrarse a los pies de Mariquita de la Asunción, la hermosísima niña; más hermosa mil veces que el Sol, y en el inicio de su rutina saludan a los cuatro puntos cardinales. Ante las palpitaciones de la tambora se agitan los penachos y la indumentaria cuajada de lentejuela que en el movimiento refleja los rayos últimos del Astro Rey.

Los rodea una pequeña multitud. Los adultos los observaban con una mirada inmutable, en tanto los niños consumen un duro de harina con un poco de verdura y enrojecido de harta salsa, o se cuidan del viejo de la danza, que anda por ahí, velando que nada ni nadie obstruya las evoluciones de los danzantes, o asustando a los despistados con sus gracejadas.

Detrás de este singular conjunto, separado de la catedral por la explanada, está otro símbolo de este gran sincretismo que es México. Rematando la columna de la exedra el águila abre las alas para mantener el equilibrio mientras forcejea con la serpiente que se estremece en su pico, resistiéndose a ser devorada. Están ahí juntos, unidos pero opuestos, el cielo y el infierno, la luz y la oscuridad, el aire y la tierra, el bien y el mal. Es la metáfora de un combate que el hombre sostiene consigo mismo desde antes de que la historia comenzara a ser escrita.

Y abajo los danzantes ocupan el espacio, devenido en el centro del mundo; de su mundo, y la tambora en el corazón que palpita para que todos sigamos vivos y podamos estar aquí esta tarde y rendir culto a la Virgen… y al Sol. Es lo que la escritora Anita Brenner llamaría ídolos tras los altares.

Ignoro desde cuándo los matlachines acompañan las fiestas populares de Aguascalientes, y en particular las religiosas. La referencia más antigua que tengo es una nota publicada en El Clarín, el 2 de abril de 1910, que da cuenta de la festividad del castísimo señor San José, en la comunidad de Montoro, al sur de la capital, precisamente de donde fue originario el bisabuelo de Juan Jesús Cervantes Montoya, autor del trabajo que tiene usted entre manos, amable lector. La referencia tiene su origen, no por la danza o por el festejo, sino por un hecho violento.

Y sin embargo vale la pena citarla. Dice el periódico que “la fiesta consistió sobre todo en una danza y en abundante circulación de malos alcoholes. Estos bailes tienen un director que se llama viejo de la danza, habiendo tocado tan honorífico puesto a Hilario Lomelí, que vestido de mamarracho, quería llevar las cosas con tal orden que apenas se desmandaba un danzante, empuñaba con furia su chicote y le medía las espaldas a la salud de los antiguos sayones. Más o menos bien concluyó aquello, pero uno de los azotados, guardó rencor para el viejo, y con paciencia esperó una oportunidad para la venganza. Esta se presentó el viernes santo y Paulino Vargas, que así se llama el ofendido, reclamó a Hilario unas rajas de leña, y al poco andar sacó su cuchillo y puso al ex viejo, como no digan dueñas, causándole 4 heridas que son de cierta gravedad”. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).