Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Probablemente durante mucho tiempo fueron muy pocos los grupos de matlachines que había en Aguascalientes. La prensa del siglo pasado recuerda agrupaciones como los danzantes de Carmen Montes, los Rojos, del señor Alfredo Zedillo; los Aztecas de Juan Mireles, los Internacionales de La Polla, y no muchos más, y si se les menciona es para informar a los lectores de alguna participación fuera de Aguascalientes, particularmente en celebraciones profanas, y no mucho más. Pero de unos años para acá, los conjuntos se han multiplicado de manera notable, y no sólo eso, sino que además su práctica ha sufrido importantes transformaciones. Los equipamientos han cambiado, aunque en muchos casos se han empobrecido -hay agrupaciones que en lugar del guaje tradicional, de origen vegetal, utilizan un flotador de excusado, y en lugar de penacho sólo un paliacate bien amarrado-, pero además, paradójicamente gracias a la tecnología, han entrado en contacto unos con otros, en una dinámica benéfica para la actividad. Esto ha sido posible gracias a que no falta quien realiza una videograbación de la danza que presencia, y la sube a la Internet; a Youtube, ese artilugio tecnológico que provee de imágenes y sonidos, abriendo las puertas para el contacto entre personas a las que une el interés por esta práctica, pero que difícilmente podrían intercambiar puntos de vista y experiencias de manera directa. Estoy seguro de que en el mediano y largo plazo esta forma de comunicación dará interesantes frutos.

Pero fuera de las esporádicas referencias periodísticas a que me he referido, que además no aportan mayor información; no ayudan a que el lector se haga de una idea global de la actividad, muy poco se ha escrito sobre esta entrañable manifestación popular. Por esta razón es bienvenida esta publicación de Juan Jesús Cervantes Montoya, La danza de matlachines de Aguascalientes, que indudablemente constituye una primera aproximación a este tema, y que ojalá sea el principio de otras que vayan cubriendo todos y cada uno de los aspectos que se involucran en la ejecución de estas danzas.

Por otra parte, no extraña el hecho de que sea, precisamente, uno de ellos, un danzante, quien haya emprendido esta experiencia de fijar en el espacio de unas cuantas páginas el mundo siempre complejo, siempre sorpresivo, de las danzas de matlachines. En efecto, Juan Jesús Cervantes Montoya, bailarín y danzante -que no es lo mismo- ha desarrollado una trayectoria digna de evocación, y forma parte muy principal del grupo Los venados; una agrupación familiar fundada en 1990 con personajes procedentes de otros conglomerados, y en el que se desempeña como viejo de la danza, el actual Porfirio Cadena; el quinto de ellos, como antes lo fueron sus ancestros, desde Pedro Vargas Jiménez, su bisabuelo, hasta su padre, el señor Magdaleno Cervantes Vargas.

Juan Jesús se arrulló con la música suave de los carrizos, y aprendió a amar esta actividad incluso antes de tomar conciencia de ello. Menciono esto último porque, según lo declara hacia el final del trabajo, su primera reacción fue de repudio, tan solo por ver su casa inmersa en el ruido de la tambora, así como invadido el espacio vital de sus juegos -la calle- por hombres que machacaban el suelo con sus pasos de matlachines, dado que era ahí el lugar donde los Venados practicaban sus evoluciones.

En fin, que el tiempo pasó y poco a poco, a fuerza de verlos, su visión fue transformándose, hasta llevarlo a trascender el ámbito de la práctica de la danza, para escribir sobre ella, y entregarnos este trabajo.

A lo largo de las páginas el lector encontrará información básica sobre estos personajes, desde el nombre, que a primera vista parecería de origen náhuatl, pero que resulta ser europeo, hasta la identificación de los pueblos indígenas que practicaron las que se consideraría como antecedentes de estas danzas y la manera como llegaron a Aguascalientes, los nombres de los elementos que conforman un grupo de danzantes, como también se les conoce; las partes que integran la indumentaria del matlachín, las transformaciones que esta ha sufrido, y desde luego un poco de historia, las motivaciones que impulsan a hombres y mujeres a danzar en honor de quien, podría decirse, es el Sexto Sol, el que surgió del hundimiento de las sociedades prehispánicas, en la aurora del virreinato; el que acompaña a Cristo, la Virgen y los santos de Dios.

Parte muy principal de esta danza es la música. En este tema Juan Jesús recurre al auxilio del maestro compositor Jonathan Pedro Saldívar Arteaga, violinista en agrupaciones de música tradicional, y desde luego joven violinista de matlachines.

Esto es fundamental, dado que la presencia del violín en un conjunto de matlachines era una tradición en vías de extinción, fundamentalmente por la muerte de los ancianos ejecutantes, de tal manera que para ver en acción a uno de ellos casi forzosamente se tenía que asistir a alguna de las fiestas de las que se celebran en los pueblos de Aguascalientes, pero no en la capital.

Hoy, por fortuna, esta situación está en retroceso, gracias al resurgimiento de jóvenes que con más valor y ganas que conocimientos musicales, empuñan el violín para acompañar a los danzantes con sones de nombres extraños, jocosos, etc., e incluso, tal y como señala Jonathan, hacen uso de la tecnología para difundir y fomentar su arte, a través de grabaciones digitales, accesibles a través de Youtube, para que aprenda quien quiera.

Desde luego no faltan en estas páginas los nombres de aquellos que han contribuido a crear la tradición, así como a alimentarla, y los lugares donde se presentaron, etc. Y en el fondo del torrente de información que Juan Jesús despliega ante los ojos del lector, subyace la inquietud del autor, que muchos compartimos, a propósito de las transformaciones que esta actividad está viviendo, en términos de pérdida de esencia; de reorientación de motivaciones, comercialización, etc., porque un matlachín; uno auténtico, no danza para ganar dinero, sino para agradecer la luz del Sol, la Vida, los beneficios recibidos, o para solicitar algún bien, o porque sí, porque la danza es agradable a los ojos de Dios. ¿No prueba esto último el hecho de que nosotros, su creación, comencemos a movernos desde la cuna?

Entonces, La danza de matlachines de Aguascalientes es un anclaje en la memoria, la defensa de una ortodoxia; de unas tradiciones y valores que mucho han honrado a los matlachines a través del tiempo y que por medio de la palabra escrita claman por su preservación. Ojalá que el texto sea como abrir una puerta, a fin de que otros sigan la senda que Juan Jesús Cervantes Montoya abre con estas páginas, a fin de profundizar en el conocimiento de esta manifestación de la cultura popular. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).