Alonso Vera Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO.- Recuerdo poco de la primera ocasión que visité Mazatlán. Habré tenido 5 o 6 años. Miraba el agua sentado sobre la playa de Las Olas Altas junto con mi bisabuela Carmen, oriunda de aquel puerto sinaloense fundado en el siglo 16.
Hacia calor, mucho calor. Hoy que vuelvo a Mazatlán (tierra de venados), la miro como si fuera la primera vez. Aprecio la cordialidad de su gente. Mi primera parada es el Estadio Teodoro Mariscal donde juegan los Venados, campeones de la pasada Serie del Caribe.
“El beisbol es una pasión local y forma parte de nuestra identidad”, me confiesa Ismael Barros, presidente ejecutivo de los Venados mientras el primera base del equipo contrario se poncha para beneplácito de los presentes.
Una cerveza fría me ayuda a disfrutar todavía más del ambiente, antes de proceder a explorar el Centro Histórico.
Me sorprendió la diversidad de arquitecturas y colores, así como su ambiente bohemio y festivo. Y, por si fuera poco, al atardecer tuve el privilegio de presenciar la danza ritual del venado.
“Es un orgullo resguardar ésta tradición prehispánica”, me dice Armando Flores mientras sujeta la cabeza del venado sobre de la suya y ata en sus tobillos cascabeles hechos con capullos de mariposa previo a representar al mismísimo venado durante su cacería por los pascolas.
Cuando llega la hora de cenar a orillas del Pacífico mi sitio elegido fue el Muchacho Alegre. Me recibe su chef Jonathan Pérez, quien me invitó a su cocina para aprender a preparar mi propio aguachile de camarón.
“La camaronicultura en Sinaloa es muy fuerte, tenemos más de 40 mil hectáreas dedicadas al cultivo”, me dijo. También me compartió que se dedican a la pesca y al procesamiento del atún, así como al ahumado del marlín. La comida local es suculenta, y además llevan más de 100 años haciendo buena cerveza. Y cuando crees que nada puede ser mejor, revientan los vientos y la tarola de la banda sinaloense.
A la mañana siguiente nadé con rumbo a la Isla de Pájaros, la reserva natural frente a la costa en donde anidan miles de aves marinas. La temperatura del agua era divina, pero a medio camino reconocí que la proeza era superior a mis capacidades. Sin embargo, aproveché el resto del día para explorar el vecino poblado de La Noria, en donde conocí al maestro talabartero Roberto Morán.
“Estoy feliz de volver a ver viajeros”, me dijo cuando entré a su taller en el centro de aquel sereno pueblo en las faldas de la Sierra Madre Oriental que han sido sembradas con el agave que ahí mismo se destila desde el siglo 19.
Una crisis como la que vivió Mazatlán en 2012 también es una oportunidad. Ese año no llegó ni un solo crucero a la Perla del Pacífico. Se estima que más de 500 comercios locales tuvieron que cerrar (o el 70 por ciento de los pequeños negocios) y se perdieron unos 10 mil empleos. Ese año se esperaban 400 mil visitantes y se deseaba la derrama de 50 millones de dólares que no llegaron.
No se puede tapar el sol con un dedo, pero hoy Mazatlán se ha puesto de pie. Es tremenda la fragilidad de la industria turística. Nadie quiere vivir una crisis financiera, de inseguridad o sanitaria. Esa no fue su primera, ni será la última vez. Así es el mundo que habitamos y poco hemos hecho para mejorarlo.
El turismo en México suele ser el negocio de unos pocos. Su relación con la política es demasiado íntima. No podemos ser competitivos cuando detrás de las palabras reina la motivación del beneficio individual. Tampoco debemos depender de los cruceros ni favorecer el formato todo incluido pues nuestra inigualdad radica más allá, en la diversidad. Es momento de que la crisis le llegue a la crisis misma. La única forma de lograrlo es siendo congruentes y elegir con conocimiento de causa el destino y los servicios de nuestras próximas vacaciones.
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