Por Daniel Amézquita

El entretenimiento responde a circunstancias muy específicas ya que tiene múltiples condiciones y variantes como toda convención humana. Se piensa que el origen del entretenimiento para satisfacer el ocio y el tedio de una vida ajetreada y difícil está enteramente ligada al nacimiento de las disciplinas artísticas.

Primero, a través de la tradición oral se contaban las hazañas de caza o las gestas de héroes y dioses con el fin trasmitir los conocimientos, preservar las costumbres religiosas y convocar o entretener a la comunidad.

En la alegoría de las cavernas de Platón, podemos entrever lo que es el arte, una interpretación de la realidad, magnificada o llevada a una profundidad nunca antes percibida: los prisioneros (receptor), que ven las sombras (mensaje), proyectadas por la luz de una hoguera (medio), piensan que son verdaderas, mas no el objeto del que se originan (emisor), así podemos entender que el arte está hecho de ideas. Las mismas que crearon otras representaciones con diferentes elementos: la danza, la poesía, el teatro y la música.

Hemos dicho que el entretenimiento responde a determinadas circunstancias como el contexto social y las tendencias de la época. No es lo mismo en estos tiempos ver una película muda que una superproducción de Hollywood, pero tampoco es lo mismo leer a Homero que revistas sentimentales de espectáculos.

En las civilizaciones antiguas, la danza y la música, así como los contadores de historias (bardos, juglares, etc.), servían como medio para agasajar a la cohorte o sus invitados, el entretenimiento (tal y como lo conoceremos más tarde), estaba destinado a satisfacer la demanda de las élites y su aburrida vida privilegiada. Mientras que el trabajo y el vasallaje extenuante terminaban por dejar poco espacio para esta actividad a los súbditos.

Curiosamente, aquellos seres esclavizados o en la escala menor de las sociedades de aquel tiempo eran quienes producían el entretenimiento: malabaristas, magos, músicos, danzantes; hombres y mujeres que desempeñaban esta labor a pan o espada. Tomemos como ejemplo los juegos romanos, mientras no estaban expandiendo el imperio, podían darse el lujo de asistir a las arenas de gladiadores o a el Coliseo de Tito para ver cómo bestias salvajes devoraban prisioneros y esclavos.

Afortunadamente para nuestra era, el entretenimiento ha sofisticado su oferta, así como el consumidor goza de derechos e información que lo acredita para elegir entre una y otra opción para satisfacer sus gustos. En el antiguo Egipto la máxima del entretenimiento de las élites era la caza, una actividad que parece deleznable en nuestro tiempo, pero que para aquellas sociedades era una muestra de habilidad y fuerza, conceptos heredados a los griegos, así también los juegos de azar cuyas apuestas producían una exaltación en los asistentes.

Para la época medieval se crearon festivales y juegos en los que se desarrollaban los conceptos heroicos a través de batallas entre caballeros, puntería con tiro al arco y demás actividades que requerían entrenamiento de combate. Por esta época los eventos sociales se magnificaban con los tratados del amor cortés, concepto poético del romance a través de la gesta heroica y la sublimación de los amantes, también los emparejamientos a conveniencia entre las familias nobles, y el entretenimiento, tanto del anfitrión como el invitado, solía ser con presupuestos que competían entre sí para obtener más anuencias en su estatus social.

Los carnavales, un invento del Renacimiento para salir del oscurantismo aunque fuera por unos días, se caracterizaron por dejar salir lo peor del ser humano, el desparpajo, la indecencia y los excesos se convertían en la manera de vivir tanto de las élites como del pueblo.

El entretenimiento, finalmente también enmarcado en el ocio, puede representar un beneficio para el usuario o espectador o puede ser tan nocivo que le resulte en un trastorno psicológico, como en la ludopatía; puede ser aprendizaje por medio del entretenimiento y catártico, hasta hacer de ello una profesión de la que se puede vivir. Paul Lafargue escribió El derecho a la pereza, su tesis fundamental radica en que el entretenimiento debe ser un derecho para desarrollar nuestras aptitudes y capacidades artísticas e intelectuales, por ende, mejorar a la persona y con ello a la sociedad misma. Un punto de vista aristotélico cuya definición de ocio era necesaria para reflexionar sobre las ideas y la vida. En contraposición de quien anteponía el esfuerzo, la resignación y el sufrimiento como los fines últimos del ser humano.

Como podemos ver, muchas de estas tradiciones y pensamientos nos han sido heredados y, aunque tenga muchas variantes y contextos, el entretenimiento no ha dejado de ser un medio para mover a las comunidades sociales, reconocer el entretenimiento que alimente y nutra nuestro espíritu no es una tarea nueva, el arte y nuestra curiosidad siempre están en constante transformación de manera paralela a la evolución de nuestra vida. Para este tiempo que la bastedad y la apabullante oferta pulula por todos lados y que el tiempo (como Cronos) se come a sus propios hijos, debemos de ser más rigurosos y propositivos a la hora de la elección.

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