Josemaría León Lara Díaz Torre

El Vaticano representa para poco más de mil doscientos millones de católicos, el epicentro de su fe. Ubicada dentro de Roma, la Ciudad Estado Vaticano es considerada el país más pequeño del mundo, abarcando una superficie no mayor a las cuarenta y cuatro hectáreas; siendo estas sus dimensiones oficiales desde la firma de los tratados lateranenses en 1929, en que la Italia ponía las condiciones de paz, para la coexistencia de un país diminuto dentro de la capital de otro.
Sin embargo, no siempre fue así. El vicario de Cristo en la tierra, no hace muchas centurias atrás, era considerado un monarca europeo más; que, aunque en estricto sentido, era el Papa quien coronaba a los reyes, el Santo Padre, contaba con prácticamente todo lo que cualquier otro rey pudiera tener, tierras, riqueza, cortes, pero sobre todo un inmenso poder político, que, aunado al religioso, lo convertía en uno de los hombres más poderosos del mundo occidental.
El Papa de hoy en día, despojado de los Estados Vaticanos y confinado a las murallas de la colina vaticana, ha perdido su inmenso poder político, probablemente por la poca influencia que pudiera llegar a ejercer en una Europa cada vez más liberal y menos creyente; aunque su voz, sigue siendo escuchada a nivel mundial, tanto por cristianos como no cristianos, como un mensajero de paz, la luz del Papa se ha venido esfumando poco a poco, tanto por fuera como por dentro de la propia Iglesia.
Cada sucesor de Pedro ha asumido el trono, enfrentando diferentes condiciones sociales, históricas y políticas, que han permitido, según sea el caso, el que dejasen huella y sean recordados hoy en día, tanto por sus errores como sus aciertos. Sirve como ejemplo contraponer las figuras de Rodrigo Borgia (Alejandro VI) y Karol Wojtyla (Juan Pablo II), ambos muy grandes y poderosos pontífices, aunque la historia ha juzgado sus acciones, desde distintas ópticas.
Actualmente vemos a un Francisco, que ha ido perdiendo poco a poco la increíble cobertura mediática que tuvo hace apenas unos años atrás. El primer Papa latinoamericano (además del primer jesuita), que llegaba al papado con ideas serias de reforma; donde la óptica dejaba entrever que la Iglesia se adaptaría a las tendencias actuales, para ir de la mano con la “evolución” de la humanidad.
Sería injusto negar que intentos de reforma al interior de la doctrina social de la Iglesia, se han hecho; más lo que sí es menester aclarar, es que tanto como fuera del vaticano, el quehacer político frena cualquier intento que vulnere el statu quo, particularmente del colegio cardenalicio y de sus “monárquicos” privilegios. Es probable que las intenciones de Jorge Mario Bergoglio, sean nobles, lo que sucede, es que ni el poder del Papa, puede modificar una institución de dos mil años de antigüedad, desde sus entrañas.
Basta con recordar a Albino Luciani, y a su diminuto pontificado de treinta y tres días, de quien cuentan los rumores, fue asesinado por querer entrometerse directamente en las finanzas de la Santa Sede. Como también el recordar la valiente decisión de Joseph Ratzinger de renunciar al papado, argumentando temas de salud, pero quizás viendo que sus fuerzas diarias, no eran las suficientes para lidiar con los enemigos en casa.
Otro hombre, al que vale la pena conocer más a fondo, Giovanni Battista, quien tomó como nombre Pablo VI durante su pontificado. De quien precisamente, esta misma semana, se ha anunciado su canonización, fue un hombre que le tocó vivir en carne propia el poder, la avaricia y la maldad al interior de la Iglesia, al continuar y concluir los trabajos del Concilio Vaticano II.
Esta reflexión, permite darnos cuenta, que, aunque en ocasiones no es tan evidente, llegamos a creer que los sacerdotes, los obispos o hasta el mismo Papa, por el simple hecho de ser ministros de culto, deben o deberían de comportarse de cierta manera; lo que sucede es que, una ordenación sacerdotal no acaba con la condición humana del ordenado, siendo susceptible a los errores y al fracaso, como todos y cada uno de nosotros.