Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Reinfeld: “¿No se está divirtiendo, amo?”
Conde Drácula: “¿Divertirme? ¿Qué te parecería andar vestido como un camarero por 700 años?”

“AMOR A LA PRIMERA MORDIDA” (1979)
Uno de los grandes prodigios de la cinematografía es su cualidad casamentera para conciliar géneros e historias que fueron concebidas para evolucionar por separado, pues sus naturalezas temáticas llegan a ser tan antitéticas que, si se tratara de física de partículas, los resultados tendrían proporciones cataclísmicas, ya que hablamos de materia vs antimateria en un sistema cuántico fílmico. La nada absoluta en cuestión de microsegundos, la aniquilación humana de facto y el nacimiento de un nuevo universo… y sin embargo, el horror y la comedia cinematográficas lograron copular sin mayor conflicto para engendrar toda una gama de películas que remachan sus cualidades horrendas al verse magnificadas por su bufonesca disparidad y su hilaridad se deforma contrapuesta al pavoroso espejo en que involuntariamente se refleja en la historia. Y seguimos aquí, existiendo, sin que se produjera una temida inversión protónica o la aniquilación bosónica sugerida por Einstein en casos de esta índole. Por ello podemos degustar o expectorar sin conflictos ni espadas de Damocles cintas energéticas donde entidades que en su propio contexto siembran terror entre los mortales pero aquí padecen vilezas cultivadas por el legendario slapstick chaplinesco como esquivar una cáscara de plátano, enfrentar colisiones con puertas o muros e incluso amundanarse un poco recitando alguno que otro chascarrillo. Mas no cualquier criatura de pesadilla logra codificar su mito en el jeroglífico de la comedia, por lo que años de constantes pruebas y fallos vinieron a demostrar que los esperpentos predilectos de la guasa fílmica son los vampiros. Y tiene sentido, pues hay un límite para la gracia que puede extraerse de un tieso y unidimensional Monstruo de Frankenstein o la irrisoria cantidad de chistes sobre canes y sus costumbres atribuibles a un hombre lobo. Los eslavos vampyr poseen una dimensión y carisma que las enjutas momias o las lastimeras ánimas en pena envidian para su trasplante al género del chasco y la broma, pues los chupasangre tal vez sean, en motivación y diseño emocional, los monstruos sobrenaturales más cercanos a nosotros, los engendros terrenales.
Por cuestiones de espacio, deberé disciplinar el contenido de esta columna estrictamente a vampiros y vampiresas genéricos, pues aquellas cintas que se han afanado a desacralizar la efigie del más mítico de ellos (el Conde Drácula, por supuesto), simplemente daría para toda la sección de espectáculos y sitio web del diario, y esa es una decisión que mi respetable editora no podría darse el lujo de aprobar, así que vayamos a la yugular de aquellos filmes donde los hijos de la noche relajan su condición fantástica y sean ellos los que reciban dentelladas de la sátira, la parodia o el humor negro.
A modo de aclaración, es necesario acotar que toda la saga “Crepúsculo” queda fuera por pertenecer más bien a la variedad “comedia involuntaria patética” -al grado de volverse autoparódica, pues nada más hilarante que una jovencita de gesto constipado al ser mordisqueada en pleno parto por un maniquí descolorido- . Escrito esto, dirijamos nuestra atención hacia Roman Polanski, exiliado cineasta que en el año 1967 dirigió “La Danza de los Vampiros”, toda una deconstrucción de las fábulas vampíricas tomando como puntal estilístico las entonces populares obras del ahora llorado estudio Hammer, con una puesta en escena rebosante de atmósferas góticas y con la participación estelar del director en el papel de Alfred, el atarantado aprendiz del Profesor Abronsius (Jack MacGowran), un cazador de vampiros que calza el arquetipo del literario Van Helsing. Sus andanzas los conducen, por supuesto, a Transilvania, donde Alfred (Polanski) se enamora de la hija de un posadero local (su finada esposa en la vida real, Sharon Tate) sin saber que el malvado Conde Von Krolock (Ferdy Mayne) ya ha posado sus ojos en ella. Polanski realiza una inteligente farsa donde logra colocar entre las diversas lecturas de su discurso cómico una narrativa sólida sujetada por los convencionalismos del género de terror pero donde la inquietud de su creador yace en la exposición del absurdo humano. Las actuaciones son memorables y la cinta se transformó en un objeto de culto que aún hoy día resulta una referencia obligada, tanto en la revisión filmográfica de Polanski como en los componentes de una comedia de horror bien planteada y desarrollada.
El modelo planteado por el maestro resultó demasiado atractivo para otros directores y, a medida que avanzaba el siglo, más proyectos se amparaban en esta amalgama genérica para sacar adelante sus pretensiones bufas, algunas claro más depuradas que otras. La cima se localiza durante los 80’s, época de actividad volcánica en lo que a cintas híbridas se refiere, descollando algunos filmes que han logrado colarse en los anales del exitosos malabares entre sustos y carcajadas. Verbigracia: La dupla “La Hora del Espanto” (Holland, E.U.,1985) y su secuela de 1988, jocoso examen posmoderno de la condición del Nosferatu contemporáneo a través de la óptica heredada por el cine y no tanto del folclor, tomando como eje temático la confrontación de un adolescente convencional (William Ragsdale) con los espectrales seres, primero uno de metrosexualidad ochentera, interpretado magistralmente por Chris Sarandon (hermano de Susan) y después contra su fogosa hermana (Julie Carmen), acompañado de ese crisol hammeriano llamado Peter Vincent (el memorable Roddy McDowall) y una pléyade de inolvidables maquillajes. Un remake de reciente manufactura sólo engrandece las bondades de estas cintas. Por su parte, “Vamp” (Wenk, E.U., 1986), ya construía en pantalla la figura de la teibolera vampira en la potente fisonomía de la imponente Grace Jones de Bowie, 10 años antes que Robert Rodríguez pretendiera explotar la idea en la igualmente divertida “Del Crepúsculo al Amanecer”. Ambas producciones conjugaban adrenalina con humoradas, tal como ocurrió con la exitosa “Los Muchachos Perdidos” (Schumacher, E.U.,1987), toda una calentura preadolescente con hematófagos sanguinarios en oposición a chuscos púberes liderados por los imbatibles Coreys (Feldman y Haim) en un desenfrenado relato de Romeo y Julieta en playas californianas, fórmula que se pretendíó inocular en la muy fallida “Mi Novio es un Vampiro” (Storm,E.U.,1988), torpe cinta de título explicativo estelarizada por el torpe sobreactor Jim Carrey en un papel incipiente. Más interesantes resultan experimentos que juguetean con las reglas del juego vampírico como “¡Vampiros en La Habana!” (Padrón, Cuba, 1985), filme animado de pobres recursos pero abundante contenido donde los chupasangre se tornan alegorías sobre el estado de la población cubana durante la gloria de Fidel; “Sundown” (Hickox, E.U., 1990), con una premisa que lo resume todo: vampiros vaqueros en el siglo XIX. Muy lograda e ingeniosa en su ejecución, como también lo es “Vampires” (Lanoo, Bélgica, 2010), filme europeo que se mofa tanto de los vampiros modernos conscientes de su inmersión cultural como del formato “cámara en mano”, pues se trata de un falso documental sobre una familia de ellos y su agridulce cotidiano. Soberbiamente actuada y delirante, así como “Entrevista con unos Vampiros” (Waititi, N.Z., 2014), la cual opera bajo una premisa similar pero de naturaleza más gentil. Incluso Tim Burton sucumbió a la idea con su puesta al día de la clásica serie de televisión “Sombras Tenebrosas”, extrayendo de las solemnes sombras al vampiro Barnabas Collins, dotándolo de un fino sentido del humor negro poco apreciado por el gran público. Sólo el público dictaminará si, a la postre, prefiere a sus hematófagos siniestros y brutales o capaces de arrancar una sonrisa que muestre unos perlados caninos afilados. Como sea, jamás podrá ser peor que vampiros con piel de brillantina y fallas neuronales que los impulsan a recitar sonetos o declamar cursilerías, aún si esto fuera en bis cómica.

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