Cuando el finado escritor sueco StiegLarsson creó al personaje de Lisbeth Salander en sus populares novelas “Millenium” hace algunos años, parecía acatar a la necesidad que este siglo dictaba sobre una representación más fortalecida y compleja de la mujer mostrándola como una entidad polisexual psicológicamente próspera y poseedora de una inteligencia sobresaliente pero ominosa, lo que aunado a su carácter determinante y enfocado la hacían una depredadora letal en una jungla fálocrática. Después de las exitosas adaptaciones cinematográficas en su tierra nativa y una versión norteamericana tibiamente recibida por crítica y taquilla, llega el nuevo texto -escrito por David Lagercrantz con consentimiento de la familia Larsson- en la saga de esta ruda fémina con tatuaje de dragón al cine con “La Chica en la Telaraña”, una dilución absoluta de los elementos ya descritos que posee Salanderal presentarla como una heroína de acción más sin rasgos de personalidad propia o atributos más allá de los clichés impuestos por Hollywood.

La película ubica la historia tres años después de la primera cinta, donde vemos a Lisbeth, ahora interpretada por Claire Foy, trabajando como una suerte de ángel guardián para mujeres abusadas (de hecho, en su primera escena la vemos torturando a un esposo abusador mediante un arma eléctrica conectada a sus testículos). Pero como ella es ante todo una hacker profesional, no se resiste al ofrecimiento que le hace un ex agente de Seguridad Nacional llamado FransBalder (Stephen Merchant) de recuperar un programa llamado Firefall capaz de dotarle a su usuario la capacidad de penetrar los códigos de seguridad de cualquier instalación militar con arsenal nuclear en el mundo. Una vez instalado y en operación, el informático cae en la cuenta de que este programa es una mala idea (obviamente), por lo que recluta a Salander para que lo robe de dicha agencia y lo oculte. La tarea resulta pan comido para alguien con sus facultades, pero todo se complica cuando un intruso misterioso le hurta la computadora con el programa a la vez que vuela su departamento en mil pedazos. Con el fin de recobrarlo, Lisbeth acude a su aliado periodista MikaelBlomvist  (SevrrirGudnason), quien al adentrarse en el caso descubre que los responsables son rusos herederos del legado criminal del padre de Salander y que se hacen llamar “Las Arañas”, teniendo como líder a una mujer (Sylvia Hoek) con nexos muy cercanos a la protagonista, matizando a esta intriga con un factor personal e íntimo.

El uruguayo FedeAlvarez (“Posesión Infernal” “No Respires”) tiene un gran ojo para las atmósferas opresivas y melancólicas a la vez que entiende muy bien la puesta en escena fílmica como instrumento de apoyo narrativo, mientras que Claire Foy se entrega apasionadamente al cincelado de su versión de Lisbeth Salander con tal entusiasmo que levanta bastante todas las escenas donde aparece, pero los esfuerzos de ambos son fútiles ante un guion majadero que no respeta los componentes esenciales de su protagonista según nos fue descrito en libros y películas anteriores para desmolecularizarla a un estado de acción protozoario, o sea muy básico, sin las capas de complejidad psicológica requeridas para que logremos entenderla como algo más que una simple muñeca tatuada y perforada que lanza miradas fieras a sus enemigos a la vez que se ablanda por un niño (ChrisopherConvery) que se transforma en su pequeño compañero de aventuras cuando su padre, el personaje FransBalder, sucumbe ante las balas. La transición de hacker con instintos de supervivencia letales a madre sustituta y a amante ocasional de Blomkvist no fluye orgánicamente, mientras que los traumas psicosexuales de Salander, integrales en su conformación como personaje en los relatos previos, jamás se asoman siquiera en este juego irritante que concede a la corrección política y al #MeToo, cuando debiera ser precisamente en esta era de la formalización y validación de la figura femenina en el cine que las herramientas para la solidificación en la motivación de un personaje tan rico como el de Lisbeth Salander entraran en acción, pues una mujer capaz de superar lo que ella ha pasado desde “La Chica del Dragón Tatuado” o “Los Hombres Que No Amaban a las Mujeres” resulta más admirable que el estoicismo ante la ignorancia por dicha historia. Y es precisamente por ello que los relatos con aristas escabrosas en la narrativa y contexto existencial, psicológico y emocional de entidades ficticias creadas en cualquier otro sitio que no sea Estados Unidos no deberían abordarse por libretistas remilgados y complacientes como JayBasu y Steven Knight, guionistas de esta cinta. “La Chica en la Telaraña” es otro ejemplo de thrillershechos al gusto gringo innecesariamente enredados que no aportan algo valioso al género o proveen de una experiencia sagaz y satisfactoria a los cinéfilos, o en este caso, a los fanáticos de Lisbeth Salander y StiegLarsson.

Correo: [email protected]