JOSÉ LUIS MACÍAS ALONSO

Westport, Inglaterra, 1651. Un pensador inglés regresa a su tierra después de estar unos años estudiando en Francia, trae en su regazo hojas llenas de ideas oscuras, malévolas, en contra de Dios y en contra del Rey. Su teoría es sencilla y polémica: debemos crear, mediante las leyes, un ente capaz de controlar a los humanos que se encuentran en constante guerra producto de su condición natural de competencia, desconfianza y sed de gloria; el argumento de su tesis, atenta contra lo que la mayoría, durante miles de años, habían pensado acerca de nuestra esencia; Thomas Hobbes afirma: “el hombre es el lobo del hombre”.

Inmerso en un momento histórico donde se debate la laicidad del Estado y el origen de la soberanía, defiende con valentía que el poder del gobernante no viene de Dios sino de la gente y que por ende, la misma gente debe crear un ente que regule su convivencia para con ello no caer en la destrucción del hombre. Se inspira con ironía en una figura bíblica del Antiguo Testamento que por cientos de años ha atemorizado a las mentes de las personas: el Leviatán; y afirma que así como los marineros no navegan más lejos de los limites explorados para no ser devorados por este monstruo, así, los hombres debemos crear un Estado que mediante el temor de castigarnos, inhiba nuestras conductas que dañan a los demás.

París, Francia, 1762. Tal vez sin dimensionar lo que lleva en sus manos, Jean-Jeacques Rousseau lleva a la imprenta la última obra que ha escrito: “El pacto social o los principios del derecho político” misma que años más tarde sería el corazón ideológico de la revolución francesa, primera pieza que cayó en el dominó mundial para la instauración de los principios del estado de derecho y la soberanía del pueblo. A diferencia de Hobbes, este francés piensa que el hombre es bueno por naturaleza, que el más fuerte no siempre debe ser el vencedor y que debemos “encontrar una forma de asociación que defienda y proteja con la fuerza común la persona y los bienes de cada asociado, por la cual cada uno, uniéndose a todos, no obedezca sino a sí mismo y permanezca tan libre como antes”.

En resumidas cuentas, Rousseau dice que todos los integrantes de un pueblo deben reunirse para hacer un gran pacto social traducido en normas y ceder algo de su libertad natural a cambio de una libertad civil que la garantice vivir en armonía.

Como ya sabe, nos gustó más el cuento del inocente francés que afirmaba que todos somos buenos por naturaleza que el del perverso inglés que veía maldad en la esencia del hombre y a la fecha millones de maestros en todo el mundo hablan del pacto social en sus clases de ciencias sociales.

Aunque con el tiempo llegamos a la conclusión de que ni muy muy ni tan tan, es decir no todos en todo momento somos buenos, ni todos, en todo momento, somos malos, estos dos pensadores y la mayoría de todos nosotros coincidimos en la idea de que debía haber un pacto social traducido en normas para ordenar la coexistencia humana.

Desde entonces, los sistemas jurídicos de los pueblos han representado esa varita mágica mediante la cual un Estado cobra vida y sienta las bases sobre las cuales, en un tiempo y un lugar determinado, un grupo de personas habrán de cohabitar.

Así, la forma en la que debo convivir con las personas que interactúo me la estipula la Constitución y la razón teórica de esto, obedece a que dicha norma suprema representa el pacto social mediante el cual todos los mexicanos decidimos que así queríamos vivir. Pero… ¿A Usted le mandaron este pacto social para que lo leyera con calma, le hiciera comentarios y finalmente manifestara su conformidad? A mí tampoco.

El pacto social pues, es una simple ficción humana creada hace cuatrocientos años que trasladada a la realidad se encuentra en franca lejanía, la crisis de representación que enfrentan las democracias contemporáneas son un ejemplo de esta atenuante separación entre las teorías románticas de Rousseau y Hobbes con el día a día. Yo no decidí tener esta Constitución, Usted tampoco, entonces… ¿Por qué sigue este pensamiento obstinado de querer entender la realidad bajo una teoría que no encaja?

A menudo los pensadores se sienten frustrados y desilusionados cuando ven como sus teorías se derrumban cuando se llevan a la práctica, si hiciéramos mediante un censo la pregunta ¿Usted decidió someterse al pacto social del Estado Mexicano?, las respuestas pondrían en irremediable tristeza a Rousseau.

Es obligación del mundo académico mantener el debate acerca del orden social, pero siempre a partir de la realidad y la condición tiempo-espacio. Una teoría que no voltea a ver los hechos siempre estará condenada al fracaso. Debemos repensar sobre la idea del pacto social, encontrar nuevas formas, atrevernos a romper los paradigmas, la sociedad lo requiere. Al respecto ya existen varias mentes trabajando en ello, como la del alemán Jürgen Habermas, en próximas columnejas intentaré explicarlas.

@licpepemacias