Jesús Eduardo Martín Jáuregui

En su Historia de la Revolución Mejicana (sic), Jean  Meller señala que en vísperas de la revuelta de 1910, que diera lugar a lo que luego se ha conocido como la Revolución, un soldado del ejército porfirista, un soldado raso, ganaba un peso diario, en tanto que un maestro raso ganaba un peso cincuenta centavos. En la actualidad un soldado raso gana más que un maestro raso, y aún en muchos lugares del país un simple policía gana más que un simple maestro. ¡Malaventurado sea un pueblo cuyos soldados perciben más ingresos que sus maestros!. ¡Malaventurado sea un pueblo que mira como un avance la creación de bachilleratos militares o militarizados!. ¡Malaventurado sea un pueblo que incrementa más su gasto militar que su gasto educativo!.

Apenas arrancando la mal llamada Cuarta Transformación, tuve la oportunidad de asistir a un foro para revisar la “mal llamada” Reforma Educativa del último sexenio del PRI en la presidencia de la república, organizado por Morena, con una numerosa asistencia que llenó el auditorio Morelos de la UAA, afortunadamente antes de que las lluvias exhibieran la mala factura de las modificaciones del auditorio. En el foro participaron un buen número de personas relacionadas con la educación, algunos que de ella hacen un modo de vivir, otros que la toman como un modo para vivir, y una mayoría, creo, que no tienen más remedio que asumirla como un modo para sobrevivir.

El foro celebrado, como se dice con bombo y platillo, fue parte de una serie que se realizó en toda la república. Aquí lo presidió el gobernador Martín Orozco Sandoval con la compañía de Moctezuma Barragán, o al revés, y participaron desde los más preparados educadores de la UAA hasta los más conspicuos luchadores de Base Magisterial. Algunos participantes majaderos no respetaron su tiempo y consecuentemente el tiempo de los demás. Las participaciones fueron desde los alaridos previsibles de algunos cuya visión no llega más allá de su nómina, hasta los que plantearon una restructuración del enfoque y la metodología educativa.

Metiche como soy, pregunté a los organizadores cual sería el destino de las participaciones, ponencias les llaman, aún no lo sabían. Más tarde, me acerqué a  personas anejas a los altos mandos de la Secretaría de Educación Pública, tampoco lo sabían. Muy pocos conocían y guardaron el celoso secreto de cómo se procesaría la información, lo que constituye una hipótesis benévola, porque la mayoría pensaron y piensan que se trataría de la metodología NPI. Es un hecho que cerca de un año después aún no se conocen los resultados de ese gran esfuerzo de consulta nacional ni los lineamientos que de su procesamiento serán aplicados a la educación en México. Seguramente, suele suceder, entre las “ponencias” hubo mucho material deleznable, muchas posturas politiqueras y muchas por salir del paso, pero indudablemente debe haber una buena cantidad de material de calidad, sustentado y soportado en el estudio, la experiencia y la buena voluntad. Su destino parece que ha sido el mismo: el archivo “B”.

Lo que también es un hecho es que algunas promesas de campaña se cumplen. El Presidente de la República afirma que es un hombre de palabra, aunque para ser realistas y objetivos es más bien un hombre de palabras, muchas, y a menudo contradictorias. Una de sus promesas de campaña fue que las dependencias federales se descentralizarían distribuyéndose en diversas partes del país. Ni siquiera la de Educación que se asentaría en Puebla, ha cambiado sus instalaciones y personal a la Angelópolis, (así le dicen chocantemente algunas personas, yo entre ellas).

Otra promesa de campaña fue que el ejército regresaría a los cuarteles, promesa que, como van las cosas, no tiene visos de cumplirse ni a largo plazo, pero, en cambio, la de acabar con la “mal llamada” reforma educativa ha dado pasos firmes. Contando con una mayoría aplastante en la cámara de diputados integrada por abyectos, serviles, ignorantes  y sin duda patrióticos servidores públicos, violando las disposiciones reglamentarias del Congreso, (peccata minuta porque al fin y al cabo los de antes eran más “piores”), aprobaron sin leer (no porque no supieran, porque está comprobado científicamente que algunos diputados morenistas sí saben leer), sino porque era materialmente imposible ni siquiera con los cursos de lectura dinámica, leer todo el material en el tiempo que tuvieron disponible antes de la votación (se ve que en materia de votaciones los “morenistas” siguen practicando las tácticas y técnicas de sus ancestros priistas de los que solo parecen diferenciarse por el líder).

Es cierto, perspicaz lector, que el que esto escribe, tampoco pudo leer todos los mamotretos de la “bien llamada” reforma educativa, pero sí leí y conocí el material y las leyes aprobadas de la “mal llamada” reforma educativa, y, como dicen que dicen los abogados, bajo protesta de decir verdad  aseguro que implicó muchas horas de estudio, muchas de reflexión, muchas de concertación, hasta lograr una normatividad que ponía énfasis en la mejora sustantiva de la calidad de la educación, el fortalecimiento de la gratuidad de la educación pública, una evaluación con ejes en el mérito y el reconocimiento de la vocación, una educación inclusiva al alcance de todos y el buen uso de los recursos públicos.

Lamentablemente como dice el refrán “La lengua toca, donde el diente duele”, y el diente duele en la mala formación y mal desempeño de nuestros maestros. Toda generalización es mala, lo sé, pero la estadística es así, muestra los hechos y los hechos, los “datos duros” muestran que si por sus obras los conoceréis, los resultados educativos del país son deplorables. Nuestros niños y nuestros jóvenes no manejan las herramientas mínimas de una educación para el siglo XXI.

La “bien llamada” reforma educativa de AMLO, fortalece la participación en la toma de decisiones, asignación de plazas, infraestructura, programas, etc., de los grupos sindicales, que, como la yunta de Silao, tan malo el pinto como el colorao, han peleado más por sus prebendas y posiciones políticas que por lo que quizás alguna vez pensaron que era su vocación.

Y pensar que nuestro México fue en un tiempo cuna de grandes educadores.

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