Carlos Reyes Sahagún

Cronista del Municipio de Aguascalientes

El otro día viví la experiencia dichosa; siempre aleccionadora y novedosa, de ir a una biblioteca, según le conté la semana anterior… Y bueno, no dejo de pensar en el hecho de que un establecimiento de estas características es un testigo privilegiado de nuestra humanidad; la evidencia de lo que somos como especie, algo que habla de nosotros y por nosotros, y que lo hace bien porque señora, señor, proclama nuestras realizaciones y sueños; nuestras esperanzas, las ideas que hemos formulado sobre el Cosmos y sobre nosotros mismos, las historias que hemos imaginado, el conocimiento que hemos acumulado a propósito de nosotros mismos y del Universo en que surgimos… Aunque ciertamente también constan en ellas evidencias de nuestras peores pesadillas; de nuestra estupidez y maldad, como por ejemplo historias de las guerras mundiales, o de los genocidios perpetrados por las potencias dizque civilizadas en tierras americanas, africanas y asiáticas, y hasta las infumables obras completas de algún político que se creyó estadista.

En fin; todo eso y más hay en estos lugares. La biblioteca que visité fue la Pública Central Centenario Bicentenario -ese es su nombre completo-, aunque en la fachada se lee, en homenaje a su noble origen y función, Casa de Fuerza, y señalé en la entrega anterior que con aquello de central el establecimiento tenía un nombre profético, esto por lo siguiente: a mediados de los años ochenta se inauguró la Biblioteca Jaime Torres Bodet, en la esquina de las calles de Juárez y Allende, y fue llamada central porque, en términos generales, estaba en el centro de la ciudad, muy cerca de la Plaza de Armas, la zona comercial y las sedes de los principales poderes de Aguascalientes, del gobernador al obispo, y del líder de la mayoría en la Legislatura al presidente municipal.

También era central porque era la mayor de las que integraban la Red Estatal de Bibliotecas; la mejor dotada, y porque a ella acudían un sinfín de personas, a hacer tareas escolares, tomar cursos de esto y de lo otro, leer el periódico, ver alguna película, y a lo mejor hasta a leer libros; a lo mejor hasta a eso.

Pero he aquí que, como si la ciudad hubiera sufrido un terremoto de quien sabe cuantos grados Richter, el centro se movió, y lo hizo hacia el oriente. Fíjese en un mapa contemporáneo y verá que ahora el mismísimo centro de la ciudad se ubica en… la Avenida Manuel Gómez Morín.

O sea que la urbe medio se ha convertido en un monstruo, con el corazón en un lado y el centro en otro; un amontonadero de personas y construcciones… Esto ha ocurrido por obra y desgracia, no de un terremoto, pero sí de algo parecido, el intenso crecimiento urbano que ha experimentado la capital, particularmente hacia el oriente, en donde, a partir de los años ochenta del siglo anterior, hicieron acto de presencia las zonas de Ojocaliente, Jesús Terán, Cd. Morelos, Cumbres, Haciendas de Aguascalientes, etc., en una dinámica que a su vez ha traído por consecuencia una degradación de la calidad de vida de su población.

Aunque ciertamente la Ciudad Estado no es, aproximadamente, un cuadro, sino un rectángulo, con sus lados largos en el eje norte sur –esto, desde luego con un poco de imaginación-. Por cierto que si se fija en el mapa, observará que ciertas instalaciones fueron en su momento ubicadas en lo que era la orilla de la urbe dedicada a las aguas calientes. Pero luego, con el crecimiento urbano, terminaron internándose. Es el caso, por ejemplo, del taller del ferrocarril, la planta de almacenamiento de PEMEX y de la zona militar.

Claro que no fue la intención de señalar la ubicación del establecimiento inaugurado en 2010 por lo que le pusieron el nombre de central y que, como si se tratara de una catedral, está franqueado por un par de altas chimeneas, fáciles de visualizar desde una gran parte de la ciudad.

No fue por estas razones que recibió ese nombre, sino por otras más interesantes y sustanciosas, la riqueza de los acervos que alberga porque, en efecto, no es esta una biblioteca como las demás.

El nombre es profético, también, porque están por llegar los contingentes que abarrotaron la Torres Bodet, y que le faltan a esta… A propósito de la ubicación, justo es decir que el lugar en donde se encuentra es propicio para una sugerente y larga conversación con Platón, Marcel Proust o Julio Verne; conversar con ellos o con algún otro, humanista, artista o científico, a propósito de la naturaleza de la belleza, de la composición de la materia que forma a las estrellas, o del carácter invisible de la luz, gracias a que la biblioteca está lejos del ruido, de las calles y su tráfico, y sólo de cuando en cuando se escucha el ulular, siempre entrañable, de los trenes que pasan ahí cerca…

Una última palabra sobre la ubicación. Habría quienes se preguntaran sobre a quién se le habría ocurrido poner una biblioteca central ahí, si está en medio de la nada, escondida, y el transporte urbano más cercano pasa hasta la Alameda, etc.

Quizá tengan razón y eso explique la actual poca afluencia de personas, digo, en comparación con la Torres Bodet, por ejemplo. Por mi parte prefiero creer que, por el contrario, su instalación en ese lugar fue una decisión visionaria, porque con esta reubicación del centro de la capital,tanto para la Universidad de las Artes como para la Biblioteca Pública Central Centenario Bicentenario, los mejores años están por venir. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).