Juan Pablo Martínez Zúñiga

De Inglaterra con desamor.

Hace 55 años el cine legó a la posteridad y la posmodernidad un personaje llamado James Bond, crisol de un cúmulo de fantasías tanto antropocéntricas (virilidad a tope, mentalidad sagaz, valentía ilimitada) como políticas (agente secreto con licencia para matar al servicio del imperialismo capitalista). Por ello, su estampa ha perdurado en la conciencia pop de tres generaciones y sus herederos han desfilado por todo formato, manifestación masiva y géneros. “Kingsman”, cómic creado por la escocesa mente del procaz e irreverente Mark Millar y adaptado al cine por el cineasta inglés Matthew Vaughn, es el resultado del efecto acumulado tanto de los componentes que dotaron de iconicidad a la figura del agente secreto templado en las distintas carnes que ha lucido el 007 por décadas como por el combustible cultural que actualmente orilla a propulsar todo fenómeno social y narrativo a la arena de la referencia casi paródica. El resultado fue una grata producción estrenada hace tres años protagonizada por el novato Taron Egerton en el papel de Eggsy, inadaptado joven londinense que entra a las filas de una organización secreta de agentes británicos denominada KIngsman gracias al veterano espía Harry Hart (Colin Firth), quien ve en el muchacho talento para operaciones secretas de esas que salvan el mundo cotidianamente de villanos megalómanos con sed de conquista. La masiva aceptación en taquilla y crítica han validado una secuela de reciente estreno en cartelera y que ahora tristemente he de reportar desecha la frescura de su predecesora en aras de la espectacularidad visual y vacías secuencias de pelea coreografiadas mediante asistencia digital, aún si procura conservar un tono irreverente, humor guarro y toques gore para recordarnos que eso y más tenía tanto el cómic como la primera parte. No ayuda que la trama parezca sacada del cajón de guiones postergados de Robert Rodríguez para alguna de sus cintas sobre “SpyKids”, ya que ahora Eggsy (Egerton) se encuentra felizmente casado con la princesa sueca que rescató al final de la cinta previa -quien, como muestra de gratitud por su salvamento, lo recompensa con sexo anal- y bien acomodado como agente en la comunidad de Kingsman, hasta que una villana fascinada con la cultura de los Estados Unidos de los 50’s llamada Poppy (Julianne Moore) bombardea todos sus cuarteles dejando desamparados a Eggsy y a Merlín (Mark Strong), el jefe de comunicaciones. Para socorrerse, acuden a los Statesmen, la contraparte gringa de su organización liderada cuyos agentes llevan nombres clave en honor al licor, Es así que el líder es “Champ” Champaña (Jeff Bridges), su secretaria con deseos de crecer en la agencia es Ginger Ale (Halle Berry) y sus operativos de campo son Tequila (Channing Tatum) y Whiskey (Pedro Pascal), quienes además han logrado resucitar al agente Hart (Firrth), quien fue dado por muerto en una escena donde claramente y sin lugar a dudas es llanamente asesinado en la primera parte mediante un recurso tan disparatado que no le pide nada a una caricatura de Cartoon Network. Todos ellos lucharán contra Poppy, sus perros robot (¡!) y el plan malvado en turno: contaminar con un virus todas las reservas de mariguana, cocaína, metanfetaminas y demás drogas recreativas en el mundo para chantajear a los gobiernos globales a cambio de la cura. No sé ustedes pero yo me iba directamente a las reservas de agua o alimenticias, pero esta villana debemos asumirla como un ser extravagante y ad hoc a la sensibilidad moderna, por lo que su esquema es absurdo sin cualidad redentora. El desarrollo se adereza con toques tan innecesarios a la trama colocados tan solo para impactar momentáneamente al espectador y distraerlo de las ridiculeces que presencia, como el que Elton John aparezca interpretándose a sí mismo en calidad de rehén de los adversarios sin algún fin aparente. Por primera vez, el director Vaughn (“KickAss”, “Hombres X: Primera Generación”) se muestra desconfiado de su propio material y pretende asegurar nuestro interés con efectos especiales al por mayor y chistes baratos sobre las diferencias entre ingleses y gringos, además que ha perdido su característica efervescencia en cuanto escenas dinámicas, pues lucen tan rutinarias y esquematizadas que ni siquiera logran hacer justicia al material fuente, mucho menos ser consideradas entretenidas por su innovación. Ante tal patosidad, sorprende el talento actoral involucrado, quienes hacen lo que pueden con sus papeles ahora reducidos a anárquicos y anacrónicos dibujos animados. Pero, ¿qué más podíamos esperar donde los instrumentos de tortura e intimidación del malo de la película son perros robot? Si éste es el rumbo que llevará la franquicia, ojalá y sea su última misión.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com

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