Por J. Jesús López García

Miguel Ángel se quejaba -siendo él un maestro consagrado de la arquitectura en ese momento-, de que los arquitectos se decantaban más por lograr un remate espectacular, a veces hasta llegar a la excentricidad, o una solución compositiva novedosa, que por hacer buenos edificios, era el inicio del «manierismo» -que el maestro había de alguna manera iniciado- previo al exuberante, espectacular e inventivo barroco.

El estilo barroco posee sus parámetros particulares de composición, sin embargo el estilo tendió a desbordarlos como parte de su hambre de lograr en cada modelo, lo inédito. Con la arquitectura Moderna fue diferente, sus maestros e influencias tendieron a establecer un nuevo canon en que sus soluciones pudiesen tipificarse y codificarse de manera sencilla en aras de una pretendida igualdad arquitectónica que hiciese eco a una ambiciosa igualdad social, uno de los objetivos principales de la concepción moderna de la interacción de la sociedad, de ahí que los edificios modernos sean apreciados como parte de un conjunto con variantes mínimas: entre el planteamiento de Mies van der Rohe (1886-1969) para edificios en altura y los edificios verticales de los posteriores años 50 y 60 -como ejemplo el edificio Lever House de Gordon Bunshaft (1909-1990) del despacho Skidmore, Owins and Merril-, parece haber poca diferencia formal; sin embargo, para quienes gustamos de la arquitectura moderna, los matices y las disimilitudes sí son claramente visibles.

La homogeneidad puede ser buena para construir una imagen urbana ordenada y legible, sin embargo, con ello no se pretende referir a la construcción seriada de edificios, especialmente casas unifamiliares, bajo cartabones elaborados por una economía de medios y recursos que se traduce en mayor beneficio para el inversionista, sino más bien hablamos de una bondad en que la sencillez arquitectónica ligada a la eficiencia constructiva, a la austeridad en el uso y al respeto hacia el entorno -traducida en humildad que no busca «someter» con caprichos de forma-, terminan por generar una sensación de organización clara.

En épocas pasadas, los derroches formales y las soluciones novedosas estaban destinados a algunas fincas con un carácter representativo fuerte para la comunidad. Se hacía de esa manera, pues eran edificios hechos para perdurar en el tiempo, en la imaginación y en el recuerdo, inmuebles icónicos cuya imagen pertenecía a toda la comunidad. Las casas del común de los mortales eran realizadas en materiales menos durables y atendían a aspectos más funcionales. En la era moderna sin embargo, las ideas de igualdad democrática sometieron a esa pretendida igualdad, incluso a esos edificios icónicos que se destacaban de los demás por su masa, antes que por su forma, pero al paso del tiempo, la posmodernidad comenzó a rescatar esos valores tradicionales de la jerarquía representativa, ahora sobredimensionada por los mecanismos de consumo que valiéndose de la mercadotecnia inducen al consumidor a buscar lo diferente  como lo más deseable.

Es paradójico que la modernidad que quiso abolir la diferencia en aras de la igualdad, terminó por producir con su exacerbado consumismo una mayor desigualdad manifestada en arquitectura en extravagancias superficiales, gestos grandilocuentes pero vacíos, que terminaron incluso apagando las tradicionales jerarquías arquitectónicas que al final sólo buscaban elevar los contenidos comunitarios por sobre los particulares, y llevando las diferencias a un perfil urbano accidentado donde a fuerza de querer todos los edificios hacerse más notables, terminan por aparecer todos como una mezcolanza irreconocible como imagen de conjunto.

Como ejemplo, la finca que se encuentra ubicada en la calle Miguel Barragán No. 215, cuyo diseño y construcción fue común en los años sesenta y setenta del siglo XX, inmueble sencillo y bien compuesto siguiendo las formas de las tendencias tardomodernas que no tratan de sobreponerse a su entorno, sino por el contrario integrarse a él proponiendo una estructura visual que puede mezclarse y combinarse sin protagonismos innecesarios. Casa sobria sin pretensiones desbordadas, como las que mostraban las edificaciones de remates rebuscados que molestaba tanto a Miguel Ángel hace quinientos años.

La concepción actual de mediocridad es especialmente dura, nuestra época está ávida de superlativos que terminan paradójicamente propiciando banalidades vistosas y mediocres en su sentido más negativo. Los romanos antiguos sin embargo, estimaban la «aurea mediocritas», un dorado justo medio donde el «ni más, ni menos» invitaba a la moderación como cifra de una buena vida. Esto en arquitectura es parte de un sistema de valores en que la novedad por la novedad misma, no tiene cabida. Las formas mesuradas en edificios que deben ser moderados a lo largo de los años siguen siendo dignas y propician una imagen urbana más amable, pues el orden es la tendencia a ese justo medio que brilla por sí mismo.

Sin duda alguna, las fincas que se levantaron durante la modernidad arquitectónica en Aguascalientes –a partir de los años cincuenta del siglo XX-, constituyen la imagen urbana de hoy en día. Calles icónicas que nos parecen cotidianas, como es el caso de la Miguel Barragán, requieren ser recorridas a pie y llevar a cabo una observación cuidadosa para nuestro disfrute.