Juan Pablo Martínez Zúñiga

“Si Vis Pacem, Para Bellum”. Si quieres paz, prepárate para la guerra.
Este adagio en latín, que de una forma u otra pretende embonar en la tesis de la nueva película de Keanu Reeves sobre su exitoso personaje John Wick, plantea la paradoja que significa la preservación de la paz duradera a costa de la defensa a toda costa, incluyendo los medios más violentos, conteniendo el conflicto bélico. El problema es que durante toda la duración de la cinta jamás vemos cómo esto logra aplicarse en el argumento, pues se trata de dos horas y fracción viendo cómo el protagonista va y viene impidiendo su muerte a través de defensas gradualmente inverosímiles, sin alguna meta que no sea su propio salvamento. El derroche de violencia, balas, sangre y golpes no es por la paz mundial o algún motivo altruista significativo. Todo lo que vemos en términos estilísticos y mímicos al punto que ya no logramos distinguir el sentido real de una escena u otra a pesar de los drásticos cambios de escena es porque John Wick no quiere morir. Y eso debería ser motivo suficiente para solventar una cinta tan redundante y larga como ésta, pero desafortunadamente el personaje perdió toda claridad y esencia una vez que su causa no agarra enfoque como el de asesinar a quienes eliminaron a su mascota, algo tan mínimo pero efectivo como lo ocurrido en la primera cinta que le daba propulsión emocional al personaje al aunar la pérdida del can con la de su esposa. Pero aquí todo se trata de ver cuál secuencia de acción supera a la otra, cuál competencia de críos por ver quién orina más tiempo, y eso hace de esta tercera parte la más aburrida, predecible y absurda de la saga (porque habrá más, como lo indica el risible e incoherente final).
Iniciamos donde culminó la vez anterior, con John Wick en fuga una vez que ha quebrantado la regla de oro de su comunidad de sicarios sobre no matar en tierra consagrada –en este caso, el fabulado hotel Continental en Nueva York, donde éstas alimañas se congregan– . Y esta premisa es la que pretende sustentar toda la película, pues no veremos nada más que a Wick luchando una y otra y otra y otra y otra vez por su vida a la vez que se asocia con individuos del ramo para lograr no morir, como es el caso de la asesina Sofia (Halle Berry), un personaje más estilo que sustancia, quien le asiste sin mayores consecuencias, llevándolo hasta Medio Oriente con el fin de que el protagonista localice a las cabezas de la mencionada organización para tratar de resolver su predicamento. Y hablando de inconsecuencias, tenemos al personaje Lawrence Fishburn, un autoproclamado Rey de un barrio neoyorquino a quien se le ha brindado una sosa subtrama sin chiste tan sólo por haber ayudado a Wick en la cinta previa.
Si este filme poseyera el ritmo y tónica argumental de un cómic, tendría más sentido, pero el director Chad Stahelski pretende que nos tomemos todo muy en serio y ni siquiera la aparición de un carismático adversario en la forma del veterano artemarcialista (que no actor) Mark Dacascos, quien pretende generar cierta empatía tanto con el público como con el protagonista mostrándose no tan vil y despiadado, no basta para que la dinámica se dimensione más allá de un intento burdo por presentar caricaturas disfrazadas de humanos. Pero eso es lo que define a esta producción, la cual de forma inversa a la frase en latín busca constantemente la guerra en términos narrativos para conducir a una supuesta paz, y eso jamás se concreta, en particular a la audiencia, quien recibe una suerte de “Rápidos y Furiosos” estilizado y con ciertas preocupaciones plásticas dejando, ahora sí, a la historia completamente de lado. No importa lo que pase, pues sabemos que John Wick sobrevivirá aun si las armas son varias, los enemigos veloces o el edificio es muy alto. Él siempre saldrá avante y eso, la verdad, harta. “John Wick 3” cree estar haciéndolo todo bien, pero sólo es el deslumbramiento por el éxito de las producciones anteriores y ni las mejores secuencias de acción jamás filmadas compensan el hecho de que estamos recibiendo guerra en lugar de paz. Para Bellum, efectivamente.

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