Juan Pablo Martínez Zúñiga

Vivir y morir (de mentiras) por el arte

Amado u odiado, hubo un punto en la historia donde nadie pudo ignorar a Jim Carrey. El comediante con prominente sobremordida y gesticulaciones frenéticas logró colarse a la cultura pop a principios de la década de los 90 gracias a ese detective de mascotas políticamente incorrecto y escatológico llamado Ace Ventura, consolidando su aprecio popular mediante una máscara de madera que aprisionaba al dios nórdico Loki pero transformando a su portador en una caricatura digna de Tex Avery. Considerado el heredero de Jerry Lewis por su dominio del espacio escénico a través del más aparatoso uso del slapstick e imprimiendo su propia marca en la memoria del espectador mediante su humor sacamuelas, Carrey logró mantener una carrera medida con cuantiosa taquilla que demostraba ser el comediante justo en el momento adecuado pero debilitada en cuanto a potencia creativa, pues fue gradual y evidente su desgaste ante un público que comenzaba a depreciar sus gesticulantes personajes, el secreto de su éxito. La prueba de sus alcances histriónicos llegó con “Truman Show: Historia de una Vida” (Weir, E.U., 1998), comedia agridulce sobre un hombre ignorante de que su existencia es moldeada frente a una audiencia televisiva. La cinta obtuvo tanto el reconocimiento de la crítica y la audiencia como la validación que Carrey tanto necesitaba/ deseaba para comenzar la muda de piel humorista y detonar la metamorfosis a un nivel más mesurado y prestigioso. Y entonces llegó “El Lunático” (1999), cinta que recreaba la voraginesca existencia del finado comediante Andy Kaufman, modelo actoral de Carrey debido a la improbabilidad y espontaneidad de su proceder tanto en el cruento mundo de los escenarios stand up, donde Kaufman al igual que muchos artistas, permitieron refinar sus habilidades y forjar tablas histriónicas, como en las subsecuentes participaciones televisivas donde sacaba de quicio a David Letterman en su programa de variedades nocturno o cinceló la figura de un extravagante y anodino inmigrante europeo llamado Laika en la recordada serie “Taxi” a finales de los 70’s y el alba de los 80’s. Kaufman voló alto hasta que el cáncer de pulmón lo sometió, pero dejó marca indeleble en el protagonista de “Mentiroso, Mentiroso”, quien desde niño lo admiraba y reverenciaba mediante cada contorsión facial que ejecutaba frente a la cámara en un acto de adoración y emulación a su ídolo.

“El Lunático” marcó un antes y un después en la carrera de Jim Carrey, pues la mimetización de éste en su papel de Kaufman permitió que al fin la crítica especializada lo viera como algo más que un multimillonario bufón pero la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood no logró eliminar el estigma que sus anteriores roles habían dejado en su estampa, por lo que le negó el codiciado Oscar sumergiendo a Carrey en un punto inflexivo de confusión y paulatina extinción. Hoy nadie clama por su regreso triunfal a la pantalla grande y las cintas en las que participa son contadas y esporádicas. Lo que esto significa para él y la génesis de este proceso se registra en el excelente documental “Jim & Andy”, una deconstrucción audiovisual sobre el proceso creativo y sus demonios desarrollada a través de las numerosas grabaciones registradas durante la filmación, mostrando tras bambalinas algo más que compromiso histriónico por parte de Carrey, pues utilizó su papel como conducto para la catarsis más peculiar, bizarra y fascinante en la historia del cine.

La cinta es dirigida por Chris Smith (“American Movie”) y producida por Spike Jonze, quienes tejen un relato que alterna la jocosidad con la desesperanza, el tormento de quienes buscan ser aceptados a costa de perderse a sí mismos y la necesidad de un actor cotizado por revalorar diversos aspectos de su existencia y su pasado sin que éstos no lo devoren, narrativa asistida por las palabras del mismo Carrey, quien se autohumaniza en actos de contrición oral mientras Smith y Jonze le sustraen notables trozos de sí para las cámaras. El documental no sólo revela los pormenores detrás de la extravagante conducta de un protagonista y su personaje, también define en términos estrictamente dramáticos al mismo Jim Carrey, revisando su carrera, analizando las decisiones correctas e incorrectas y desmitificando diversos rasgos de su estrafalaria personalidad, siendo la argamasa argumental esos valiosos atisbos al detrás de cámaras de la cinta dirigida por Milos Forman, quien por cierto jamás se exaspera ante la necesidad del actor de permanecer en la piel de su personaje durante todo el rodaje, viéndolo tal vez como un acto que favorece la calidad de su interpretación (no así su coestrella Danny DeVito, quien se muestra constantemente frustrado por lidiar tanto con un Andy Kaufman con cara de Dr. Cable como con el acto de revivirlo habiendo sido el mismo Kaufman quien le hizo ver su suerte en la mencionada serie televisiva).

“Jim & Andy” fascina no por el culto a la personalidad añeja de una otrora estrella de la comedia, sino porque retira delicadamente las capas que separan a estos inalcanzables ídolos fílmicos hasta llegar a su humano y melancólico centro. Un gran trabajo documental que amerita su revisión en Netflix, cinéfilo o no,  por encima de cualquier temporada de “Club de Cuervos” u otras banalidades en stream.

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