En 2003, Mario Vargas Llosa, en su famosa entrega “El velo islámico”, sentenciaba: el velo islámico debe ser prohibido en las escuelas públicas francesas en nombre de la libertad”. Nada más acertado para nuestro orden valorativo. Si bien, a simple vista cualquier mente en donde habite la libertad se pronunciaría a favor de defender el derecho elemental de que toda persona se vista como se le antoje y de que el Estado así se lo garantice, en el fondo y paradójicamente, en nuestro mundo de libertades, no se deben tolerar las expresiones que atenten contra ellas.

Francia, considerada como una de las capitales mundiales del pensamiento, tiene dos realidades, por un lado, es poseedora de pilares democráticos que han sostenido a su sociedad durante un buen tiempo, y por el otro, alberga un espacio multicultural donde personas de distinta raza, nacionalidad y religión, comparten terreno. Ante este escenario, cuando los principios democráticos existentes y las costumbres culturales que arriban, enfrentan una contraposición, para nosotros, son los primeros los que deben prevalecer para lograr la protección de los segundos en lo que se les deba proteger.

De este lado del planeta, que tiene o que anhela, un ambiente donde se respire la libertad, la tolerancia, el respeto y la igualdad, las distintas expresiones religiosas y culturales deben de profesarse y expresarse hasta donde resulten armónicas con el medio en el que se encuentran, en otras palabras, quedan totalmente subordinadas al orden público y por ende, entre muchas cosas, deben aguantar cuanta expresión de ellas se les haga. El interés general de preservar una nación con cimientos democráticos es mayor que el interés particular de un dogma de fe de que se le coloque un velo inmaculado que no le permita a nadie criticarlo.

Lo ocurrido en 2003 con el velo islámico y los horripilantes hechos en el caso Charlie Hebdo, son claros ejemplos de estos puntos de colisión y de comprensión del pluralismo y la libertad en donde debe prevalecer nuestro orden de valores por encima del suyo, no por arrogancia de suponer la superioridad y el carácter universal de nuestro mundo de libertades, sino simplemente porque los hechos se dieron dentro de él.

El inmenso odio que detonó en Said y Chérif Kouachi y en Haymd Murad, las caricaturas que ridiculizaban a Mahoma hechas por la revista Charlie Hebdo; la profunda humillación que seguramente sintieron al ver satirizado el sentido de su vida; y el profundo rencor generado por las risas de una sociedad frívola e irreverente, no justifican sus más de 30 disparos, porque tanto los dibujos como el atentado, fueron hechos en un orden social que permite a los primeros y que castiga a lo segundo.

Las respuestas a este indignante y cobarde acto en contra de uno de nuestros derechos concebidos y reconocidos no se han hecho esperar, cientos de miles de franceses abarrotaron, de manera silenciosa y levantando un lápiz con su mano, la emblemática Plaza Republique y demás arenas públicas; por su parte, los diarios europeos Le Monde, The Guardian, Süddeutsche Zeitung, La Stampa, Gazeta Wyborcza y El País, publicaron en conjunto una histórica editorial llamada “Seguiremos Publicando” en donde condenan los hechos, anticipan que no recularán en su labor tan importante dentro de las democracias de informar y generar opinión y rematan diciendo: “Seguiremos dando vida a los valores de libertad e independencia que son el fundamento de nuestra identidad y que todos compartimos.”

Mientras tanto, en Alemania, en la ciudad de Dresde, el movimiento alemán Pegida (acrónimo en su idioma de: “Patriotas europeos contra la islamización de Occidente”), tomaron las calles y acusaron de incompatibles de la democracia a cualquier persona que profese el Islam, según un estudio de la Fundación Bertelsmann, en aquel país, el 61% de sus nacionales piensan que el Islam no encaja en el mundo occidental y el 46% de los musulmanes que ahí residen, dijeron sentirse amenazados diariamente.

Igual de torpes son los yihadistas y los islamofóbicos, igual de triste es el odio de ellos hacia nosotros como el nuestro hacia ellos, igual de macabro es nuestro plan para eliminarlos como el suyo para hacernos daño.

¿Será difícil comprender que ellos son ellos y nosotros somos nosotros? Para Charb, Cabu, Tignous y Wolinski no lo era, para los hermanos Kouachi sí.

@licpepemacias

 

¡Participa con tu opinión!