Por J. Jesús López García

87. Jardín de ZaragozaSituado en un solar que tal vez hace mucho tiempo servía como límite citadino entre las huertas del centro de la ciudad –en progresivo proceso de urbanización– y los mesones del barrio de Guadalupe a los que se llegaba desde el sur o desde el norte por la actual Avenida 5 de mayo, el Jardín de Zaragoza es otro más de esos terrenos, que partiendo de una ocupación variable debido a la versatilidad de usos de una zona que recibe visitantes de manera continua, fue encontrando una vocación de un mayor significado y práctica urbana.

Los mesones conformaron en el sitio un lugar de intenso intercambio comercial y social, el Jardín de Zaragoza, al igual que la superficie que hoy ocupa el Mercado Juárez, fue un suelo donde se emplazó de manera cotidiana la compraventa de productos provenidos desde comunidades vecinas. Todavía en las inmediaciones del jardín, en hoteles circundantes, se hospedan por temporadas grupos de menonitas que de ahí parten a distintos puntos de la ciudad para vender su producción. Antaño, esas elaboraciones de visitantes foráneos, se expendían en espacios como el Jardín de Zaragoza y no de manera diseminada como hoy se hace.

Lo anterior otorgó a la zona el dinamismo que produce la concentración del contacto comunitario. Acompañando a esos procesos se presentaron otros fenómenos marginales como la prostitución, que se estableció de manera cercana al lugar reubicándose en los años sesenta del siglo XX fuera del primer anillo de circunvalación, en el sur, en un sitio colindante con la vía de ferrocarril, alejando de la demarcación problemas de alcoholismo y drogadicción. Veinte años antes –en los cuarenta–, se iniciaba la edificación del Templo votivo en honor al Sagrado Corazón de Jesús que fungiría como un paliativo a los múltiples problemas añejos de ese sector, aunado a la constitución del Jardín de Zaragoza, aprovechando que las acciones de mercado fueron finalmente ubicadas en los edificios que formalmente se construyeron para ese efecto tal como el Juárez, aumentando así, de manera importante, la superficie cubierta por vegetación que con seguridad y de manera natural ya existía.

El Jardín de Zaragoza es uno más de los espacios que exigió su lugar en los procesos urbanos de Aguascalientes, que hasta el siglo XIX y todavía a inicios del XX, desarrollaba en su eje oriente-poniente sus vías principales, aderezándolas con vergeles o zonas arboladas como se aprecia en la Alameda, en el Jardín de San Marcos o en los prados de la Plaza de Armas. Ya con las líneas del ferrocarril apuntando hacia la Ciudad de México y a los Estados Unidos de Norteamérica, el eje norte-sur adquirió preponderancia por lo que se conformaron gradualmente florestas para acompañar el ritmo urbano del transeúnte que se movería hacia estos puntos cardinales. El Jardín Carpio, el Jardín de la Estación y el Jardín de Zaragoza son muestra de esa nueva disposición metropolitana.

La configuración geométrica del Jardín de Zaragoza, un cuadrilátero más o menos regular, se complementó con andadores en una disposición radial tradicional que convergía al centro del conjunto. Además de las calles circundantes, sus fronteras sólo eran delimitadas por la masa verde de las frondas de los árboles. Actualmente se aprecia una arcada construida con parte de los elementos de piedra del extinto Mercado Terán. Sobreviven en las inmediaciones establecimientos comerciales tradicionales como los que venden hierbas medicinales u objetos dirigidos a la producción agropecuaria, sin faltar un conocido estanquillo en donde se expenden hielos raspados y otras especialidades.

Con todo y que desde hace ya varias décadas se han ido conformando más parques y jardines en la ciudad, algunos mucho más grandes que éste, el Jardín de Zaragoza sigue siendo una referencia urbana y social en Aguascalientes. Su ubicación nodal, sus actividades –su notoriedad contemporánea se debe a que el lugar fue elegido por varios músicos, especialmente mariachis, para ofrecer sus servicios– y su cercanía al corazón de la urbe, además de ser un espacio libre –en donde Aguascalientes muestra una importante densidad constructiva y un tráfico vehicular intenso–, le han conferido un reconocimiento urbano que le hace si no presente a toda la ciudad, al menos sí entrañable para una buena parte de su población.

Más que su contenido en materia de diversiones o la construcción de elementos arquitectónicos, el Jardín de Zaragoza ofrece interés con base en dos factores principales que hacen de un jardín público un buen lugar para el disfrute y la convivencia comunitaria: una ubicación que permita perspectivas espontáneas y árboles que provean una generosa sombra.

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