Jaime Enrique lópez Cuellar. Arquitecto

Por J. Jesús López García

El oficio del arquitecto inició durante el neolítico ante la emergencia de construir hogares para los nacientes núcleos poblacionales en proceso de sedentarización. Los procesos constructivos, artesanales y en inicio mimetizados con aquellos establecidos por pautas naturales de ocupación de espacios –las madrigueras, por ejemplo-, se fueron decantando, refinando e influyendo cada vez más las funciones de esos primitivos habitáculos humanos.

Ante la exquisitez creciente de los espacios construidos más especializados en sus actividades, la forma arquitectónica empezó igualmente a sofisticarse. Del simple utilitarismo las edificaciones fueron cargándose de significado, ganando en abstracción, referencias al lugar, a la comunidad y al entorno cultural. Esas edificaciones se habitaron de un modo que obedeció a circunstancias intelectuales más allá del funcionamiento más básico.

La forma arquitectónica a través del tiempo, ha sido útil para pulir los procesos constructivos, depurar la utilización de los materiales y para la ampliación del espectro de posibilidades en unos y en otros. De lo que concibió el abad Charles Laugier en el siglo XVIII como la «cabaña primitiva» constituida por cuatro apoyos y vigas de troncos sencillos, se llegó a la composición clásica de peristilo, arquitrabes y frontón de los templos griegos, a los arcos de medio punto romanos, a los ojivales y arcos botareles, o arbotantes del gótico, de la misma manera que la acumulación de roca y arcilla que son las montañas inspiraron en buena medida la configuración de las pirámides. Así como la naturaleza tiene sus pautas de «construcción» de lugares, naturalmente el hombre va estableciendo los suyos propios, primero con la imitación de la habitabilidad contextual, después, haciendo uso de sus propias herramientas intelectuales y experiencias.

A través de los diversos períodos la forma arquitectónica parece cargarse de significado al margen incluso de su empleo: Stonehenge, las pirámides de Egipto y las mesoamericanas también, sólo por citar unos pocos casos conocidos, ya no tienen la función bajo la cual fueron concebidos, sin embargo su significado, si bien ya no el original tampoco, sigue nutriéndose de interpretaciones y lecturas. Las formas arquitectónicas, por su parte, se sustraen de su contexto inmediato y parecen cobrar vida propia en un imaginario más amplio: en nuestro país y en casi en todo el mundo, los órdenes de la arquitectura helénica siguen presentes en edificios laicos y religiosos de diferentes tipos.

También ocurre con la forma arquitectónica que se sustrae de referencias históricas, y que plegándose a un ejercicio casi lúdico de construcción y de deconstrucción «inventa» modelos compositivos inéditos merced a las potencialidades constructivas de técnicas y materiales nuevos, como es el caso de los exponentes del High Tech o los deconstructivistas, corrientes actuales ambas, que sin embargo, deben mucho a toda clase de tendencias como el constructivismo ruso de inicios del siglo XX, los metabolistas japoneses de la segunda mitad del mismo siglo y sus contemporáneos británicos del brutalismo.

De una u otra manera, la tentación de crear formas nunca antes vistas fue una práctica alentada en la última parte del Renacimiento con el Manierismo, antecesor directo del estilo barroco. Sin embargo, paralelamente la novedad de las formas también proviene del ingenio constructivo a partir de materiales tradicionales, como los diseños del ingeniero uruguayo Eladio Dieste (1917-2000) y los edificios del arquitecto Carlos Mijares Bracho (1930-2015) en humilde ladrillo, aunque en éste caso la construcción bizantina de cúpulas sobre tambor de base cuadrada con trompas a manera de contrafuertes, es de una influencia crucial.

Lo inédito y lo tradicional en las formas entonces, se mezclan y arrojan resultados diferentes. La propuesta arquitectónica del edificio de oficinas que en algún tiempo se le conoció como «Maternidad La Purísima», -rara vez funcionó como tal-, es una clara muestra de las inquietudes plásticas de su autor, el arquitecto Jaime Enrique López Cuéllar (1942-2005) -aunque la cancelería actual haya apagado su primigenia chispa-, con losas que sobresalen   dislocadas en diferentes sentidos, creando una sensación de movimiento en la composición que en algo rememora a algunos edificios para entonces ya con su respectiva cuenta de años del arquitecto, urbanista y pintor español Miguel Fisac (1913-2006) la llamada «Pagoda», sede de los laboratorios Jorba –demolida en 1999- o en algunas obras del premio Pritzker en 1987, Kenzo Tange (1913-2005).

El edificio del arquitecto López Cuéllar en su momento causó cierta expectación y puso de manifiesto la inquietud compositiva de su diseñador la que se manifestó a lo largo de su vida profesional. Con cancelería de una u otra configuración, las losas del edificio y su disposición en aparente desplazamiento siguen siendo las protagonistas que tarde o temprano volverán a aflorar.

Son proyectos suyos: edificio de «La Comercial Mexicana» en Av. López Mateos en 1969, «La Rey Distribuidora» en Av. Madero esquina con Zaragoza en 1975, edificio comercial para refaccionaria en Primer Anillo de Circunvalación esquina con Av. López Mateos en 1976, «Balneario Ejidal» Valladolid, Jesús María en 1978, «Condominio Aguascalientes» en Av. López Mateos en 1978, y la «Iglesia de la Santa Cruz» en la Colonia Martínez Domínguez en 1984, entre otros.