Por J. Jesús López García

Durante el año de 1870, Chicago, con alrededor de 500 mil habitantes era ya una ciudad importante para el Medio Oeste de los Estados Unidos. La vocación agrícola de la región le hacía un centro de almacenamiento y distribución para la producción agropecuaria y estaba llena de establos. Un gran incendio iniciado tal vez en uno de éstos quemó la ciudad y la redujo a cenizas, sin embargo aprovechando la fuerte inmigración europea de ese momento, la región dio la bienvenida a los nuevos allegados y con ellos la ciudad recibió un poderoso segundo aire.

El fenómeno de repoblamiento fue tan fuerte que el suelo se encareció y dada esa circunstancia, la metrópoli tuvo que redefinir su vocación y su trazo a fin de regular mejor la oferta y demanda de solares. Fue tal la demanda precisamente que el aumento de los terrenos obligó a idear estrategias para invertir en el mercado inmobiliario, y una de esas tácticas consistió en repetir un nivel la mayor de las veces posibles -uno sobre de otro-, para potenciar más el éxito de la inversión.

Aprovechando la industria acerera de Pittsburgh y la entonces reciente invención del elevador –particularmente el primer uso público del ascensor- por parte de Elisha Graves Otis (1811-1861), la era de los rascacielos estaba por alzarse a las alturas. No por nada se conoce como “Escuela de Chicago” precisamente a los edificios y a los artífices que les hicieron posibles, surgidos de ése fenómeno, social, urbanístico, económico, técnico y estilístico.

A través de una intervención relativamente simple -la superposición de plantas, aunque en un rascacielos evidentemente es un ejercicio técnicamente muy complejo-, los edificios no solamente se vuelven potencialmente más rentables, sino que las ciudades ganan un objeto arquitectónico con una presencia social o comunitaria más fuerte.

La ciudad de Roma hacia el año 200 de nuestra Era, presentaba una edificación constante en sus partes más importantes, de una altura de 5 niveles; esto le daba ese aire majestuoso y diverso que le valían ser uno de los grandes centros poblacionales de su tiempo -tal vez el mayor-, con una densidad de construcciones acorde a su grado de cosmopolitismo.En oposición podemos observar esas grandes avenidas que en sus paramentos sólo se disponen construcciones bajas, locales comerciales pequeños que no son más que cajones con una entrada grande: son anónimos y olvidables, la ciudad en esos fragmentos urbanos se vuelve una masa sin personalidad propia.

No es indispensable lanzar a las alturas 4, 15 o más niveles. A veces basta con una planta más. En los años 40 del siglo pasado, don José María Quezada compró lo que había sido la bodega a pie de vía en Pabellón de Arteaga donde se concentraba el cemento para la construcción de la presa Plutarco Elías Calles -construcción que da inicio precisamente al uso extensivo del concreto armado en Aguascalientes-. Don José María solicitó al ingeniero Luis Ortega Douglas le construyese un nivel más encima; el resultado fue una construcción con aires del Art Déco pero cuya masa le otorgó una distinción diferente a la finca y al sitio. Pabellón aún no era un municipio autónomo, por lo que no tenía una sede para una presidencia municipal, pero desde uno de los balcones de ese edificio, que todavía existe, saludaron a los vecinos del lugar los presidentes Ruiz Cortines y López Mateos, pues ahí se fundó el Distrito de Riego No. 1 del país.

Hay un edificio en la avenida Prof. Enrique Olivares Santana esquina con la prolongación Diego Fernández Villa, en el fraccionamiento Bulevares en donde se aprecia que la planta baja de la finca era probablemente una finca preexistente –allí está una tienda de abarrotes-, mientras que en los dos niveles superiores el uso del edificio cambia, por lo que se deja ver en su diseño y perfil -apartamentos u oficinas-.

Es un inmueble sencillo y de buen diseño, amplias ventanas que dan al sur, enmarcadas por macizos que forman una trama ortogonal ordenada y simple: Con una sencilla operación, el mismo predio tiene una vocación de comercio, servicios y habitacional dando al sitio una dimensión urbana diferente. Si la avenida Olivares Santana repitiese ese patrón estamos seguros que el valor del suelo aumentaría, pero sobre todo, ofrecería a la ciudadanía un espacio urbano agradable, un paseo más amable para recorrerle con sosiego y una posibilidad de vivienda urbanísticamente más consciente. Ahora con la necesidad de re densificar la ciudad para no estirar tanto las ligas de la infraestructura pública, aquí está un buen ejemplo de lo que se puede seguir fomentando para un mejor segundo aire.

El ejemplo analizado lo descubrimos casualmente, llamando nuestra atención al ir transitando por la zona. Como vemos también, en la periferia de nuestra ciudad acalitana existen múltiples casos de buenos edificios, solamente es necesario que observemos con atención lo que la metrópoli en su conjunto nos ofrece y descubriremos que Aguascalientes es más que el Centro Histórico.