Por J. Jesús López García

Al renacer las ciudades en el mundo occidental tras un periplo de casi medio milenio tras la caída de la ciudad de Roma a manos de los invasores godos en el siglo V, tal cual aconteció con la fundación de la urbe imperial mil años antes al erigir un edificio -el templo dedicado a Júpiter Optimus Maximus-, los centros urbanos de la Baja Edad Media europea se empezaron a  configurar en torno a construcciones simbólicas de entre las cuales las catedrales góticas poseen un brillo especial: grandes obras que desde lejos podían divisarse como hitos geográficos y culturales a donde llegar, espacios de adoración y convergencia en asentamientos que iban consolidándose a medida que la preeminencia del edificio iba extendiéndose más allá de su circunscripción local.

Las obras monumentales han sido a lo largo de la historia de la Humanidad objetos que marcan no sólo un lugar e incluso una región, sino como en el caso romano y en tantos otros -como la Atenas arcaica con el Erecteón-, objetos que establecen un punto en el devenir de los tiempos. La “Roma eterna” era un concepto apuntalado por sus episodios históricos y metafóricos sobre todo por su arquitectura aunque mucha de ella no fuera más que un recuerdo borroso.

Como ejercicio mnemotécnico, los edificios son referencias comunes -al margen de lo que éstos pudiesen representar en términos artísticos, históricos o culturales- que por su masa, disposición y representatividad establecen una marca en el espacio y en el tiempo. De manera tradicional, aquello que pudiese ser más grande que el resto de su contexto, como en el caso de una montaña, un lago, un río o un edificio, era lo que establecía la referencia del sitio. Ese objeto en casi todas las ocasiones revestía un halo de misterio, misticismo o de peso simbólico para una comunidad, pero al irse estableciendo nuevas maneras de relacionarse una comunidad respecto a su centro de población, cada vez más pragmáticas, apegadas a lineamientos más técnicos que simbólicos, los edificios representativos fueron adquiriendo formas, usos y significados más diversos y heterogéneos.

En nuestra ciudad aguascalentense los centros laborales de fines del siglo XIX -los talleres del ferrocarril o las instalaciones de la Gran Fundición Central- fueron creando objetos que cien años después constituyen parte de los monumentos actuales -la palabra “monumento” viene del latín monumentum-, reconvertidos en espacios de acceso abierto -ya no laboral- para el ocio, el esparcimiento y la convivencia colectivos, a la par, ahora contamos con obras muy grandes que han ido sustituyendo a los edificios decimonónicos y de inicios del siglo XX dedicados al trabajo y de entre los cuales algunos tienen las características de forma y tamaño suficientes como para convertirse en los monumentos del futuro.

De entre éstos el conjunto del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) destaca por su planeada monumentalidad. Un edificio hierático a pesar de albergar oficinas, que se encierra en un gran patio central, realizado en concreto aparente, compuesto con un ritmo de macizos en talud que se alternan con paños de vidrio dispuestos como tableros intercalados. El edificio es obviamente una alusión a la arquitectura de tablero y talud de las grandes culturas mesoamericanas, pero en una clave totalmente contemporánea. Los accesos se disponen en considerables escalinatas y atrios. Este conjunto tiene importantes cualidades conceptuales y plásticas, si bien se ha hecho patente desde los inicios que los elementos verticales con vidrio representan un inconveniente a la habitabilidad de sus espacios internos; aún así, el INEGI es ya una pieza arquitectónica local de gran peso para la historia de la arquitectura aguascalentense del siglo XX y para la historia general de la entidad, pues en esa década de los 80 del siglo pasado, en parte debido al traslado del instituto desde la metrópoli de México a nuestra ciudad -por la descentralización puesta en marcha tras el terremoto de 1985-, Aguascalientes inició la etapa de crecimiento económico y expansión urbana que aún sigue experimentando.

Sobre la arquitectura comentada podemos mencionar que al margen de los cuestionamientos de confort del edificio, su presencia hubiese sido de mucho más impacto en una ubicación sin tantos inmuebles alrededor que por sus variopintos usos presentan escalas y proporciones dispares –restaurantes, casas habitación, locales comerciales pequeños, entre otros-, pero aún así, el inmueble sigue siendo imponente y no cabe duda que es un representante de peso para una monumentalidad contemporánea, ajena a los tintes religiosos y de las jerarquías de poder de antaño, pero fuertemente arraigada en el devenir histórico de una ciudad que en cien años pasó de ser una entidad agrícola de subsistencia a un importante nodo industrial y de servicios a escala regional.

La mayoría de nosotros estaremos de acuerdo que unos bloques de vidrio de tal magnitud imponen en un contexto en donde no es común se construyan conjuntos tan grandes y que el INEGI actualmente se yergue como una arquitectura que nos relata los hechos acontecidos en el México de los años ochenta.