Por J. Jesús López García

66. Palacio de JusticiaComo una de las experiencias humanas que mayor capacidad de representación tiene ante una comunidad, la arquitectura ha servido a lo largo de milenios para brindar un espacio de protección frente a la naturaleza a grupos colectivos que llevan a cabo tareas vitales, sean éstas de habitación o de trabajo; acompañando a los sistemas de estancia y labor están los templos, además de aquellos dedicados a la organización de la sociedad, al ocio comunitario asimismo estructuras con la finalidad de delimitar espacios sagrados, como tumbas o trazos para medir el paso del tiempo.

A todo este acervo, la arquitectura ha dado múltiples formas, y con ellas levantado edificios que además de establecer un ámbito construido para perdurar y trascender los límites del tiempo de la generación que los edificó, fue útil para entablar con su sociedad una relación donde aquella se viese representada.

Los grandes sepulcros faraónicos que fueron las pirámides egipcias, no únicamente servían para depositar al cuerpo del rey fallecido; su utilidad real era simbolizar la alianza de los dioses con los hombres a través de la mediación del difunto a quien por otra parte, se le consideraba aún vivo en otro estadio del ser.

Recorriendo la historia terrenal, con las ideas de la Ilustración y las maneras de significación a través de la arquitectura, sirvieron para representar el nuevo poder, ya no emanado de una figura real sino del abstracto “pueblo” organizado en una sociedad civil democrática e igualitaria.

Pero aún cuando esos calificativos no llegan a calzar de manera completa con la realidad, lo cierto es que la licitud de los sistemas sociales contemporáneos requiere aún la mediación, ya no del rey para acceder a los dioses, pero sí de la arquitectura para que el ejercicio del poder pueda llegar a su institucionalidad y con ella legitimarse.

Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos, ponía igual cuidado en su trabajo como arquitecto que el que otorgaba a su vida política, y es que como hombre de la Ilustración veía en la arquitectura un poderoso manifiesto de lo que la organización civil bien construida podía llegar a ser y hacer -como la carta de independencia de su país de la cual él mismo fue redactor-. De ahí que edificios de racionalidad neoclásica como el Capitolio de Richmond o la Universidad de Virginia, sirven aún hoy en día como representación del ideal político -el primero- y formativo -la segunda- de la nueva nación surgida por fallo de su pueblo.

Jefferson encontró en las formas clásicas del mundo grecolatino la racionalidad y pureza que quería para la organización de su patria. Si su país lo logró o ha conservado las cualidades es discutible, pero en el caso de sus edificios, siguen manteniendo la frescura de su ideal. La arquitectura es fiel a su tiempo y a su lugar. Puede reflejar la nobleza de un momento o las faltas de otro, lo grande o lo pequeño, así la arquitectura siempre proporcionará vestigios.

Por otra parte, los establecimientos de la sociedad tienden siempre a llegar a un ideal, y la claridad que se tenga de éste sirve enormemente para dotarle de un edificio digno de memoria -al margen de la eficiencia para satisfacer ese deseo-.

En Aguascalientes existen inmuebles institucionales dispares y de procedencias diversas. Adaptados del pasado virreinal y aprovechando majestuosidad y emplazamiento, los palacios de Gobierno y Municipal representan a la fecha la importancia del Poder Ejecutivo que dirigen al estado y a la capital del mismo; en el lado norte de la Plaza de Armas y por las mismas razones, se asentó en el Ex Hotel París el Poder Legislativo. En los tres casos la representación de la autoridad ha reutilizado buenos edificios que por sí solos habían trascendido su propia función inicial, aunque la alcaldía siempre fue sede del dominio que regía la ciudad de Aguascalientes.

En honor al presente, hay ejemplares arquitectónicos dignos de calidad de la representación de instituciones; tal vez en el momento de la edificación se idealizó el organismo, sin embargo queda la arquitectura como testimonio de ese ideal.

Obras como el del Palacio de Justicia -diseñado por los arquitectos Jorge Carlos Parga Ramírez y Jesús Martín Andrade Muñoz en 1979- que se encuentra ubicado en la esquina de las avenidas Héroe de Nacozari y Adolfo López Mateos, poseen el equilibrio y sobriedad de lo que se piensa debe ser la institución que alberga, en éste caso, al Poder Judicial del Estado. Este conjunto como algunos otros más, continúa la idea de que la arquitectura tiene la fuerza de reflejar las mejores intenciones que nuestra sociedad desea para sí misma.

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