Por J. Jesús López García

Los edificios son objetos artificiales que cumplen la función natural de dar refugio, cobijo y albergue a los seres humanos y demás criaturas -domésticas e invasoras- que le acompañan, si bien no todas ellas reciben el mismo trato y recibimiento amable. Por lo mismo cuando, en múltiples ocasiones, arquitectos y legos interesados en esta disciplina sacamos a colación la palabra carácter, no hacemos más que profundizar de manera importante aquella artificialidad, sin embargo, dado que el ser humano parece tener en su naturaleza, de manera paradójica, mucho de antinatural, aquellas propiedades artificiales de sus creaciones son por tanto factores de igual peso que aquellas alusivas a las características mecánicas y físicas que hacen que la construcción no contravenga la natural Ley de la Gravedad.

En ese sentido y en la manera de relacionarse de forma racional y artificial con su medio, el ser humano pone suma atención a lo que su obra representa pues ello es parte importante de la necesidad de «decir» algo.

La arquitectura además de guarecer a un grupo humano o a un individuo, posee la capacidad de significar «algo». Si el inmueble es pequeño, bajo y no posee una situación en su entorno preponderante, entonces ese edificio es casi seguramente doméstico o su ocupación no posee una connotación comunitaria importante; si por el contrario, es un volumen de mayores dimensiones, y su disposición se presenta de manera protagónica -como remate de una calle o de manera anexa a una plaza-, por lo tanto esa finca posee una significación colectiva mayor; por lo expuesto, el exceso en los edificios que hacen la masa en una ciudad, son percibidos como prismas de pretensiones risibles, no es casual que el «loco» vestido de Napoleón sea interpretado como un ejemplo de delirio de grandeza en películas y series de televisión.

Mas, una vez probada la valía de un edificio -por su vocación comunitaria, por su propensión a representar a una colectividad-, entonces se le plantea desde la sobriedad y contundencia compositiva: un palacio, museo, iglesia, teatro, entre otros, buscan distinguirse de su entorno por su perfil bien definido, su equilibrio y cierta tendencia a emular al monumento, aunque sea sólo por simetría. Así, los templos de la antigüedad o las obras parlamentarias del siglo XIX se plantearon como las estructuras dominantes de sus respectivos entornos.

En nuestra ciudad aguascalentense, particularmente en la calle Talamantes No. 410 se encuentra el edificio que hoy corresponde al uso y resguardo de religiosas ya que inicialmente la construcción estaba planeada para albergar una clínica moderna en los años cuarenta del siglo XX, de ahí que se encuentre retranqueado un poco para ampliar su perspectiva y darle más presencia, además de enfatizar su acceso a través de un volumen que se «adelanta» respecto del paramento regular del resto de la fachada, tratamiento dado a los edificios que debido a sus características de simbolismo y uso comunitario enfatizaban de ese modo el acceso para recibir a los usuarios. Ello puede verse lo mismo en la Gliptoteca de Munich de Leo von Klenze (1784-1864), en el Museo de Aguascalientes de Refugio Reyes Rivas (1862-1945) o en varios edificios públicos del arquitecto sueco Erik Gunnar Asplund (1885-1940)

En el edificio en comento se conservan sobrias líneas rectas y una composición de vano–macizo con base en un ritmo simple, recordando en algo la severidad del sueco Asplund y la racionalidad de Alvar Aalto (1898-1976). Sin detrimento alguno, no es que sea una obra maestra, sin embargo en ese momento -apenas cruzada la medianía del siglo XX-, no se veía un divorcio compositivo entre la tradición clasicista y el naciente canon moderno pues éste era realmente la consecuencia directa de aquella, sólo que con un espíritu, unas técnicas y unos materiales diferentes.

Elucubrando con lo que esa calle estaba llamada a ser,y que al final no fue, es evidente que los edificios predominantes en esa cuadra -la clínica que tampoco fue- y la escuela pública, ambas ejecutadas de manera sencilla, racional y dentro de la severidad casi clásica, eran propuestas para una calle de mayor realce urbano que el que ahora tiene; si no era ese caso, y si sólo fuese el azar  de tener dos edificios de esa naturaleza y carácter en una vía que en ese punto se ensancha, se poseen las características urbanas y arquitectónicas necesarias para establecer en esa avenida una ruta de mayor potencial de uso y significación.

Queda físicamente construida la promesa que ya no cristalizó en un edificio sobrio, de líneas sencillas y de carácter eminentemente institucional que no obstante el cambio en su destino y uso sigue siendo una finca de presencia colectiva. Sin duda alguna que los años cuarenta, cincuenta y sesenta del pasado siglo XX fueron fructíferos en cuanto a la arquitectura moderna se refiere, a grado tal que varios de los conjuntos levantados aún figuran en el perfil urbano de Aguascalientes de hoy en día, sólo basta que caminemos por las calles del Centro para identificarlos.

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