Por J. Jesús López García

Son múltiples las ocasiones en que, tanto personajes no formados academicamente como profesionales de la arquitectura, participan en la creación de ésta de manera contundente, como un ejemplo de esos personajes fue el emperador Adriano, uno de los más poderosos y generosos en la historia del imperio latino, gran estratega militar, estadista de enorme visión y además, empático con su pueblo, viendo por ello en la arquitectura un medio para establecer un vínculo con la diversidad cultural, lingüística y política de Roma a través de la culminación del Panteón iniciado por Agrippa pero definido por Adriano con su enorme cúpula monolítica -junto a la de San Pedro del Váticano y otra de la Catedral de Florencia, Santa María de la Flor, una de las más grandes del mundo-, hacia el primer siglo de nuestra era. Su concepción del mundo bajo una magnífica bóveda, significaba la protección de la gran Roma que acogía a todos los pueblos civilizados o en vías de serlo, por ello era un gran templo dedicado a todos los dioses del imperio. Inspirado por la cúpula de la Domus Aurea de Nerón, realizada por Céler y Severo, Adriano buscó a los arquitectos y a los medios materiales y humanos para esa gran obra en todos los lugares del mundo romano y así, de alguna manera se convirtió en su coautor.

Naturalmente ante la naturaleza, la visión, la sensibilidad y la inteligencia del personaje mencionado, los arquitectos a su servicio pasaron con sus nombres a un plano realmente oculto en la historia de la arquitectura, sin embargo, también hay casos donde generaciones anónimas de constructores se suceden, y en ese pasar, van estructurando una manera de hacer arquitectura que define poco a poco la personalidad de regiones enteras como los trulli o casas autóctonas rematadas en una forma cónica de la región de Apulia en Italia o las casas de patio central propias de las culturas mediterráneas.

Bernard Rudofsky (1905-1988) en su libro «Constructores prodigiosos» hace una alabanza de esa manera casi natural de hacer arquitectura con base en un empirismo compartido por generaciones en un sitio. Johan van Lengen por su parte en su «Manual del arquitecto descalzo», también comparte con el lector, así como con el posible arquitecto autodidacta, los rudimentos necesarios para crear una arquitectura sencilla, funcional y estable con principios básicos de estructura y composición -que no puede desligarse de la primera. Todo ello es parte de la producción de edificios en toda la historia de la humanidad que, descansando en masas anónimas, realmente cuenta con relativamente pocos autores reconocidos, aumentados en número del Renacimiento hasta la fecha.

La producción de arquitectura, buena o mala es, pues, una industria humana que se basa en el trabajo generacional para establecer -o descontinuar paradigmas-; la apropiación, la imitación, el mejoramiento, son factores siempre presentes. En ocasiones si ponemos atención, podemos distinguir edificios que casi seguramente no fueron concebidos por un arquitecto formado de manera técnica, o tal vez sí pero el arquitecto sólo dio algunas indicaciones. Sea como fuere, el edificio resultante presenta rasgos interesantes por hacer explícito el instinto arquitectónico. Si es producto de apreciar algo construido de manera directa, de una indicación o consejo, o solamente de la experimentación práctica, es lo de menos, lo que importa es que se puso en práctica. El resultado puede ser bueno, malo o regular pero ese instinto es indeleble.

Circulando por la calle Pantaleón Valtierra formando esquina con la 2ª Privada Pantaleón Valtierra en la colonia Primo Verdad, es posible observar una finca con una tienda en su esquina. Destaca una terraza amplia cercada por un antepecho con un aparejo de ladrillo dispuesto de manera triangular (como en la arquitectura tradicional del Istmo) y parte de sus muros muestran también un aparejo de ladrillo aparente dispuesto en franjas verticales y horizontales de sillares alternados. Con esas sencillas soluciones, el edificio, inacabado como parece, es un buen ejemplar de lo que el ánimo por experimentar con la construcción produce en arquitectura: algo que rompe con la homogeneidad circundante, espacios que si bien probablemente demasiado calientes en su temperatura ya que la cubierta es de lámina, lanzan la idea de que pueden mejorar en un futuro corto con la complementación de otros materiales respetando la disposición espacial. El edificio tiene en su azotea una atalaya con una vista privilegiada al Cerro del Muerto, por lo demás es difícil saber si el resto de la construcción es útil, funcional o si está bien iluminada y ventilada, pero lo que es seguro es que quien lo planteó comparte algo del gusto de miles de generaciones de crear un lugar propio y atender a su instinto de arquitecto.

Sin lugar a dudas el ejemplo que analizamos es uno de los múltiples que existen en nuestra ciudad aguascalentense, sólo se requiere que transitemos por sus calles y nos daremos cuenta del ingenio y de la creatividad que los «arquitectos autodidactas» son capaces de llevar a cabo: arquitectura sin arquitectos.