86. Jardín de CholulaAlgo sucedió con la apreciación de la naturaleza tras la Revolución Industrial. Aquello que se veía como perenne, constante en su presencia y ciclos de regeneración, el paisaje, de pronto se contempló como un ámbito sujeto a la explotación y progresivamente, a su muerte. Del sometimiento geométrico y cerrado de los aristocráticos jardines franceses del siglo XVII y XVIII a la paisajística inglesa de corte burgués, los jardines y parques del siglo XIX llevaron a nivel urbanístico algo que en la historia humana difícilmente fue vislumbrado hasta ese entonces: la preservación de la naturaleza.

Fuera de los vergeles herméticos con diseño y realización para disfrute de las viejas cortes, la naturaleza en materia urbana existía en el interior de los solares particulares como en el caso de las huertas en Aguascalientes, y de manera casi subsidiaria en los espacios públicos. Las ciudades anteriores a la Revolución Industrial eran además pequeñas y la naturaleza conservaba un espacio al que se podía acceder fácilmente con sólo alejarse del núcleo metropolitano.

Ciudades antiguas como Roma ponían énfasis urbano a los espacios públicos como foros, mercados, plazas, atrios, pero ellos no estaban ajardinados. La naturaleza era vista antes del siglo XVIII desde diversos ángulos conceptuales de acuerdo a las diferentes culturas y momentos históricos, la visión germana en tiempos de los hermanos Grimm veía en los bosques un sitio algo sórdido, como en la historia de Hansel y Gretel que los cuentistas alemanes retomaron de una vieja narración de hadas alemán que en español también se le conoce como Pedro y Margarita, producto de una perspectiva de origen medieval donde esos bosques estaban llenos de merodeadores y peligros como lobos y fríos intensos; ello contrasta con la mirada mediterránea manifiesta en el Decamerón de Giovanni Boccaccio que en el siglo XIV emplaza a sus personajes en una villa a las afueras de Florencia azotada por una epidemia de peste bubónica, como metáfora de un regreso a la Arcadia perdida de la Edad de Oro donde el hombre y la naturaleza convivirían de manera ideal creando con ello un ambiente bucólico ya descrito desde el siglo I a. C. por el poeta Virgilio en sus Bucólicas o Églogas.

Mas la industrialización que provocó de manera exponencial el abuso agrícola del campo y el crecimiento de las ciudades, así como el origen de recientes metrópolis, empezó a uniformar de manera global el aprecio por la naturaleza como algo más distante y peor aún, cada vez más amenazado. Iniciativas como el Central Park de Manhattan, en Nueva York, que en el siglo XIX Frederick Law Olmsted pudo cristalizar, difieren con planteamientos urbanos como la ciudad jardín del inglés Ebenezer Howard, en el sentido de que el planteamiento neoyorquino no pretendía una actividad productiva definida y el caso inglés era una propuesta encaminada a mejorar la producción agropecuaria. Con base en la ciudad jardín se propuso la planificación inicial de Pabellón de Arteaga, Aguascalientes, que tenía como propósito preservar un espacio para la naturaleza destinado al esparcimiento y el ocio ciudadanos. No es casual, poetas norteamericanos como Walt Whitman ya exaltaban en el siglo antepasado las bondades de la experiencia del contacto con la naturaleza.

Otras iniciativas urbanísticas como los grandes bulevares, que después de los planeados por Haussman en París destacando la Avenue des Champs-Élysées, proliferaron en todo el mundo como los ejemplares Paseo de la Reforma en la Ciudad de México o La Calzada Revolución en Aguascalientes, enfatizando la presencia arbórea en las urbes; mas los jardines y parques públicos fueron planteados no como espacios de tránsito –aunque su versatilidad lo permite de manera muy agradable– sino en forma de válvulas de escape y como destinos en que la urbanización recibe puntos de respiración vegetal, como presagio de la degradación de la vida comunitaria que se aparta de la naturaleza.

Transitando por las calles aguascalentenses podemos encontrar jardines conocidos que sirven como remansos al caminante, particularmente aquellos que no cuentan con rejas, cuya mayor contribución a la ciudad es la de propiciar el contacto social bajo un manto verde que se extraña cada vez más, favoreciendo una positiva regulación de la temperatura en la zona y abriendo la perspectiva a los paramentos vecinos. Jardines como el Rincón Gallardo frente al templo de San José, o el de Cholula al poniente del barrio de Guadalupe, ocupan espacios que tal vez quedaron en calidad de residuales ante el trazo contemporáneo de calles a diferencia de San Marcos que ocupa un espacio destinado expresamente para su constitución, pero ello no quita a los primeros su sabor y su contribución para dotar a sus respectivas zonas urbanas de una referencia social y espacial, y del mantener viva una preocupación comunitaria por preservar lo que aún nos queda de naturaleza al interior de la ciudad.

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