Luis Muñoz Fernández

En el último de enero de 1915, bajo el signo de Acuario, en un año de una gran guerra y a la sombra de unas montañas francesas de la frontera con España, vine al mundo. Libre por naturaleza, a imagen de Dios, fui sin embargo prisionero de mi propia violencia y mi propio egoísmo, a imagen del mundo al cual había venido. Ese mundo era el retrato del infierno, lleno de hombres como yo, amantes de Dios y no obstante aborreciéndolo; nacidos para amarle y viviendo en cambio con temor y desesperadas apetencias antagónicas.

 Thomas Merton. La montaña de los siete círculos, 1948.

A mis 57 años todavía abrigo ilusiones y esperanzas. A pesar de haber cometido (y seguir cometiendo) varios errores, a pesar de saber que el solo hecho de vivir erosiona los ideales y que todo está confabulado para que uno se deje arrastrar por la corriente y se dedique a figurar socialmente y a acrecentar su posesión de los bienes materiales que hoy están de moda (viajes, terrenos, casas, coches, empresas, etc.), todavía creo que lo que acaba de ocurrir el pasado domingo 1º de julio de 2018 puede ser el primer paso de algo distinto y benéfico para todos los mexicanos.

Desde luego que puedo estar totalmente equivocado. Incapaz de reconocer que nada de bueno puede suceder porque “las cosas son así” y que todo lo vigente está determinado a repetirse y profundizarse sin remedio. Puede ser, pero algo me dice que no todo tiene porqué ser así y seguir siéndolo por siempre. Es un anhelo que comparto con los míos (sobre todo con mi esposa e hijos), que nos mantiene unidos y trabajando para hacerlo realidad.

Si algo resulta hoy estorboso y despreciable es la imaginación, la capacidad de soñar, de acariciar una ilusión más allá de la riqueza y el poder. En estos tiempos es motivo de profunda desconfianza todo aquello que no se someta a la tiranía de los hechos comprobados, contantes y sonantes, de las realidades tangibles que pueden expresarse en cifras, de los datos duros. Así que mi percepción en torno a los hechos recientes es, desde el punto de vista hegemónico, la de un ingenuo.

Estoy dispuesto a correr el riesgo. A que se me agregue una etiqueta más: la de ingenuo, tonto, crédulo, cándido. ¿Qué puedo perder si no he logrado lo que los hombres de éxito de mi generación han buscado con insobornable afán y han conseguido desde hace ya mucho tiempo?

Para defender mi postura, si acaso tiene algo de defendible, necesito ayuda. Yo solo no puedo. Por eso me voy a apoyar en la mente y el corazón, mucho más capaces y poderosos que los míos, de un filósofo catalán. Josep Maria (en catalán se escribe sin acento en la i) Esquirol Calaf, profesor de la Universidad de Barcelona, cuyo campo de interés gira en torno al pensamiento político y la filosofía contemporánea. En su libro más reciente, La penúltima bondad. Ensayo sobre la vida humana (Acantilado, 2018), ahonda sobre la mirada atenta de la que ya había escrito, apela al sentido original de la ingenuidad (cuyo significado elemental es el que deseo para mí y acepto de los demás), recupera el valor de la gratuidad y nos ubica en las afueras, donde moramos la mayoría, lejos de paraísos utópicos y en donde reside la vida misma, porque es allí donde se desmiente aquello de que “hay lo que hay y eso es todo”:

… puesto que lo más humano se expresa decisivamente con la generación y, muy en especial, con la gratuidad de la generación llamada “generosidad” o “bondad” […]

La génesis se da sobre todo allí donde la vida personal late y circula con intensidad; allí donde la vida se siente; allí donde la vida se ilumina. La génesis se da aquí. Pero, paradójicamente, no es nada fácil acercarse a este aquí. Hacerlo constituye un programa entero de esfuerzo filosófico; un “método” filosófico, podríamos decir, literalmente, camino de la “ingenuidad”. Porque el significado elemental de la palabra “ingenuidad” es justo éste: “in-genuidad”, ‘cerca de la génesis’, ‘hacia el foco de la génesis’. Por eso se dice que los niños son “ingenuos”, porque todavía están cerca de la génesis como nacimiento. Entiéndase bien: no se trata de reivindicar una presumible mirada infantil, virgen, aún no adulterada, sino del afán por observar bien la base, el suelo, el fundamento. La ingenuidad reivindicada no coincide ni con la banalidad, ni con la pureza angelical. Mirada filosófica, mirada atenta y mirada ingenua devienen en sinónimos [las negritas son mías].

Con esa ingenuidad deseo pensar en lo que va a ocurrir a partir de ahora en México y con ella en la mirada quiero contemplar los acontecimientos del devenir nacional y hasta lo más insignificante de la vida cotiana. Seguramente habrá sorpresas, buenas y malas, pero estoy seguro de que no serán solamente malas.

Colmo del pesimismo y del despecho, como reacción a lo que una mayoría importante de mexicanos manifestó con su voto, es el plan que se está divulgando en las redes sociales. Explica lo acontecido como un plan diseñado con décadas de anticipación por una mente tan retorcida, ejerciendo un control tan absoluto de los actores políticos y los acontecimientos, que sólo puede corresponder a una ficción con tintes de paranoia conspirativa.

Habrá que ejercer lo que Esquirol denomina el respeto o la mirada atenta para descubrir lo que hay más allá de los hechos:

Hay mucha presión para reducirlo todo a simples hechos, y a datos. Pero la vida se resiste a tal reducción. En el fondo, cada persona es un acontecimiento inefable […] La cultura que todo lo reduce a hechos y a datos es una cultura miope y, por eso mismo, decadente. Porque conviene saber que la decadencia de una cultura no se debe tanto a la poca destreza para enfrentarse a la dificultad y los asuntos más abstrusos, como a su desconexión de lo sencillo. Cúmulos de complejidades artificiosas, pero alejamiento de lo simple y lo profundo.

De lo que podemos estar seguros y permanecer muy atentos es que si como ciudadanos no empezamos a actuar con un espíritu de cooperación, con la conciencia de que nuestro trabajo, no importa cuan modesto, es indispensable para el bienestar de todos, ningún líder, por hábil, honesto y providencial que sea, podrá reencauzar el rumbo de México. Tal como lo dice Thomas Merton:

Así que en lugar de amar lo que tú supones que es la paz, ama a los otros hombres y, sobre todo, ama a Dios. Y en lugar de odiar a quienes supones que provocan la guerra, odia los apetitos y el desorden que se enseñorean en tu propia alma, que son la verdadera causa de la guerra.

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