Por J. Jesús López García

La arquitectura es una disciplina generosa: quien está al frente de una edificación controlando desde el proceso de diseño, la planificación previa al ejecutarse y en el desarrollo de la construcción es llamado, sin más, «arquitecto», pues desde su significado de «primer constructor» se designa así a quien hace esas funciones. Dado que el mundo del diseño y de la construcción ha experimentado una enorme especialización exigida por las necesidades planteadas desde la Revolución Industrial, las disciplinas surgidas de ella tales como la ingeniería civil, el urbanismo, el diseño industrial entre otras, han ido insertándose en sus actividades y la arquitectura ha estado enriqueciéndose con las aportaciones de las diferentes profesiones que una a una y gradualmente, ha ido prohijando desde hace siglos.

Durante buena parte del siglo XIX, digamos de alrededor de la década de los años 40 hasta principios del siglo XX, los ingenieros profesionales después de detonar una revolución en la tarea de diseñar y construir puentes y caminos, comenzaron a incursionar en el diseño de estructuras que daban soporte a edificios de toda clase. En algunas ocasiones los mismos ingenieros no sólo definían la forma estructural de las propuestas sino que también establecían las líneas generales de las mismas.

La relación del arquitecto profesional -formado en escuela de estudios superiores, condición que comenzó con las ideas de la Ilustración, ya que anterior a ello se formaba en la construcción misma de obras- y del ingeniero civil fue adecuándose a lo largo del siglo antepasado. En ocasiones este perito lograba un reconocimiento como autor innegable de lo proyectado, tal como en el caso del ingeniero francés Gustave Eiffel (1832-1923) no obstante contar en su equipo con arquitectos -como Stephen Sauvestre (1847-1919)-, que también participaban en los procesos de diseño y construcción, en este caso particular de la torre que lleva el nombre del ilustre ingeniero, o la colaboración de otros creadores como Frédéric Auguste Bartholdi (1834-1904), escultor que diseñó la Estatua de la Libertad estructurada por Eiffel, que también contó con la participación en ese proyecto y en algunas soluciones constructivas del arquitecto Eugène Viollet-le-Duc (1814-1879). Como fuese, la hegemonía constructiva de los ingenieros tuvo en el siglo XIX uno de los puntos culminantes, pues fue su labor decisiva para trascender las costumbres pasadas e incursionar con materiales y procesos constructivos inéditos para definir la arquitectura moderna.

En nuestro país, el trabajo de los ingenieros fue saludado a fines de siglo XIX como un signo de actualidad. Lo porfiriano fue una etapa afín al positivismo de Auguste Comte (1798-1857), cuyo lema «Orden y Progreso» se ajustaba a la política modernizadora de Porfirio Díaz, y también a la precisión mecánica de la ingeniería civil.

Para la primera mitad del siglo XX, la arquitectura en el mundo comenzó a echar mano de las grandes soluciones técnicas que la ingeniería moderna fue planteando desde el siglo XVIII, sin embargo ya bajo el control de arquitectos, que vieron en ello la piedra angular de la nueva arquitectura para ese siglo de grandes transformaciones. El trabajo de ingenieros y arquitectos se fue consolidando como una colaboración, más que como una competencia disciplinaria.

En ocasiones, arquitectos formados como ingenieros civiles fueron quienes influyeron en la manera de concebir la nueva arquitectura, como el mexicano Luis Barragán (1902-1988). En ocasiones arquitectos preparados como tales propusieron soluciones ingenieriles destacadas, tal el caso del español nacionalizado mexicano, Félix Candela (1910-1997), quien durante la Guerra Civil Española sirvió en el Ejército Popular Republicano como Capitán de Ingenieros. Como se ve, al momento de hacer buenos edificios, se lleve el título de arquitecto o el de ingeniero, es lo de menos.

En Aguascalientes, durante la primera mitad del siglo XX, los arquitectos profesionales no se afincaron de manera permanente –salvo el arquitecto Francisco Aguayo Mora (1912-1995) quien residió en la ciudad aguascalentense a partir de los años cuarenta-, por lo que su obra, si bien rastreable, no tuvo el calado de la de maestros constructores como Refugio Reyes Rivas (1862-1943) y Sabino Anaya Pacheco (1909-1990), o la de ingenieros como Luis Ortega Douglas (1913-1980) -quien fue incluso gobernador-, o Salvador Leal Arellano (1918-2001), quien proyectó y levantó varias obras que presentan la modernidad arquitectónica de Aguascalientes, como en el caso del edificio en la esquina de la calle Guadalupe con la Plazuela Juárez conocido como «Bar La Chispa», originalmente cantina y billares. La finca data de 1953 encargándosela el Sr. Herculano Armas.

Los ingenieros mencionados y tantos otros más practicaron una construcción sencilla y sobria, pendiente de las corrientes y tendencias en materia de diseño de edificios que se estaban practicando de manera común en su momento; tal vez no se decantaron por las preferencias más atrevidas pues el gusto del público en su época propendía a ser más conservador. Fue hasta el regreso a la ciudad del arquitecto Francisco Aguayo Mora, en la mitad del siglo pasado, cuando las versiones más audaces del diseño de edificios empezaron a materializarse.