Profr. Flaviano Jiménez Jiménez

Se puede pensar que todas las maestras y todos los maestros están contentos por el hecho de que ya no se evaluarán; sin embargo, no es así. Una gran cantidad de maestras y maestros recuerda, con agrado, las evaluaciones pasadas y las añoran, entre otras, por las siguientes razones: muchos egresados de instituciones superiores (incluyendo a los de las Normales), que no habían tenido la oportunidad de ingresar al servicio educativo, al fin lograron su ingreso gracias a los exámenes de oposición; cumpliéndose, de esta forma, sus legítimas aspiraciones. Otros más que ya estaban en servicio, al presentar la evaluación del servicio profesional docente y por obtener buenos resultados tuvieron 35 % de incremento salarial; y los docentes de secundaria, adicionalmente, fueron beneficiados con más horas. Por ejemplo, si un maestro ya tenía tiempo laborando con 10 horas, por presentar examen y obtener buenos resultados, le incrementaron hasta 35 horas o más. El aumento en horas y el aumento salarial del 35 % mejoraron, de manera importante,  la vida de miles de maestros y de sus familias. Pero, además, con la evaluación no pocos docentes mejoraron su ubicación al ser cambiados a escuelas de su preferencia.

Pero, el mayor impacto positivo de las evaluaciones (así lo reconocen los propios maestros y los directivos) fue en la mejoría educativa que se  empezaba a observar en los alumnos. Las maestras y los maestros, con motivo de las evaluaciones, se reunían en círculos de estudio para actualizarse en  conocimientos de la especialidad, así como en temas técnico-pedagógicos. En esas reuniones, los docentes intercambiaban las mejores experiencias sobre planeación didáctica, secuencia  de actividades, estrategias, recursos de apoyo educativo y nuevas formas de evaluar a los alumnos. Además, ponían en la mesa de las discusiones aspectos en los que había dificultades para la enseñanza y entre todos los integrantes del círculo de estudio sugerían diversas técnicas y variados recursos para superar las dificultades planteadas. Estas reuniones, que se llevaban a cabo en horarios alternos o los sábados, no eran de una o dos veces, sino de varias semanas, a grado tal que ya se estaba haciendo una costumbre estudiar en colectivo por el bien de la educación. De esta forma, cuando se daban a conocer las convocatorias de las evaluaciones y se publicaban las guías, éstas eran analizadas y estudiadas grupalmente, lo que permitió obtener óptimos resultados tanto en los alumnos como en los docentes.

Y, a propósito, ¿en qué consistía la evaluación? Consistía en seleccionar un tema (que el docente mejor dominara) de la materia bajo su responsabilidad y del programa vigente; con el tema seleccionado, el docente planeaba su clase y la desarrollaba con los alumnos, adicionalmente, debería utilizar materiales y técnicas pertinentes al tema y, al final de la clase, debería evaluar los aprendizajes de los alumnos. De todo este proceso se tenían que enviar (digitalmente) las evidencias. En otras palabras, los docentes eran evaluados exactamente en lo que hacen todos los días, pero por el hecho de actualizarse y de ayudarse grupalmente en cuestiones pedagógicas, los resultados académicos empezaron a crecer en los alumnos, porque los docentes tuvieron importante mejoría en su práctica docente. Así lo demostraron las evaluaciones aplicadas.

En educación las cosas iban bien, pero se ordenó (políticamente) derogar la evaluación docente y ya se está observando el regreso a la simulación, a la inercia, al ahí se va, al peor es nada. Hoy los egresados de las instituciones superiores ingresarán al servicio si tienen influencias, los maestros en servicio ascenderán, incrementarán horas y se cambiarán a los centros de trabajo de su preferencia por parentesco o compadrazgo. ¿Y la calidad educativa? Pareciera que a la 4T no le interesa mucho la calidad educativa, sino tener aliados, clientes, para las votaciones.