Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Había una vez hace muchos años un pequeño país que era la puerta de entrada a Europa, durante siglos se había ingeniado para mantenerse unido no obstante la composición plural de su población. En su crisol se había forjado una raza resultante de la mezcla ahora indisoluble de migraciones celtas con los antiguos íberos, asiento de fenicios que encontraban después de una azarosa vida de comerciantes vagabundos un lugar para el descanso, receptáculo de oleadas sucesivas de godos con los prefijos mas variados, tierra de conquista para las legiones romanas que, como lo hacía la Vieja Loba, completaba la conquista con la cultura habiendo dejado bellas y variadas muestras de su ingenio, creatividad y organización, refugio de los moros que luego de haber sido rechazados en los Pirineos, permanecieron durante ocho largos siglos enriqueciendo con su civilización el mestizaje extraordinario que se iba gestando en el pequeño país.

Y sucedió que aquel pequeño país decidió ser un reino y tener como todo reino que se respete un rey, una reina, unos príncipes y princesas y una cohorte de zánganos y colmenas de obreras. Durante siglos mantuvo férreamente la fe católica en una amalgama con la corona que, para bien o para mal, lo dejó a la zaga del resto de Europa que vivía el renacimiento cuando nuestro pequeño reino defendía un feudalismo de varias naciones agrupadas por fuerza o conveniencia en el reino de España. Después de los Habsburgo que crecieron el mundo occidental en detrimento de las culturas americanas que sucumbieron al avasallamiento militar, religioso y civilizatorio, que dieron al mundo la herencia invaluable de los mas grandes pintores y la novela mas grandiosa de la historia, y que trajeron en el interior de su grandeza el germen de la esclerosis que finalmente los hizo sucumbir ante el renuevo de los Borbones que en un esfuerzo desesperado por mantener la hegemonía sobre sus colonias de América, aceleraron la desbandada con el apoyo indudable de la pérfida Albión y el catecismo de la Enciclopedia que sustituiría al de la Católica Romana.

Maltrecho y todo, reducido y endeudado, aquel extraordinario reino, crisol extraordinario también, de razas y culturas, siguió produciendo artistas y genios, se rehacía de la pérdida de las tierras conquistadas y renovaba su fuerza interior. El siglo XX le trajo una crisis mas, el mundo ardía, las revoluciones se sucedían, la primera Gran Guerra recomponía la geografía política y las corrientes renovadoras soplaron fuerte en la península. ¡La República! ¡La guerra civil! ¡El campo de ensaye de las armas de Hitler! ¡El triunfo oprobioso del Caudillo de España, por la gracia de Dios (así se autonombró si no es que el propio Dios lo designó), la sangría de sus intelectuales que transterrados tuvieron fructífera estadía en el nuevo mundo, principalmente México y luego, una larga dictadura de varias décadas en que el caudillo preparó a su delfín, una torcedura en la línea de sucesión y de Hugo Carlos pasó a Juan Carlos, ambos de Borbón. Muerto el caudillo que parecía inmorible, el republicanismo aletargado o sojuzgado dio muestras de vida, pero el joven rey Don Juan Carlos de Borbón sorteó el temporal con sagacidad e inteligencia.

El Rey se dio cuenta que una monarquía tradicional no tendría posibilidades de sobrevivir en pleno siglo XX y con el efecto pendular tras la dictadura del caudillo. Apoyado en la inteligencia y sensibilidad de Adolfo Suárez, recompuso a España en una monarquía constitucional. El pacto de la Moncloa tuvo el efecto aglutinante de unir los contrarios en lo que de común tenían y dejar las diferencias para mas adelante, luego de la reconstrucción de un país maltrecho y endeudado.

La fórmula de España no fue novedosa pero sí nueva en el país. De alguna manera la había anticipado el caudillo que había tenido como alfiles a diversos primeros ministros y si mucho me apuran, se había anticipado también con la figura de los regentes y los validos que administraban mientras el jefe del estado regía. En México con una añeja tradición presidencialista y de un presidencialismo particularmente inacotado cuesta trabajo entender la figura dual que rige en una gran mayoría de los países europeos. La clave está en que se distinguen dos figuras con características propias que, sin embargo, en nuestro país suelen ir conjuntadas de manera que no se aprecia diferencia. Por una parte el estado como figura política que comprende además del gobierno, el territorio y desde luego la población. El jefe de estado encarna la unión de los tres aspectos y constituye un lazo de unión, un elemento cohesivo que permite al país sobrevivir a las crisis. El gobierno puede zozobrar pero la unidad del estado permanece incólume por la función del jefe de estado. La fórmula es sencilla pero en la práctica puede revestir diversas modalidades. Desde la profundamente republicana como es el caso de la República Francesa con un presidente y un primer ministro hasta la de la tradicional Inglaterra con una monarquía desgastada que sin embargo permanece como lazo de unión no sólo para Inglaterra misma sino para toda la comunidad británica.

Don Juan Carlos hizo la tarea, mantuvo la unidad de España desde los tiempos azarosos del comienzo en que hubo de sortear la tentativa de un golpe de estado hasta los de la actualidad en que su afición a la cacería (incluso damas) puso en jaque su prestigio, ya de por sí minado por el desgaste natural de la función aderezado por los deslices financieros de su yerno. Pero como en el maravilloso relato del Diosero, se encuentra viejo, cansado y desgastado. España vive tiempos difíciles con un desempleo superior al 25%, con la amenaza separatista de la nación catalana que cree tener tamaños para crecer y multiplicarse separada de la matriz, con la crisis económica galopante bajo un obsecado Mariano Rajoy que parece haber desgastado todos sus argumentos, la apuesta del Rey puede ser una jugada maestra.

Don Felipe de Borbón príncipe de Asturias, próximo Felipe VI, asumirá la tarea nada fácil de unificar diversas tendencias, ideologías y grupos políticos buscando convencerles de que todavía en pleno siglo XXI la monarquía puede salvar a España de la fractura y pulverización como sucedió en la segunda parte del XX.

Joven, apuesto, con una sólida formación, con la disciplina del ejército y del deporte y con una esposa plebeya que ha podido asumir los retos de asimilarse a la aristocracia manteniendo cierto aire lozano de no sujeción estricta a las reglas de la nobleza.

La decisión no debe haber sido fácil. Renunciar a la investidura, a saberse jefe de estado y símbolo de unidad y de continuidad, dejar la parafernalia de encarnar un país con la tradición y riqueza cultural de España sólo se explica con la profunda convicción nacionalista que anima y ha animado al Rey durante sus años como jefe de estado. Los tiempos convulsos de la actualidad requieren un cambio que permita sortear las acechanzas y pueda mantener a España Una, Grande y Libre. Puede ser la jugada maestra que confirme la vocación republicana de un Rey.

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