Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Al terminar la preparatoria, Juan Carlos tomó la decisión de ser maestro de secundaria y, para ello, se inscribió en una institución superior en ciencias sociales. En su carrera fue de los alumnos más destacados; su idea era prepararse muy bien para cuando terminara sus estudios presentar examen de oposición y ganarse, por derecho propio, unas horas para laborar en alguna escuela secundaria de la Entidad.

Cuando el Instituto de Educación lanzó la pasada convocatoria a los aspirantes que desearan ingresar al servicio educativo mediante examen de oposición, Juan Carlos fue de los primeros en inscribirse  para ser examinado en Formación Cívica y Ética. Cuando en Julio se dieron a conocer los resultados de los exámenes, Juan Carlos quedó ubicado entre los cuatro mejores de la prelación. Acto seguido, él fue al Instituto de Educación para preguntar qué procedía después de darse a conocer la lista de los docentes seleccionados. “Esperar que se le llame por correo o por teléfono, si está en la prelación”, se le dijo.

En el mes de agosto, al iniciar el presente ciclo escolar, Juan Carlos se enteró que varios de la prelación ya habían recibido órdenes para trabajar en secundarias, pero él no fue requerido. Pensó que tal vez él no tendría la oportunidad de ser contratado. Varias veces fue al Instituto y la respuesta era la misma: “Espere a que se le llame”. En la última semana de Septiembre (pasado), Juan Carlos fue citado para presentarse al Departamento de Secundarias. De inmediato acudió al llamado. En el camino se preguntaba a sí mismo: ¿Será para darme horas?, ¿cuántas horas me darán?, ¿a dónde me mandarán?, ¿me tocará un turno matutino o vespertino? Al llegar al Departamento de Secundarias en el pasillo había  aproximadamente 60 docentes, de distintas especialidades, esperando ser llamados para entrar a la oficina de la Jefa del Departamento. Cuatro horas después, Juan Carlos pudo, al fin, entrar a la citada oficina. Entre un altero de papeles que estaban sobre el escritorio, la Jefa del Departamento buscó el nombramiento de Juan Carlos; cuando lo tuvo en sus manos, ella le dijo con tono de autoridad: “Maestro, se le otorgan 40 horas, a partir del primero de Octubre, para cubrir clases de Formación Cívica y Ética en la Escuela Secundaria General No. 34, de esta Ciudad, en el turno matutino. Si usted está de acuerdo, firme en la copia de este oficio”. El maestro no podía creer lo que había escuchado. Tomó el oficio en sus manos, lo leyó; comprobando que sí era cierto lo de 40 horas. Firmó de conformidad el nombramiento.

Juan Carlos llegó a la Escuela asignada a las 7.10 de la mañana; entregó las órdenes de adscripción a la Directora. Después de darle la  bienvenida al maestro, la Directora le entregó su horario de clases. Un prefecto le indicó los salones en que trabajaría. Durante el mes de octubre, el maestro estuvo atendiendo las clases de Formación Cívica y Ética en los segundos y terceros grados.

En la primera semana de Noviembre (cinco semanas atrás), el maestro Juan Carlos se presentó en la Dirección de la Escuela; le entregó un papel a la Directora, diciéndole:”Maestra, aquí está mi renuncia; no sirvo para ser maestro; no puedo controlar a los alumnos; platican demasiado y no me atienden. Renuncio porque no quiero perjudicar a los estudiantes”. La Directora se le quedó mirando; no podía creer lo que el maestro Juan Carlos le decía. Poco después, le dijo: “¡Maestro, lamento lo que le ha pasado en los grupos; respeto su decisión y lo felicito por su honestidad!”.

¿Cuántos más habrá que no pueden controlar los grupos, pero siguen dando clases?, sin disciplina, ¿estarán aprendiendo los alumnos? Lo anterior lleva a la pregunta de siempre: ¿El maestro nace o se hace?

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