Homenaje al Artesano Arq. José Luis Vargas Luévano

In Memoriam (1945-2018)

Por: Itzel Vargas Rodríguez

Hace unos días falleció un cachito de mi vida: mi papá. Y él era un maravilloso personaje con un increíble talento para jugar con las formas, cualquiera que se le pusiera enfrente. Comparto un texto hecho por su amigo M. Alejandro Sifuentes, quien con sus palabras, trata de hacer un poco de justicia a este genio del arte y siempre, orgulloso aguascalentense.

Esto me hace humano,
esto me hace sabio.
(José Luis Vargas Luévano, 1999, p. 9)

Yo no sé si José Luis Vargas Luévano era buen padre, tampoco si era buen hijo; supongo que sí, que era uno y lo otro. Mucho menos sé si fue un buen marido o un generoso hermano. Otras personas juzgarán estos asuntos.
Yo sólo puedo hablar del José Luis que conocí. Yo sólo puedo dar testimonio del arquitecto, del diseñador nato y del artesano; pero por sobre todas las cosas, de la persona con quien cultivé una profunda amistad, que tristemente iba en relación inversa a las ocasiones en que nos veíamos para charlar. En fin, yo sólo lo disfruté como el maravilloso ser humano que en esa desaliñada carcasa corporal había. Sencillo, humilde, extraordinariamente curioso y práctico, sin que le faltase reflexión –y profunda–. Así era José Luis, y así lo conocí cuando un buen día nos fue presentado como compañero de trabajo en una dependencia de gobierno allá por 1988, en donde, a falta de trabajo profesional, tuvo que aceptar un puesto mal remunerado y en donde unas soberanas aburridas intentando hacer lo que no le gustaba, aniquilaban al genio que hervía en su interior.
Sus manos de artífice, ésas que produjeron tantas y tantas piezas de bellos diseños y artesanía, apenas si lograban dar abasto a su desbordante ingenio… y luego, la enfermedad, el paralizante mal que atentaba contra su sed de experimentación con las formas. Sí, aún más exploraciones de las que ya había hecho.
El creador de la ludoplastia, término que devino concepto y que le permitió jugar con formas moldeables, plásticas, asentadas firmemente en la exploración geométrica de las superficies y los volúmenes, nos ha dejado para escudriñar los elementos que soportan tales formas: dondequiera que José Luis esté, sea en la Tierra, en el Aire, en el Fuego o en el Agua, seguro estará dando rienda suelta a sus manos para indagar la composición de la materia en cuanto forma, ensayando con las proporciones áurea, ad triangulum yad quadratum, indagando las propiedades geométricas de la vesica piscis, buscando en el punto, la línea, el plano y el volumen su razón de ser y de estar. ¿No es esto ser poeta de la forma?
José Luis Vargas Luévano ha muerto; falleció el pasado 25 de febrero de este 2018, y con él, Zacatecas, Aguascalientes, México, el mundo… han perdido a un ser extraordinario, que la parca nos arrebató antes del merecidísimo homenaje que en vida le quedamos a deber. Y no, no se rían, que es en serio. Sólo los que conocimos su enorme talento, completa y absolutamente desproporcionado respecto a los ingresos que a cuentagotas obtenía, padeciendo mil dificultades, podemos calibrar el genio incomprendido –y menos remunerado– de este hombre. Por lo demás, seguro que él ya nos estará mirando desde su limbo con el espíritu gozoso y benevolente de su gran sentido del humor. Seguro que ya se estará riendo…, pobres mortales, atados a las cosas y ávidos de intrascendencia.
En el campo profesional hay quien le escatimaba méritos. Si su arquitectura era o no “buena”, eso lo dirán los críticos más autorizados para juzgarlo: los habitadores, y no los críticos de arte o de la arquitectura. Lo que sí sé es que su sentido del humor, su desparpajo irreverente, lo armaba de la audacia suficiente –casi temeridad– para derribar convenciones preestablecidas. Su proverbial lance de disponer a Marx, Zapata y los zapatistas en los vitrales de la Parroquia del Buen Pastor en la ciudad de Aguascalientes, es fiel ejemplo de eso, pues en José Luis “otro mundo es posible”, en el que “hay lugar para todos”; la eternidad, creía él, no es coto privado de los católicos.
En ésta su mayor y más madura serie iconográfica, todo el discurso religioso se supedita a una visión macrocósmica científica que sin embargo no rehuye la narrativa bíblica, aunque, como Marx a Hegel, la pone de pie y no de cabeza.
Numerosas Tonantzin, su Ludoquín emblemático, su rana-kuaja, su catrina “pela dientes”, sus palomas barroca y “rangeliana”, su “vébora”, su luna Nana, su burrito pentápodo, su gallito inglés, su vaca nopalera, su madame Leché I y II, sus soles radiantes, su tecolote, su Menina, sus lámparas, sus cactus, su virgen de San Juan, sus esculturas de Cristos crucificados, sus inverosímiles inventos, sus nacimientos, muchos de ellos resueltos primero en madera y vidrio, y luego en cartón corrugado y en plástico de desecho, literalmente recogido de la basura, fueron resultado de un proceso ciertamente inducido por la falta de recursos económicos, pero al mismo tiempo consciente del enorme potencial y del mayúsculo compromiso que implicaba producir una artesanía ecológica, reciclada y reciclable. Testimonian todos ellos la “mente desbocada” de este hombre, en sus propias palabras (Vargas, 1999, p. 13).
Si me fuera pedido resumir en tres aspectos la principal contribución de José Luis a la sociedad y, si me apuran, a la Humanidad, serían éstos: a) su confianza en el contenido revolucionario de la creatividad; b) una comprometida actitud ecológica tras sus diseños, respetuosos a cuál más del ambiente; c) su compromiso con la educación artística de los niños al advertir el potencial pedagógico de la ludoplastia.
Sus diseños, sus piezas, su arte (en el sentido aristotélico de “técnica acompañada de razón”), sin duda constituyen un patrimonio cultural que debe ser sustraído del olvido. Propongo que la Casa de las Artesanías sea nombrada “Casa de las Artesanías José Luis Vargas Luévano”, y que resguarde y exhiba su obra, aunque sería más importante que, de acuerdo con su sueño, la ludoplastia fuera práctica común de niños y adultos, dado que, al trabajar con las formas, se aprenderían mejor las matemáticas, y el razonamiento matemático, visceralmente apropiado, es decir, cargado de placer a través del juego, llevaría a contar con individuos con el “gusto por preguntar, ver, experimentar, comparar, analizar, criticar, sopesar, concluir” (Vargas, 1999, p. 15), es decir, conduciría a una actitud innovadora, científica y tecnológica.
Decía José Luis que “no hay un ser humano que sea igual a otro”. Por lo que a mí toca, puedo corroborar con contundencia que el GRAN LUDOPLASTA era único, “en su obra y pensamiento”, como él mismo decía de los humanos en general (Vargas, 1999, p. I). Adiós entrañable amigo. Descansa en paz.

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