Luis Muñoz Fernández

Voy por la tarde en mi automóvil camino al laboratorio cuando, al dar la vuelta en una esquina, me topo con un grupo de hombres que parecen esperar el transporte que habrá de devolverlos a su hogar. De inmediato me llaman la atención sus caras: todas están cubiertas de polvo; en otras alcanzo a ver pequeñas costras de tierra que son más ostensibles en sus ropas. Algunos tienen la cabeza descubierta y el cabello terroso; otros la cubren con una cachucha, una capucha o un casco. Son obreros de la construcción.

Es natural. En las inmediaciones se está levantando un edificio de grandes proporciones que será la nueva sede de un hospital con una torre de consultorios médicos. Dos grúas muy altas desplazan su carga y, junto a ellas, en plena calle, de grandes camiones con revolvedoras de cemento salen unos gruesos tubos aparentemente articulados que vacían el hormigón en los castillos de madera con varillas de hierro que se elevan por encima de la obra como cabellos rebeldes y despeinados.

E imagino las manos de aquellos hombres. Las palmas cubiertas de callos, como las manos de mi padre y de mi abuelo, que era mecánicos de la industria textil. Y con un gesto automático, miro mis manos. Sus palmas lisas me avergüenzan. Y pienso en lo cómoda que ha sido mi vida, sin la fatiga profunda del trabajo de los obreros y campesinos, que caen rendidos por la noche sin ni siquiera tener fuerzas para soñar.

Entonces recuerdo que estoy en deuda con ellos. Que les debo esta vida buena que he tenido. Porque por cada ser humano que, como yo, vive así, hay miles, tal vez millones, a los que no les alcanza la noche para recuperarse. Mi vida se levanta sobre los cimientos de su cansancio. Son esas pieles cubiertas de sudor y polvo y esos huesos siempre fatigados el sostén de mi comodidad. Es el gesto hosco, de resignación y desesperanza que asoma en sus caras lo que permite que florezca una sonrisa en la mía.

Y aunque ellos no lo sepan y tal vez nunca lo sabrán, yo pienso con frecuencia en esto para que nunca se me olvide. Si mi mirada se cruza con la suya, con los ojos les doy las gracias y los saludo con respeto. Por ellos, yo soy.

Comentarios a: cartujo81@gmail.com