Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

En el año de 1900, el Siglo XX contemplaba su alumbramiento mediante un hermano menor llamado “Cine” que crecería de forma análoga a los acontecimientos que en ese joven milenio se producirían. La cinematografía como tal no sólo definió, moldeó e inspiró la identidad cultural y social del mundo, también supo evolucionar (y revolucionar) desde aquella etapa embrionaria de abundante curiosidad por su entorno a través de las denominadas “vistas” procreadas por los hermanos Lumiére en el diminuto cuarto oscuro que fue su aparato cinematógrafo hasta la industria apoteósica que supo vincularse simbióticamente con las Bellas Artes para transformarse en aquella que, a pesar de su confinamiento histórico en el 7º peldaño, supo incrustarse en el primero en cuanto a preferencia popular e influencia perceptual, intelectual y sensorial. El cine logró identificarse a sí mismo mediante su inagotable cauda narrativa e imágenes en movimiento que concibieron una gramática propia a la vez que formalizó su estructura social mediante regímenes, políticas y ordenanzas que, paradójicamente, conjugó una paradoja: el apareamiento del arte con la industria. Esta última estructuró la producción de filmes mediante diversos lineamientos que debían ser vistos como dogma en la intimidad de las organizaciones quienes las concibieron -los grandes estudios-, incluyendo aquel que fascinó a la audiencia por ser procurador de mitos modernos en una era carente de efigies populares y, a su vez, la causa de que aquellas estrellas de carne y hueso que fulguraban en las monocromáticas pantallas de los 20’s, 30’s y 40’s fueran dioses con pies de lodo: el “Star System”. Esto fue la herramienta más poderosa del Hollywood en su época dorada, pues consistía en presentar a sus actores y actrices como entidades inmaculadas provistas de elementos muy particulares contribuyendo a la forja de arquetipos específicos bajo rigurosos contratos que terminaron por sofocarlos, pues Clark Gable no podía ser nada menos que un galán de impoluta conducta pública mientras que Bette Davis debía mostrarse siempre como una diva so pena de ser vetada por su estudio. La naturaleza restrictiva de este Sistema de Estrellas dislocó la psicología de estas quimeras humanas que cautivaron la imaginación y fantasías de su audiencia, ya que sus manías o excentricidades privadas eran bloqueadas por el imponente aparato de relaciones públicas de los estudios. Esta era la cara oculta del glamour y fascinación ejercidas por estos astros del celuloide, un lado humano, demasiado humano del cine norteamericano que se susurraba y transmitía secretamente, pero jamás se develaba. Lo que verdaderamente ocurría contra la voluntad de los agentes de prensa lograba colarse al mundo y llegó a contrarrestar los relatos rosas y prefabricados de un Hollywood que, en su afán por permanecer perfecto y paradisíaco, gestó un círculo infernal en la mejor tradición de Dante.
Los actuales escándalos que asolan a la otrora Meca del Cine adquieren relevancia por la inmediación y oportunidad con que se abordan e irrumpen en el cotidiano masivo, cuando la población aprende que su indignación moral lleva apellidos precisos como Weinstein o Spacey, pero Hollywood como entidad cultural ha anidado esta faceta oscura mas no imperceptible desde siempre, cuando W.C. Fields realizaba sus estridentes bacanales que ocasionalmente terminaban en tragedias durante la década de los 20’s, la tensión homoerótica entre Cary Grant y Randolph Scott registrada cada vez que acudían juntos (tal vez demasiado) a encuentros de box o a piscinas públicas o la violación perpetrada por Mickey Rooney, el actor más taquillero en los 30’s, al futuro escritor y cineasta Kenneth Anger, quien encontraría una agridulce retribución mediante su libro “Hollywood Babilonia”, compendio de sórdidas y brutales anécdotas antes ocultas por el fulgor del oropel y los reflectores. Otras lograron llegar a los oídos del pópolo transformando en leyenda la amarillista anécdota, como la ignominiosa muerte de Marilyn Monroe ante el desdén de Bobby Kennedy quien se mostró reacio a auxiliarla en sus últimos momentos, o la predilección de Joan Crawford por efebos de doce años como catarsis por la furiosa educación doméstica que aplicaba a punta de ganchos para ropa a sus hijos adoptivos. Historias que año tras año se multiplicaban siendo consumidas con fruición por un mundo que se fascinaba por ellas a la vez que manifestaba hipócrita desdén. Tal es la faz de una doble moral que actualmente acredita su fagocitación por lo perverso mediante la validez comunal que se hace pasar por entretenimiento, como si la decadencia ajena fuera bálsamo sociocultural, pues siempre se puede ser o estar peor.
El señalamiento mediante dedos envueltos en llamas morales a hechos deleznables comienza a adquirir facetas algo desproporcionadas. Mientras antaño quienes consumaban actos detestables solo quedaban en manos de sí mismos, del público y ocasionalmente de la ley, ahora las ondas de choque se propagan al mismo proceso creativo del que participan, pues el veto ya no se limita como en el viejo Hollywood a la penalización por parte de estudios, ahora la carrera misma de los involucrados se ve comprometida: Si Polanski o Chaplin a pesar de sus indiscreciones lograron trabajar en calidad de exiliados, las nuevas celebridades criminales en la era de la corrección política paroxista ven extintas sus oportunidades laborales como una severa reprimenda a sus abominaciones. Más en la sentencia comienzan a involucrarse componentes secundarios y terciarios que incluyen el sacrificio de producciones estelarizadas o producidas por los señalados cancelando a su vez la generación de cientos de empleos, o un posible germen de sanciones deontológicas que culminen en cacerías de índole moral donde nadie podrá ser inocente, aún si la falta es menor. La conciencia colectiva y correctiva puede adquirir matices más riesgosos que lo que pretende corregir.
Lo imputable a quienes actualmente saturan los tabloides y espacios informativos frívolos es inenarrable, y si existen procesos conforme a la legalidad que equilibren la balanza para otorgarles un castigo equitativo sería lo deseado. Pero ahora son muchas las especulaciones, los responsables y las admoniciones dispersas las que han tomado el control en el proceso de lo que antes eran decisiones de creativos. La forma de hacer cine comienza a verse afectada por esto y si un cineasta de trayectoria relevante como Ridley Scott es capaz de reemplazar la presencia de un estelar en su más reciente filme con otro a un mes del estreno de la cinta para evitar cualquier encono del público o matiz escandaloso, entonces todo vale. Ya veremos a donde conduce este nuevo capítulo de la Sodoma llamada Hollywood.
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