Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Toda comparación es odiosa y en el caso de cualquier película que adapte su narrativa de otro medio o se trate de una nueva versión, ésta debería ser valorada por sus propias virtudes y defectos sin necesidad de colocarla en una balanza de confrontación, pero en el caso de esta nueva iteración de “Hellboy” , apreciado personaje de los cómics creado por Mike Mignola a inicios de los 90’s solo nos hace apreciar aún más las versiones realizadas por Guillermo del Toro hace algunos años debido a lo abismal de una narrativa insólitamente inepta que posee este intento por reactivar la franquicia ahora de la mano de Neil Marshall, eficaz director inglés a quien le debemos tanto un clásico moderno del cine de horror en la forma de la claustrofóbica y estrogénicamenteholocáustica cinta “El Descenso” como varios episodios de la aclamada serie “Game Of Thrones” pero que nada puede hacer ante uno de los guiones más dispersos y amateurs que hayamos visto en mucho tiempo, lo que ya es decir en una época que ha visto productos de factura argumental nauseabunda como “Novio de Rancho”, “Mirreyes vs. Godínez” y “No Manches Frida 2”, las cuales lucen como los libretos perdidos de Orson Welles en comparación con esta bazofia de niñerías posmodernas sobrecargadas de insulso gore digital.
El actor David Harbour (“StrangerThings”) es el encargado de suplir a Ron Perlman como el engendro demoníaco colorado que trabaja para una agencia de investigación y prevención de lo paranormal comandado por su padre postizo, el profesor Bruttenholm (IanMcShane). Sus aventuras se traducen en una serie de viñetas, pues la película carece de una cohesión narrativa que le dote de coherencia a la trama, por lo que anárquicamente iniciamos en el medioevo cuando una malvada bruja (Milla Jovovich) es aniquilada por el mismísimo Rey Arturo (sí, ese Rey Arturo como anodinamente subraya una sosa voz en off) no sin antes proferir una ominosa maldición. Después, nos vemos obligados a darle seguimiento al protagonista en sus múltiples andanzas separadas tan solo por cortes directos: Hellboy en Tijuana enfrentándose en un cuadrilátero de lucha libre a un gran amigo que resulta ser vampiro hasta asesinarlo sin razón alguna. Corte. Hellboy enfrentándose a gigantes. Corte. Hellboy enfrentándose a la mítica Baba Yaga en su cabaña con patas de pollo. Corte. Hellboy trabajando y estrechando lazos afectivos con una mujer capaz de canalizar espíritus y un hombre que se transforma en animal. Corte. Hellboy enfrentándose a la Reina Sangrienta. Corte. Créditos. Todo es tan episódico que parece un compilado en novela gráfica de algunos números del cómic pero hilados a la carrera sin genuina línea argumental que unifique adecuadamente todo el proceso. Es posible apreciar el esfuerzo de Marshall porque todo luzca adecuadamente y varios (no todos ) de los efectos especiales lucen convincentes, así como una rica puesta en escena que busca darle identidad a cada secuencia (en particular las tomas con Baba Yaga, tal vez el momento más efectivo de la cinta), pero todo se disuelve ante un rompecabezas hecho película que no tiene el más mínimo interés por brindar algo genuinamente interesante o retador al espectador, confundiendo madurez con hemoglobina gratuita salpicando a chorros la pantalla o lenguaje soez que en lugar de darle matices adultos parecen los disparates de un púber que aprendió sus primeras groserías y ya le anda por decirlas en voz alta. Si añadimos
Ni el trabajo decente de Harbour como Hellboy ni la correcta dirección de Marshall logran sacar de los abismos infernales a esta cinta que hace todo lo que puede por hundirse en el averno. Sólo puedo imaginarme a Guillermo del Toro bebiendo una margarita en alguna playa californiana preguntándose a sí mismo “¿Ya me extrañan?”. Un servidor sí.

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