José Luis Gómez Serrano

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De Han Feizi conocemos poco, solamente noticias llegadas por boca de sus enemigos o de los que no lo comprendieron: que nació noble en la provincia de Han, que disfrutó de todos los dones de la elocuencia, excepto el del habla; que su mente lúcida vio con claridad el destino oprobioso de su país, Han; que fue enviado a negociar con un rey agresivo una suerte más benévola para Han y que no lo consiguió; que quien se encargó de esto fue un antiguo compañero de estudios, y por su propia mano le sirvió el veneno que terminó con su vida; que, puesto que había abogado por métodos crueles y drásticos para gobernar, no pudo llamarse mártir. Quedan unos cuantos de sus escritos, que se convirtieron en el fundamento de la escuela legalista china; estas notas tienen por propósito aclarar al personaje y dejar una huella de lo que dijo.

El país de Han era una pequeña región rodeada por países más grandes, poderosos y agresivos; eran los últimos años de la época de los Reinos Combatientes, el siglo III antes de Cristo. Las regiones alrededor de Beijing habían aumentado su población y ya no era el comercio entre provincias lejanas lo que las regía, sino los roces de quienes se han convertido en vecinos y codician la tierra ajena. Han era pequeño, pacífico y gozaba fama de albergar grandes poetas y pensadores; al Este estaba Lu, donde nació Confucio; casi rodeando a Han se encontraba la provincia de Qin, crecida apoderándose de territorios, poblada por bárbaros y gobernada por una estirpe guerrera que difícilmente podía entonar el idioma y no distinguía flauta y tambor.

Han Fei sufrió el triple infortunio de nacer noble en familia empobrecida, en país cultivado pero débil, y de ser más capaz que cualquiera de los que conoció. Desde joven decidió estudiar a los clásicos, su maestro fue Xunzi y juntos abjuraron de Confucio el optimista, de Confucio el que escribió para hombres que no son de este mundo, de Confucio el ingenuo quien pensaba que la buena educación era suficiente para tener un país de hombres nobles. El ingenio y el pincel de Han Fei superaron a su maestro y humillaron a los compañeros de estudios; uno de ellos, Li Si, albergó un rencor que germinó en tiempo oportuno.

Han Fei precedió a Maquiavelo en el consejo al príncipe. Habló de hacer uso “de compañeros de cama”, refiriéndose con claridad de cristal a mujeres hermosas o bellos mancebos, cualquiera es candidato a llevar un mensaje del príncipe o a realizar una pequeña labor. En un lugar inferior al de los compañeros de cama, Han Fei menciona a los asistentes, “aquellos que están prestos a decir ‘¡sí, sí!’ aún antes de dar la orden, o los que responden ‘mi Señor, así lo haré’ desde antes de señalar el objetivo”. Se adelantó algunos milenios al pensamiento moderno de que convencer a otros no es cuestión de tener la razón o poseer autoridad, sino de conocer a quien se quiere convencer, enumerar sus virtudes y debilidades, y hacerle ver que lo que uno propone halaga unas y disimula otros; cínico y amoral en el arte de gobernar, considera que “virtud” y “defecto” son nombres accidentales a características que poseen los individuos, en donde no es materia de gobierno discutir si son buenas o malas, puesto que el individuo ya las tiene.

No le fue fácil hacer amigos, porque pensaba mejor, les adivinaba el pensamiento y superaba cualquier idea que tuvieran; sus argumentos eran claros como el agua y contundentes como el acero. Quizá su destino hubiera sido mundano, de no ser tartamudo, dotado de una elocuencia de la palabra que nunca pudo pronunciar con sus propias palabras. En frustración, decidió retirarse a escribir; la época lo perdió para las hazañas del aquí y el ahora, todos los que vivieron después vemos, escrita, la claridad de su pensamiento.

(Continuará)

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