Juan Pablo Martínez Zúñiga

“Es nuestra costumbre

consumir a quien amamos,

carne tabú: devorada,

genitales, pezones,

el escroto, la vulva,

las suelas de los pies,

las palmas de la mano,

corazón e hígado saben mejor,

canibalismo bendito…” – Gloria E. Anzaldúa, poeta chicana (“Borderlands/La Frontera”).

No sólo de pan vive el hombre. El escritor satírico irlandés Jonathan Swift, proclamaba con mala leche en sus textos que una alternativa para la condición famélica era engullir niños, tanto como delicadeza gourmet que saciara el apetito o como una alternativa para la sobrepoblación. Lo cierto es que no se puede permanecer indiferente a la realidad cárnica que nos rodea, ya sea mediante su adoración a través del diario al glorificarla como medida corporal para el ego camuflada de belleza o cual objeto del deseo sensorial cuyo consumo nos eleva a un paraíso del placer personal de glotonería onanista. Pero es en las fantasías que confecciona el cine donde la ingesta de la morfología humana se torna literal para desatar la máxima pesadilla antropocéntrica: personas alimentándose de personas, la antítesis de los fundamentos procreadores y probablemente uno de los puntos focales de los horrores primigenios. El polímata Jean-Jacques Rousseau sugería a las masas empobrecidas que se comieran a los ricos para solucionar su problema alimenticio, pero en varios filmes la experiencia se democratiza al punto que cualquier individuo es vianda bípeda para comensales en frenesí. A continuación, algunas de las cintas que mejor (o peor, según se perciba) abordan el tema, sin orden específico, tan sólo para leerse y abrir boca:

 “HOLOCAUSTO CANÍBAL” (1980) – Entendida como el punto álcido de la explotación fílmica y presentada con algunos de los horrores más viscerales jamás puestos frente a una cámara, esta obra del italiano Ruggero Deodato permanece en los anales del aborrecimiento intelectual por su descarada presentación de la antropofagia, recurriendo a una imaginería brutal y (literalmente) descarnada pero no despojada de cierto nivel de propuesta que lograría colarse en la sensibilidad creadora de futuros directores. Para comenzar, se trata de un falso documental, casi veinte años antes de que “La Bruja de Blair” popularizara el recurso, donde un equipo de filmación se introduce en la zona más recóndita de la selva amazónica para filmar a una tribu aún virgen de civilidad. Mas su intrusión será pagada con carne propia al ser cazados y devorados por los aborígenes. Los convincentes maquillajes y algunas escenas que bordean el snuff más truculento (las muertes de animales son auténticas, lo que despertó la ira de sus defensores), hicieron de esta película todo un espectáculo el año de su estreno, transformándose en una sensación amarillista que repercutió en una serie casi interminable de imitadoras provenientes de diversas partes del mundo hasta la fecha. No apta para estómagos delicados.

 “VORAZ” (1999) – Inspirada en la infame Expedición Donner, la cineasta inglesa Antonia Bird realiza un intenso thriller de época donde una cuadrilla de soldados del siglo XIX queda varada en un fuerte cercano a la frontera México-E.U. donde deberán sobrevivir a los embates de un caníbal que logra fortalecerse con cada hombre que zampa. La fotografía y puesta en escena son excelentes y las actuaciones de Guy Pearce como el capitán que le hace frente al tragaldabas Robert Carlyle son formidables. La sangre que se derrama en un ambiente bucólico a la vez que inhóspito produce un grado de evocación propio de la era a la vez que plásticamente luce. Uno de los relatos caníbales más interesante que se haya filmado.

 “EL SILENCIO DE LOS INOCENTES” (1991) – La magistral obra del director Jonathan Demme que validó ante la cultura popular la idea de que un antropófago puede salirse con la suya en cuanto al gusto popular si éste es un erudito que balancea el almorzar un hígado humano con fabada y un buen Chianti. Por supuesto, todo se debe a la milimétrica interpretación de Anthony Hopkins como el ahora inmortal Hannibal “El Caníbal” Lecter, quien mesuró los detalles extravagantes en la personalidad de su papel para destilarlos mediante miradas intensas, desciframientos psicológicos y voz hipno-monocorde. No es de extrañar que Jodie Foster casi se sirviera a sí misma en bandeja de plata para deleite del buen doctor.

 “VORAZ” (2016) – Si existe un país que ha hecho del gusto culinario un arte es Francia, y aquí es también donde encontramos algunas de las muestras más exquisitas (narrativa y plásticamente hablando, desde luego) sobre canibalismo fílmico. Esta producción, causal de desmayos y vómitos en las impolutas salas de exhibición del Festival de Cannes, aborda el consumo de congéneres más como un elemento simbólico que a modo literal, pero la fuerza que imprime la cineasta Julia Ducournau a las imágenes sin temor o recelo a la hemoglobina, fuerzan a más de uno a desviar la mirada de este relato sobre una jovencita (la convincente Garance Maniller) que sucumbe gradualmente a la antropofagia después de una novatada al ingresar a la carrera de Veterinaria, funcionando más como alegoría sobre la transformación que en su cuerpo produce el desbalance hormonal y la menstruación que como un collage de salvajadas degustativas a la Deodato. En este tenor, existe otra producción también gala titulada “Dentro de la Piel” (Marina De Van, 2002) donde ocurre un fenómeno similar, pero delimitándolo a la protagonista (la misma De Van), quien va consumiendo capas de su propia piel hasta digerir miembros completos de su anatomía. No cabe duda de que los franceses decodifican intelectualmente lo que en manos habituales es mero impacto visual y visceral. ¡Bon appetit!

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