RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

A medida que transcurre el sexenio de Andrés Manuel López Obrador se va cumpliendo la profecía que vaticiné a mi señora cuando ganó el tabasqueño la elección constitucional: “En dos años la población estará decepcionada y arrepentida de haber votado por él”. Y no es que un servidor sea pitoniso o algo por el estilo, no, lo que sucede es que a López Obrador lo había venido siguiendo durante sus tres campañas políticas en que buscaba con denuedo la presidencia de la República y para ello prometía el oro y el moro. La tercera campaña fue la vencida, y para ello se avivó y se fue a fondo prometiendo un sinfín de cosas que despertaron la ambición de la inmensa mayoría electoral, como lo sería el hecho de dar becas y ayuda económica a un gran segmento de la población, a pobres y no tan pobres. Siendo más notable, y criticable, la entrega de dinero a los llamados ninis, los que ni fu ni fa, que ni estudian ni trabajan. Aunado a lo anterior, Andrés Manuel desarrolló una campaña electoral muy agresiva. Se lanzó con todo contra sus contrincantes políticos, como pudimos ver en los debates en donde más que debates políticos de altura fueron un símil de pleitos de comadres. López Obrador eludió temas e incluso acusaciones de manera desenfadada, pues a los debates que acudió sabía que iba muy adelantado respecto a sus contrincantes y por ello no tenía caso evidenciarse tratando temas en los que era un neófito y cuando se sentía acorralado se salía por la tangente haciéndose el gracioso y no se adentraba en verdaderos debates de altura que dieran como resultado una certeza a los electores de su capacidad política e intelectual. De esa manera pudo salir avante sin haber debatido con clase ante dos adversarios con una inmensa superioridad intelectual como lo eran Ricardo Anaya Cortes y José Antonio Meade Kuribreña. De Jaime Rodríguez Calderón “El Bronco” hay poco que hablar, es un político al estilo de AMLO, populista, pero en menor grado.

Lo que sucedió después es conocido por todos. López Obrador ganó muy ampliamente la elección. No hubo sorpresa alguna, la avalancha de votos a favor del tabasqueño se veía venir desde meses antes y así sucedió. Y ante el terrible miedo que le dio a Peña Nieto el triunfo del “Peje” y sus posibles consecuencias en contra de él y de algunos integrantes de su gabinete, por sus conocidos actos de corrupción, se puede decir que el 2 de julio, un día después de la elección, López Obrador comenzó a gobernar. Y cómo no, si su triunfo electoral fue de 30 millones 113 mil 483 votos, lo que equivalía al 53.19 % de los votos totales. Su más cercano perseguidor fue Ricardo Anaya con 12 millones 610 mil 120 votos, o sea el 22.27 % de los sufragios. Y aunado a su triunfo electoral, MORENA iba a tener unidos a sus aliados políticos, la mayoría en las cámaras. Por ello, López Obrador más que presidente se sentía emperador, pues podría hacer y deshacer a su libre albedrío, no iba a haber quién le brincara. Eso ayudaría a que se cumpliera lo que yo predije: “En dos años gran parte de la población estará arrepentida de su elección”.

Rápidamente López Obrador mostró, no quiero decir que el cobre, sino más bien su capacidad mental y sin oír razones dio fin a uno de los proyectos más importantes que se iban a dar en el país: El Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM). Y luego se aventó un broncón con su lucha contra el huachicol, provocando un tremendo caos en varias ciudades, principalmente en la Ciudad de México y en las ubicadas en el bajío, curiosamente la mayoría gobernadas por el PAN. Se sufrió lo indecible con esa frustrada lucha de robo de combustibles, y digo supuesta lucha porque no se detuvo a uno solo de los que robaban los carburantes. Eso sí, hubo decenas de muertos y heridos en Tlahuelilpan, en el estado de Hidalgo luego del infausto incendio por la fuga de miles y miles de litros de gasolina de un chorro de seis metros. A partir de ahí ha habido situaciones que comienzan a tener de rodillas al país, la más grave es la referente a la atención a la salud. López Obrador en su terca lucha “contra la corrupción” ha hecho cera y pabilo del sistema de salud, y de poco han valido las protestas y las muertes de millones de mexicanos que sufren de una desatención evidente ante unas instituciones de salud carentes de los elementos mínimos para atender tanto a los derechohabientes como a los ciudadanos que solo contaban con la protección del Seguro Popular. Hoy eso se acabó y López Obrador nos lleva a una aventura con su mal llamado Insabi que no cuenta con la mínima planeación para ser una solución, ya no digamos buena sino aceptable en uno de los derechos más sentidos de la población como lo es la salud. Los gobernadores panistas, y eso no todos, desde un principio se dieron cuenta del desatino del proyecto lopezobradorista y no aceptaron ser partícipes de ese engaño. Martín Orozco fue el único que plantó el pecho para defender al estado que gobierna de las ocurrencias presidenciales, sin embargo competir contra un presidente de la República es una lucha perdida. Por eso lo único que podemos decir es que Dios nos agarre confesados.

Del mentado avión presidencial mejor ni hablar. Es una soberana tontería lo hecho por Andrés Manuel y lo peor de todo es que a la población le está jugando el dedo en la boca con la mentada rifa, en donde curiosamente no va a rifar el avión, sino que es una triquiñuela muy bien presentada que ya ha convencido a miles de incautos, los cuales ya andan ansiosos por comprar su “cachito”.

Cómo se extraña a los políticos-políticos. Los ortodoxos. Los que tenían respeto por las formas y en los que los empresarios y ciudadanos tenían confianza. Los presidentes que cuidaban con especial esmero la coordinación de su gabinete. Que eran hombres meticulosos que apoyaban buena parte de su trato personal en la sensible habilidad que tenían para conocer el carácter y la forma de ser de cada uno de sus colaboradores. De la misma manera, atendían con preocupación la competencia y el cumplimiento de las responsabilidades de quienes los acompañaban en su tarea de gobernar. Hoy observamos que tenemos un presidente que se siente el “non plus ultra” y que lo prometido de no gobernar con cuotas ni cuates no lo cumplió. La falta de cultura política es evidente. ¿Cómo lo calificará la población cuando cumpla dos años de gobierno? ¿Hacia dónde irá el país?