Por J. Jesús López García

La primera cultura conformada en torno a una concepción eminentemente urbana fue la romana. El mito de su fundación remite a la instauración de la ciudad por parte de Rómulo y Remo, seres humanos mortales adoptados por una loba, más que por un evento que involucrase la voluntad de los dioses. Ocho siglos antes del inicio de la era cristiana con la construcción del templo de Júpiter Capitolino que estaba dedicado a Jupiter Optimus Maximus (en latín, nombrado así por el Emperador Calígula), la ciudad de Roma inició su historia como sede metropolitana de un reino poderoso, después de una virtuosa república y finalmente de un vasto imperio. La urbe latina es parte del imaginario de las grandes civilizaciones del mundo y también de toda concepción urbana.

Más allá de grandes edificios y monumentos, de sus espacios públicos que involucran un acervo arquitectónico formidable -termas, circos, anfiteatros, templos, basílicas, gimnasios, bibliotecas, arcos triunfales, entre otros- Roma, como todo asentamiento humano tenía en la vivienda, la gran masa de su acervo edificado. Los colosales palacios y las fabulosas villas en la campiña del Lazio, eran solamente un pequeño porcentaje de las moradas romanas, dedicadas como lo eran para la élite patricia, el resto de los ciudadanos y habitantes de la ciudad romana se distribuía en casas más modestas entre las que los apartamentos organizados en edificios de varios pisos eran ya comunes.

Esa organización en altura es de las mejores maneras de optimizar el uso del suelo en ciudades que, como la de Roma hace dos mil años y las actuales, cuenta con una demografía que supera los más de dos millones de habitantes -la capital romana llegó a contar con poco más de un millón en su apogeo urbano, contrastando con Atenas por ejemplo que llegó a tener catorce mil-. La vivienda dispuesta en edificios verticales, favorece la vecindad, hace más eficientes los traslados y fortalece los vínculos comunitarios al acercar más a sus habitantes de manera física.

Puede haber objeciones a lo anterior desde variadas experiencias propias en ciertos casos en que ese tipo de vivienda pareciese favorecer, en algunas circunstancias singulares, el encierro de sus ocupantes en algo similar a ghettos, donde la poca permeabilidad auspicia conductas antisociales, sin embargo ello se debe precisamente a particularidades en la deficiente solución de las articulaciones de la ciudad «abierta» con los edificios.

Por lo demás, la vivienda en sistemas verticales, donde ni siquiera es necesario el construir edificios tan altos -de 7 niveles en adelante-), es una solución para concentrar en menos espacio una densidad de población ideal para no expandir la huella urbana y distender por tanto las líneas de los servicios públicos.

De manera paulatina, las ciudades van apreciando este tipo de disposición de la construcción de hogares al hilvanar un tejido urbano que evite las distancias que conllevan traslados más onerosos en cuestión económica, pero sobre todo, de tiempo. Si los edificios habitacionales crecen verticalmente, se ayuda a la ciudad a evitar un agrandamiento horizontal que con el tiempo ocasiona más congestionamiento, mayor impacto medioambiental, más espacio subutilizado y mayor gasto en el mantenimiento de la infraestructura de los servicios públicos.

Esta vivienda difícilmente puede crear un conjunto de casas independientes. La ciudad misma permanece más en la memoria gracias a fincas de masa mayor: La imagen que se posee de Nueva York es edificios en altura de Manhattan o de Brooklyn, los chalets de Queens no calzan con esa imagen a pesar de ser parte del mismo entorno metropolitano.

Igualmente, un conjunto de edificios con vivienda dispuesta verticalmente posee una mayor resonancia en la apreciación urbana. En Aguascalientes contamos con la unidad habitacional ubicada en la parte posterior del templo de San Antonio que se aprecia desde la calle Zaragoza. Son edificios básicos con estructura de concreto y lienzos simples de muros aplanados, vanos verticales dispuestos en sencillas franjas. El conjunto propiedad del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) es igualmente simple en su composición arquitectónica y su disposición general, pero la masa de los edificios hace que su manifestación espacial sea más contundente que un conjunto de casas unifamiliares.

Si bien es cierto, también hay que decirlo, algunos estudios como el llevado a cabo por el antropólogo estadounidense Edward T. Hall (1914-2009) en su libro «La dimensión oculta», explica las magnitudes subjetivas que acompañan a los individuos, así como la relación física que cada uno de nosotros mantiene con los demás dependiendo al grupo cultural al cual pertenece. En este sentido, Hall estudió un edificio vertical de vivienda en donde encontró que existía un desarraigo con los habitantes, se daban violaciones sexuales a las mujeres, las circulaciones verticales estaban con basura, entre otras calamidades, llegando a establecer que las «burbujas» que envuelven a cada individuo se mezclaban con otras, produciéndose relaciones no deseadas y por ende conflictivas.

En fin, a pesar de todo lo anterior, hoy en día se continúa levantando edificios de vivienda verticales a pesar de los múltiples problemas inherentes que ello pueda suscitar.