Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Había una vez un director llamado Peter Farrelly quien, junto a su ahora retirado hermano Bobby, dirigió exitosas comedias de humor guarro durante los 90’s y principios de este siglo con variables niveles de éxito. Sus fórmulas humorísticas de abundantes procacidades, obscenidades varias, castigos corporales, laceraciones genitales y cualquier incorrección política que se le ocurriera sirvieron de guía para muchos otros estudios y creativos que siguieron sus pasos en todo el mundo y por varios años, hasta que el público maduró su percepción y descubrió que no necesitaba un sentido del humor colegial e inmaduro para entretenerse. Por eso ahora Peter Farrelly hace el esfuerzo por canalizar su experiencia a relatos más serios con la aprobación de la crítica y la audiencia especializada y el resultado es “Green Book: Una Amistad Sin Fronteras”, amable y genuinamente entretenido filme basado en una historia real sobre un culto músico afroamericano que termina vinculándose con un rudo italoamericano, naciendo una amistad que perduraría toda su vida. El filme, al igual que “El Infiltrado del Klan”, parece conjurado por obra y gracia de la neoxenofobia que se vive en los Estados Unidos, lo que le da sentido de oportunidad para retomar la idea de que lo importante son las personas y no su color de piel, idea que se refuerza a lo largo de esta película afortunadamente sin desvaríos melodramáticos o cansadas admoniciones.
Don Shirley (el siempre entregado Mahershala Ali) es un talentoso músico que ejecuta el piano empleando una innovadora combinación de jazz y música clásica, lo que le ha valido el reconocimiento y respeto de la ciudad de Nueva York, donde incluso es invitado por el Carnegie Hall para establecer residencia. Entre sus planes inmediatos se encuentra una extensa gira por el sur profundo de Norteamérica y para ello contrata a un maitre del exclusivo club Copacabana llamado Tony “El Labio” Vallelonga (Viggo Mortensen excelente como siempre) como chofer y valet durante la gira. La intención del músico es la de desarticular la retrógrada ideología de la zona del Delta sureña y mostrarle a los caucásicos racistas que el arte hermana a las razas. A lo largo de la cinta vemos cómo es víctima del trato más condescendiente y víctima tanto de veniales chistes sobre su color como actos de genuina violencia en su contra. Aquí es donde entra Tony, quien en su más ignota naturaleza comprende que su deber es protegerlo y tratar de entender que es lo que hacen en un área tan conflictiva para cualquiera que no sea “blanco puro”. Es en esta relación donde yace el corazón de la película, pues los dos protagonistas son entidades completamente disímbolas, ya que mientras Shirley se embelesa con literatura y música clásica, mientras enuncia en cada conversación una dicción y léxico impecables, producto de una formación privilegiada, Vallelonga se regodea en los aspectos más palurdos y simples, en particular el buen comer -sobran escenas donde el director Farrelly le obsequia sendos planos a su constante glotonería- y a su adorada esposa (Linda Cardellini) e hijos, quienes lo extrañan en demasía.
La exposición de estas personalidades diametralmente opuestas son las que permitirán que los personajes encuentren en el mundo del otro los elementos necesarios para expandir su percepción y localizar aquello que faltaba en sus vidas, en particular Don, quien gracias a Tony tiene su primer atisbo a la vida del trabajador sencillo pero rudo, convidándole de su mundana filosofía e incluso de su primer paladeo al pollo frito, el cual jamás había degustado el refinado músico. Esta colisión de experiencias son las que producen mayor gozo en el espectador, pues mientras Tony le acerca la realidad y normalidad a Shirley, éste le auxilia al hosco italoamericano con sus cartas dirigidas a la esposa e inculcándole placer por otros aspectos del arte y la cultura. Farrelly maneja estos componentes con gracia y sutileza proveyendo de necesitado humor a un relato que pudo decantarse únicamente en la intolerancia racial o el choque de dos perspectivas opuestas que condujeran a inevitables conflictos (aunque igual aparecen, faltaba más).
“Green Book: Una Amistad Sin Fronteras” toca los rigurosos acordes de una roadmovie que se respete, sin proponer o innovar al respecto percibiéndose casi como una versión testosteronita de “El Chofer y la Señora Daisy” (Hackford, E.U., 1989), pero en su unidireccionalidad narrativa se comporta como es debido y la cinta resulta entretenida e incluso divertida, sostenida prácticamente por las formidables actuaciones y química de sus dos protagonistas, quienes parecen disfrutar sus papeles al proyectar su aprecio por estos dos sujetos que jamás debieron estar juntos, y sin embargo lo estarían por el resto de sus vidas en una amistad no sin fronteras, más bien sin miramientos sociales y raciales.

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