Gerardo Muñoz Rodríguez

Durante las últimas semanas, hemos observado cómo se dan los primeros escenarios de lo que pudiera desencadenar en una guerra comercial, que, si bien tendría a solo algunos países en la disputa, el daño pudiera ser a nivel global.

Venimos de años en los cuales, a través de mucho brío, se había generado una cierta tranquilidad comercial. Consensos generalizados en todo el mundo, daban como necesaria la importancia de cuidar el libre comercio, el cual facilita el flujo de bienes y servicios entre los 194 países que integran el planeta, y que una eficiente aplicación del mismo, puede detonar el crecimiento económico. Ejemplos existen a manos llenas.

A pesar de esto, con la llegada del equipo de Donald Trump a principios del año anterior a la presidencia de nuestro vecino del norte, se comenzó a dar un cambio en la aplicación de esta tendencia. El presidente de Estados Unidos, durante su campaña, se la pasó alardeando sobre lo injusto que era la situación comercial actual de su país. Manifestaba que las condiciones y los beneficios que otorgaba el país, a través de sus acuerdos comerciales, no eran equitativos en comparación con los obtenidos por sus contrapartes.

Su blanco preferido siempre fuimos nosotros. Trump argumentaba, que el excesivo déficit comercial con México, le ocasionaba un severo daño a la economía de su país. Los mismos ataques los hizo con Canadá y la Unión Europea. A pesar de esto, el verdadero objetivo que puede desencadenar una desaceleración en la economía mundial, es su disputa actual con la República Popular de China.

Donald va a continuar basando como pilar de su política económica, la idea de que un déficit comercial negativa, pone a Estados Unidos en desventaja en el mercado global, ya que compran más de lo que venden. Hemos comentado ampliamente, cómo esto no significa que una determinada economía esté en desventaja con otro, por tener una balanza comercial impositiva. Dejando a un lado este criterio económico, el presidente de EUA no va a cambiar de parecer.

Dentro del altercado con China, considera que tiene cierta ventaja. Según datos del Observatory of EconomicComplexity (OEC) para el 2017, las exportaciones que Estados Unidos realiza al gigante asiático, ascienden a más de mil 500 millones de dólares, los cuales representan tan solo el 8.4 por ciento del total de las mismas. El país presidido por Xi Jinping, envía a su homólogo norteamericano, más de dos mil millones de dólares, que representan casi el 19 por ciento del total de sus exportaciones.

Ante estos datos, pudiéramos pensar que una ofensiva arancelaria, pudiera poner en predicamento a China, más que a los Estados Unidos. Sin embargo, la realidad logrará ser otra. Recordemos que se depende muchísimo de China como fuente de mercancías a bajo precio para que los consumidores estadounidenses puedan llegar a fin de mes. El principal sector que los asiáticos están atacando, es el agropecuario. Lo que, dicho sea de paso, pudiera perjudicar enormemente a los republicanos en su camino a las elecciones del mes de noviembre.

Tampoco olvidemos quien es el principal comprador de bonos del Tesoro para financiar los déficits presupuestarios del gobierno norteamericano, el cual, por cierto, está en constante aumento.

Con base en los hechos que están sucediendo, los mercados financieros han reaccionado considerablemente. Tan pronto como se anunciaron las nuevas tarifas, aplicadas por ambos países, la gran mayoría de las acciones asiáticas comenzaron a caer y los futuros del Dow se desplomaron, con una pronunciada picada de trescientos puntos desde los máximos de cierre.

Esta disputa comercial, no le viene bien a nadie.  Desafortunadamente, la mayoría de los ciudadanos comunes y corrientes, en particular de Estados Unidos, simplemente no interpretan con la importancia necesaria de lo que está sucediendo.

Las dos economías más grandes en todo el planeta se encuentran en un estado de conflicto económico, y no hay forma de que esto termine bien. Nunca hemos visto algo como esto en la historia moderna de Estados Unidos. Ya sabemos a quién agradecerle.

 

 

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