Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Para Juan y Esther.

Antier, 17 de febrero, se cumplieron 420 años de la quema en la hoguera de Giordano Bruno en la Plaza de Campo dei Fiori en Roma. Despojado de sus ropas y desnudado y atado a un palo…con la lengua…aferrada en una prensa de madera para que no pudiese hablar…quemado vivo en cumplimiento de la sentencia dictada por el Tribunal Romano de la Inquisición, tras un proceso iniciado en Venecia en 1592, en que se le declaró hereje anticristiano, reo de plantear una nueva cosmología fundamentada en el heliocentrismo, el movimiento de la Tierra, el universo infinito y la pluralidad de mundos animados. La reforma cosmológica se presentaba también como una reforma moral religiosa que pretendía poner fin a un período de ocultación de la verdad, restaurando la antigua sabiduría egipcio-pitagórica-platónica atribuyendo carácter divino al ser humano. La “Cena de las Cenizas” fue la obra que publicada en 1584 propiciaría la reacción de la Iglesia que culminaría con su proceso y ejecución. El nombre de la obra, según el propio Bruno proviene de una cena celebrada el miércoles de ceniza de 1584, (14 de febrero) en la residencia de Fulke Greville en Whitehall, en que en la sobremesa se discutió sobre la obra de Copérnico, pero también alude sin duda, al final del ciclo de tinieblas introducido por la filosofía vulgar y el cristianismo, fin del error y del vicio.

420 años parecen muchos años y sin embargo los procesos y las condenas por las ideas, opiniones y creencias, por su manifestación y divulgación, no han desaparecido y por el contrario renacen con nuevos y pavorosos rostros, pero utilizando los mismos instrumentos: la amenaza, la intimidación, la violencia, las alianzas con poderes fácticos, el fanatismo, la ignorancia y, sobre todo, el “monopolio” de la verdad y el “usufructo exclusivo” de la justicia y sus instrumentos.

Rostros como la prensa, la tradicional y la “nueva”, las redes sociales, los grupos de poder “tradicionales” y los “nuevos” grupos de poder, la tecnología cibernética, en sus varias modalidades: espionaje, jaqueo, boteo, etc., y las gemeinschaft y gessellschaft, corrientes sociales que utilizan desde la persuasión subliminal hasta la amenaza y el chantaje.

Conviene antes de continuar con mi “parloteo escrito”, abusando de la paciencia del lector, que es de los pocos abusos que a estas alturas me permito, precisar que en mi opinión y hasta donde las fuentes históricas lo muestran y demuestran, el Tribunal de la Inquisición (Sagrada Congregación para la propagación y defensa de la Fe) si bien fue una institución temible y temida, dista mucho de ser el monstruo que quiso hacer creer la campaña victoriana de desprestigio, que emprendieron los países sajones contra el catolicismo. En una sola cacería de brujas se condenaban y ejecutaban a muerte en Inglaterra y EE.UU., mas brujas que en muchos siglos de la Santa Inquisición, baste señalar que en los 8 siglos de su existencia en España los autos de fe con condena a muerte no pasaron de 800, aproximadamente uno por año. En la Nueva España, según los registros no llegaron a 100. No es el punto la defensa de la Inquisición que juzgada en su época es muy defendible, ya habrá ocasión para ello, sino partir del paradigma de la Inquisición como un tribunal secreto, severo, inapelable, sin defensa posible, inconmovible que cumplía su cometido de la mano de la amenaza, el temor, el dolor y el chantaje.

Hace no muchos años Salman Rushdie escritor hindú (así se decía) luego nacionalizado británico escribió una obra que desató la ira de los sacerdotes y los fieles musulmanes: “Los versos satánicos”, que sostenía heréticamente que el profeta Mahoma que no sabía leer, dictaba por la inspiración del Innombrable los versos sagrados a un amanuense que pérfidamente los transformaba. La palabra sagrada, pues, era la palabra del amanuense. El Ayatollah Khomeini le condenó a muerte, casualmente un 14 de febrero, lo que le ha obligado a llevar una vida más o menos a salto de mata.

Julian Assange fundador de Wikileaks el periódico que se caracterizó por dar a conocer información “secreta” o clasificada por las entidades públicas, que en principio significaba una hazaña de democratización con la publicación de la información que: debería ser pública, según conviene a una “república”. Algo así como lo que en la antigua Roma intentó Cneo Flavius al robar las legis actions al Colegio de Pontífices. Assange sufrió la persecución del establishment, logró el asilo de Ecuador y luego, inexplicablemente su entrega y subsecuente prisión. Actualmente languidece en una cárcel inglesa luchando por no ser extraditado a EE.UU.

Hace poco más de 4 años, fundamentalistas islámicos juzgaron y sentenciaron sumariamente a los editores y colaboradores del semanario satírico francés “Charlie Hebdo”. Un par entrenado en el manejo de armas irrumpió en las instalaciones de la publicación y asesinaron a 12 de los colaboradores. La culpa: tratar irónicamente temas que otros grupos estiman intocables, sagrados. La condena: a muerte.

Tres casos extremos me dirán, pero cada vez se multiplican los tribunales y los juicios sumarísimos. La publicación “me too” que surge como un medio de denuncia contra los abusos de patrones, maestros, o cualquiera que ejerza algún tipo de autoridad sobre una mujer, se convierte en un tribunal que condena sin salvación.

Los “líderes de opinión” procesan y juzgan antes que los tribunales, y se erigen en acusador, juez, tribunal de alzada y ejecutor. Descalifican y expulsan de sus paraísos a los pecadores.

El Presidente de la República monopoliza la palabra, la moral y la justicia, y a su imagen y semejanza se multiplican los chairotribunales en las redes. “Benditas redes sociales” pregona AMLO. Los conservadores fifís son defenestrados y ni su espontánea cooperación para la rifa del avioncito de papel los redime.

Aún hay más, por citar a los clásicos. En éste nuestro México actual, hay palabras impronunciables, hay opiniones impublicables, hay juicios informulables, so pena de provocar la reacción de las Inquisiciones, los inquisidores y las inquisidoras poseedores de la verdad, usufructuarios de la justicia y tenedores de la fuerza.

Como diría Olaf, del escuadrón del Halcón Negro: “Sacre bleu, le Terreur”.

 

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