Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Había una vez, en España, un cómico sensacional, Miguel Gila, que en México no tuvo mucho éxito. Corrijo, no era cómico, era humorista, no lo es lo mismo recurrir al pastelazo, a la leperada o al albur (que tiene su ingenio) que recurrir a la inteligencia para elaborar situaciones de humor que puedan funcionar y seguir funcionando con públicos distintos en distintas épocas. No es lo mismo, por ejemplo, decir que alguien tiene mala memoria, a decir que tiene memoria mala, la primera es ser olvidadizo, la segunda es selectivamente omitir hecho o personas. El auditorio de Gila tenía que poner de su parte, tener un vocabulario más o menos amplio y una apertura al humor, desprovisto de paradigmas y preconcepciones. En una de sus rutinas llamada “El enemigo”, un soldado, Gila, se comunica telefónicamente (el teléfono y un casco eran sus únicos recursos). ¿Está el enemigo? ¡Qué se ponga!, oiga ¿ustedes piensan atacar este domingo?…bueno…cómo está el futbol, pensábamos que podían dejarlo para el martes… Luego se comunicaba con el proveedor de armamento: Oiga usté, que los cañones que nos han enviado están defectuosos, Sí, defectuosos, que no tienen agujero… ¿para cuándo nos los podrán reponer? Sí, sí, entiendo, la guerra…sí, los proveedores… ¿qué? ¿no podría ser antes?…bueno, lo que estamos haciendo es que hemos contratao a unos enanos que cargan las balas del cañón, corren con ellas, las dejan en el campo enemigo y les gritan groserías y amenazas…¡Claro, claro! No matan, pero desmoralizan…Sí, sí, pero como no tenemos ametralladoras hemos traído unos tartamudos para que disparen los rifles… Si viera lo divertido que resulta…¡el follón que se arma entre enanos y tartamudos!

Si no fuera tan grave, las admoniciones de López Obrador resultan igual de ridículas, pero no pueden ser divertidas, aunque han sido objeto de múltiples caricaturas, memes, comentarios, chistes, etc. Uno se pregunta si de verdad un jefe de gobierno puede decir en serio algo como eso, o lo que es peor si está realmente convencido de que sus regaños, recomendaciones, advertencias, sanos consejos, moralejas, dichos y ocurrencias, puedan transformar la conducta de un antisocial que, por una causa o por otra, ha asumido un comportamiento que merece el reproche de la justicia. Incluso la Iglesia Católica en su nuevo, ya no tanto, catecismo, justifica la violencia legítima cuando se repela un ataque violento, actual, sin derecho y (siempre pragmática) se tengan fundadas esperanzas de tener éxito. En el caso de la autoridad, su obligación de responder a las conductas violentas solo está reglamentada a que sea proporcional y apropiada a las circunstancias del ataque, pero de ninguna manera tolerar o soportar la comisión de hechos ilícitos, de los que en muchas ocasiones son víctimas. La respuesta a la violencia cuando es proporcional y para proteger bienes valiosos, se justifica plenamente desde cualquier punto de vista, aún desde la perspectiva de la caridad cristiana. Yo pondré la otra mejilla, pero si atacan a mi hijo, encontraré la mejilla del atacante.

Hace unos años estuvo en Aguascalientes, un oficial que le tocó formar parte del batallón Olimpia, un cuerpo de elite, formado a partir de los elementos más destacados de los cuerpos militares de todo el país, con la misión de cuidar el orden y la seguridad durante las olimpiadas del 68. Al batallón Olimpia se le tuvo acuartelado desde el 26 de julio y el bazukazo de la Prepa de San Ildefonso hasta después de los juegos olímpicos. Tenían instrucciones precisas de vigilar las marchas pero de no intervenir, y, en consecuencia, platicaba, los manifestantes los hacían objeto de gritos, improperios, burlas, etc., que iban subiendo de tono en la medida que constataban que no había respuesta. Se llegó incluso a ser objeto de proyectiles, palos, piedras, escupitajos, sin poder dar respuesta. Todo esto se fue acumulando: el acuartelamiento, la impotencia, la frustración, la ira, y todo esto estalló el dos de octubre. No fue la causa ni la ocasión, fue un factor más para la respuesta violenta del ejército.

El gobierno tiene muchas obligaciones pero algunas son más importantes que otras. Quizá una de las primordiales es el mantener el orden, la seguridad, la tranquilidad y la paz pública. La seguridad de los ciudadanos es presupuesto para el desarrollo de las actividades de la vida social, de la educación, de la producción, del comercio, de las artes, etc. El estado, aquí convido a la población, determina qué conductas pueden resultar lesivas y las cataloga de acuerdo con su gravedad, en faltas, delitos o crímenes, cada una de ellas debe tener una respuesta del gobierno de acuerdo con su naturaleza. El desorden en un partido de futbol, no es igual, ni amerita la misma respuesta, si se trata de baños o pintas, o de ataques personales por las “porras” o “barras”. Por ello el sistema jurídico y administrativo debe diseñar diversas respuestas a los comportamientos antisociales. Las faltas podrán ser objeto de arresto o amonestaciones, los delitos tendrán una pena corporal o monetaria, los crímenes, la pena corporal y en algunas naciones hasta la prisión perpetua o la pena de muerte.

De poco o de nada sirve, todo un intrincado sistema jurídico, incluyendo el llamado nuevo sistema de justicia penal, o la existencia de grupos destinados a la seguridad pública y al control de manifestaciones antisociales graves, si por un temor mal entendido a repetir excesos del pasado, no se usan los instrumentos creados con la finalidad específica de garantizar el orden y la seguridad.

Nada hay que propicie más la comisión de conductas antisociales que la certeza de la impunidad. La no actuación no sólo anima a los comportamientos delictivos, sino lo que es peor, desanima a los cuerpos encargados de su combate. La impotencia, la rabia, la tolerancia tienen un límite, y el riesgo que se corre es que lo que debe ser una respuesta ordenada, disciplinada y dentro de un marco de necesidad legal, se convierta en un zafarrancho en el que todos, los “malos” los “no tan malos”, los “no tan buenos”, los “buenos”, las mamás, los papás, los hijos, todos perdemos.

El no ejercicio de la autoridad crea vacíos y los vacíos se llenan.

El no ejercicio de la autoridad es una responsabilidad grave, gravísima de quien debiera ejercitarla.

Quousquetandemabuterepatientianostra.

 

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