Por J. Jesús López García

84. Privada Enrique M. del ValleEl asentamiento primigenio que fue Aguascalientes, antes incluso de ser reconocida como ciudad, sufrió grandes cambios en la estructura urbana a partir de la inserción, dentro de los procesos económicos y productivos, del positivismo porfiriano que procuró su idea de nación moderna.

            La industrialización comenzó a disponer de grandes extensiones de terreno para la infraestructura física necesaria en la creciente producción, y acompañando a ese fenómeno, otras buenas porciones de tierra fueron destinadas a actividades y usos subsidiarios tales como la vivienda que inevitablemente transitó al crecimiento económico de la ciudad.

            Ante tales avances prácticos la traza tradicional acaliteña conformada por barrios de diversa índole empezó a reformularse. Las áreas en que había huertas o las zonas urbanas en que existían establos empezaron a subdividirse –como lo han venido haciendo en años no muy distantes las colonias Fátima y la San José del Arenal– en aras de potenciar el precio del suelo con base en la modificación de fines de uso distintos a los originales.

            Resultados de estos procesos en la estructura urbana de nuestra urbe siguen manifestándose de variadas maneras, como en su caso las denominadas privadas o cerradas de la primera mitad del siglo XX. Lo primero que viene a colación es el nombre que a la fecha suele suscitar no pocos equívocos, pues aun siendo la propiedad de algunas de sus calles, efectivamente privada por la manera en que se constituyeron sus alineamientos, lo cierto es que la dotación de servicios públicos y aun su pavimentación –en su momento en varios casos– y posterior mantenimiento, han corrido a cargo de la administración municipal, lo que necesariamente confiere a sus arterias cierto carácter de apertura pública.

            Mas no obstante lo anterior, en su funcionamiento práctico operan como una especie de condominio donde sin haber juntas o mesas directivas legalmente constituidas, puede apreciarse en casi todas ellas, una buena vecindad y una manera de vivir que une el abrigo de la calle o el circuito cerrado, con la inmediatez de la variedad del centro de la ciudad, y es que por el tiempo en que esas privadas fueron constituidas, por lo general las encontramos dentro del perímetro urbano que delimita el primer anillo de circunvalación.

            A diferencia de los conjuntos particulares de la segunda mitad del siglo XX, las cerradas originales fueron destinadas por medio de la venta a diferentes propietarios; la irregularidad de los solares en que se ubican por la preexistencia de huertas, establos y corrales, generalmente propició a parcelar los terrenos de forma heterogénea e irregular, fomentando soluciones arquitectónicas y constructivas diferentes haciendo eco de la diversidad urbana circundante, emergiendo en esos bloques casas de diferentes tamaños, estilos, fechas constructivas y calidades de diseño, conservando así su toque urbano –a diferencia de la homogeneidad metropolitana contemporánea–, lo que propicia en el transeúnte y en los usuarios directos una experiencia sensorial donde la posible sorpresa se va revelando al sólo acto de caminar.

            Algunas de esas añosas privadas aún mantienen el sabor de sus edificios originales, y en algunos casos de sus ocupantes originales o sus descendientes, elaborados bajo los códigos de los estilos entonces en uso: el Art Déco, el colonial californiano, el racionalismo funcionalista y varias tendencias híbridas excelentes. Esa conservación natural, al margen de ordenamientos patrimoniales, se debe a un elemento deseado por cualquier grupo humano en comunidad: sentido de pertenencia, lo que se traduce en arraigo y aun en cierto orgullo.

            Privadas como la “Arquitectos”, la “Agustín R. González” enclavada en lo que se conoció inicialmente como Fraccionamiento Madero-Zaragoza; la “Enrique M. del Valle” que desemboca a las calles Profra. María Concepción Aguayo, a Madero y a Cosío; la “Eduardo J. Correa” o la “E. Zapata” en la calle Emiliano Zapata, entre Libertad y Alarcón, son adecuados ejemplos de diseño que operando en porciones pequeñas de la ciudad lejos de deshacer el tejido de la mancha urbana, lo cohesionan aún más, dando al mismo tiempo, ocasión para establecer en esos sitios perspectivas y vivencias a la escala de la persona, sin presentar al paseante lo poco hospitalario que terminan siendo grandes muros ciegos y amplios ejes viales saturados de autos.

            Como colofón, en lo arquitectónico podemos mencionar que además de contarse algunos ejemplares de exquisita factura, lo más llamativo es su disposición a formar un conjunto, buena lección para un urbanismo actual que tristemente propende cada vez más a su falta de cohesión.