Por J. Jesús López García

Algunas obras y calles, e incluso determinadas zonas de las ciudades, poseen ciertos perfiles que les caracterizan y diferencian de las demás -inmuebles, avenidas y sectores de las metrópolis- gracias a que con esas figuras particulares dan un cierto aire de familiaridad a su entorno y parecen desarrollar una personalidad específica. Edificios como el Panteón de Agripa en Roma, del siglo I de nuestra era, o el Edificio Seagram en Nueva York, obra de Ludwig Mies van der Rohe (1886-1969) de mediados del siglo pasado, tienen formas y disposiciones características que sirvieron de modelo para edificios subsiguientes. En el primer caso, a lo largo de los siglos que han sobrevenido dos mil años después; en el segundo a la tipología de los rascacielos que han venido desarrollándose en los últimos sesenta años.

Esos edificios son seminales para comprender y clasificar la actividad arquitectónica a lo largo de la Historia, junto a la naturaleza de sus elementos constitutivos y, con ellos, la de su adscripción a algún estilo, tendencia, corriente o marco intelectual. Son edificaciones que influyen en la concepción y la hechura de muchos tantos; más que raros, son de los primeros en aparecer en una larga cadena en la producción edilicia.

También hay obras célebres, de formas y características particulares que no redundaron en un seguimiento a través de una tendencia o estilo, al menos de una manera canónica u ordenada: el Museo Solomon R. Guggenheim de Nueva York, de Frank Lloyd Wright (1867-1959), la torre Einstein de Erich Mendelsohn (1887-1953), la Capilla Notre Dame du Haut en Ronchamp, Francia, de Le Corbusier (1887-1965) y casi toda la obra de Antoni Gaudí (1852-1926) -destacando la Casa Milà, el Parque Güell, la casa Batlló o el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia, como ejemplos- son de una originalidad incuestionable pero, tal vez por lo mismo, difíciles de emular o continuar en sus planteamientos a través de otras creaciones arquitectónicas, pues lo que sucedería sería visto sólo como variaciones, si no copias, de lo mismo.

Así tenemos edificios de formas tan características, primeros en su tipo, detonadores de tendencias, corrientes y estilos, y por otra parte inmuebles de configuraciones tan singulares y originales que aun perteneciendo a alguna preferencia, corriente o estilo, son casi únicos e irrepetibles -a no ser que se quiera realizar alguna versión en homenaje o un plagio parcial-. Sin embargo existe una numerosa cantidad de inmuebles con perfiles característicos que no son en definitiva originadores de algo nuevo, ni son muestras de una originalidad especial. Son fincas que se inscriben en cierta tendencia y que en su particularidad, diminuta si se quiere, se intentó con ellos establecer determinada pauta de diseño, algún modo de ubicarse en su contexto urbano o social, una manera de querer intentar algo nuevo, que aun en la escala modesta de estas pretensiones, sí se logra hacer prevalecer ala edificación en su entorno y crear en el conjunto algo diferente.

En toda urbe se encuentran este tipo de construcciones, pertenecientes a todas las épocas y a diferentes catálogos estilísticos. Incluso quien sin ser alguien especialmente receptivo a la arquitectura pero si lo suficientemente despierto para captar variaciones en la manera en que los edificios se plantan en su sitio, pueden apreciar en ellos la voluntad de ser diferentes, aun de manera humilde en múltiples casos.

En nuestro ámbito aguascalentense se han levantado diversas fincas como la que se ubica en la Calzada Revolución No. 501 esquina con la calle Teniente Juan de la Barrera. Es un inmueble que desde hace ya mucho tiempo lo ocupa una institución civil dedicada a la asistencia social y que se desplanta en un lote con forma de cuña debido a la disposición de las calles en esa zona de las colonias Héroes, del Trabajo y el Barrio de la Estación, con ángulos de 45 grados.

El edificio soluciona ese ángulo agudo a través de la continuación del paramento redondeando su esquina y disponiendo en ese punto una marquesina sobre tres vanos que se asoman al agradable paisaje urbano de esa zona. Con ese sencillo recurso el edificio establece su originalidad y característica forma, en un contexto donde se manifiesta fácil de ser reconocido. Al menos, algunos de nosotros, desde hace mucho tiempo situamos al inmueble en el imaginario urbano que se tiene de ese sector. Esta residencia como varias más en la ciudad, poseen esa connotación de ser especiales a partir de alguna solución de diseño o construcción sencillos. Son pequeñas señales arquitectónicas que van pautando un paisaje urbano que tiende a homogenizar su imagen borrando esas reducidas diferencias que por su parte, siguen apareciendo de vez en cuando.

Es indudable que las obras que se han levantado con un diseño singular, se alzan con el tiempo como parte inolvidable en nuestra memoria, sin embargo también hay que considerar que un sinfín de fincas ya no existen físicamente por la modernización que se lleva a cabo en nuestra mancha urbana acaliteña.